El detective Buendía

 

 

 

 

 

Por Mónica Loya Ramírez

8 de noviembre de 2015.- Para hacer un análisis del trabajo de Manuel Buendía es de suma importancia tener en cuenta el contexto en el que se desarrolla, porque se puede caer en la tentación de juzgar sus textos con una visión actual, y el periodismo cambió mucho, sobre  todo en términos de libertad de expresión, durante las décadas siguientes a su asesinato. Desgraciadamente parece que estos avances se están perdiendo ahora.

México tenía un partido único, pues no había la más mínima posibilidad de ganarle algún espacio de poder al Partido Revolucionario Institucional (PRI); no tenían registro para participar en elecciones los partidos de la izquierda –aunque sí había un grupo de partidos que “jugaban a la pluralidad” como comparsas del poder-; se perseguía a los movimientos sociales, ferrocarrileros, maestros, médicos fueron cercados cuando protestaron e intentaron hacer organizaciones independientes.  Quienes, decepcionados por la tragedia del 2 de octubre se fueron a la guerrilla, fueron perseguidos, desaparecidos y asesinados durante la Guerra Sucia.

En ese sentido, es emblemática la campaña de José López Portillo a la presidencia de la república, en 1975 ningún candidato de oposición participó en la contienda electoral, el candidato del PRI apareció solo en la boleta, acompañado de sus “aliados” el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM). El Partido Acción Nacional, por pugnas internas no presentó candidato y al Partido Comunista Mexicano (PCM) no se le permitía participar pues era considerado ilegal por el régimen. El candidato ganó, arrasó, con el 91.9 por ciento de los votos.

Tampoco hay que olvidar el golpe a Excélsior, episodio que dejará claro que en ese México, no había espacio para el periodismo independiente, que el presidencialismo no iba a permitir ningún resquicio para la crítica, aunque el equipo de Julio Sherer tenía un as bajo la manga y tiempo después salió a la luz la revista Proceso.

En un entorno así ¿Qué podía hacer un periodista talentoso para poder ejercer su profesión? Durante mi lectura de La CIA en México me saltan algunos tonos, expresiones, formas, que se repiten a lo largo del libro y que reflejan exacerbado nacionalismo, un gran respeto por el presidente, los funcionarios y las instituciones. Por ejemplo:

“Pasado mañana, en Bellas Artes, se inician las actividades de una comisión internacional que habrá de juzgar los crímenes cometidos por la junta militar en Chile. El presidente de México, Luis Echeverría, asistirá a la apertura del juicio…Este es un nuevo, abierto y gallardo desafío a la potencia imperial de los Estados Unidos, concretamente.” El Día. 16/II/75.

“López Portillo, sin embargo, dispone de un equipo de profesionales que saben hacer su trabajo y sin duda respetan profundamente a su jefe, que es por sí mismo respetable aún para sus adversarios políticos” El Día, 12/1/76.

Si leemos esto y recordamos las caricaturas, artículos, libros que salieron a partir del sexenio de Zedillo y que se destaparon totalmente con Fox y siguieron, en menor medida, con Calderón, estos párrafos parecen salidos de alguna columna de los periodistas que fungen como correas de trasmisión del gobierno en turno. Pero es indispensable ver la totalidad para poner en su sitio al personaje.

Si pensamos que empezó su carrera en la revista Nación, del Partido Acción Nacional (PAN), que además de trabajar y llegar a ser director, en muy poco tiempo, de La Prensa, también colaboró en las instituciones del estado como el Departamento del Distrito Federal (DDF). Que fue reportero, editor, director, columnista. Podríamos pensar que era un personaje muy cercano al poder. Pero según los testimonios de varios periodistas que lo conocieron era independiente y honesto, y aún así, se codeaba con todos los personajes claves en el gobierno.

En el caso concreto de sus columnas recopiladas en La CIA en México. Podemos notar que cumplía con una labor que era acorde con el pensamiento de la época: Defender al país del imperialismo estadounidense. Es decir, sin ser una correa de transmisión del poder, utilizaba el discurso del nacionalismo y la búsqueda de agentes de la CIA en México para a partir de ahí descubrir otros asuntos, denunciar al poder con sus propias armas.

Es admirable su capacidad de análisis e investigación, leer a Buendía es como leer una novela policiaca en capítulos, ver en acción a un detective cazando pistas y descubriendo eficazmente los misterios. No en vano utiliza en algunos textos el nombre del conocido detective de las novelas de Agatha Christie: Hércules Poirot. Si se va más lejos, utilizando información sobre otros países nos da luz sobre lo que pasaba en el nuestro, pues si revela que la CIA es responsable del ataque a gobiernos y organizaciones de izquierda en otros lugares ¿Por qué no deducir que pasa en el nuestro también? Un  buen lector, como detective, lo haría.

Escribe sobre agentes de la CIA en México que llegaron después de golpes militares en Brasil, habla de una agencia de relaciones públicas –inventada por la CIA- que luego asesoró a la junta militar chilena:

“Como usted está enterado, en agosto del año anterior, la Walter Thompson adquirió un cliente muy importante: fue llamada por la junta militar chilena para que le manejara su imagen pública internacional, que al parecer se halla ligeramente deteriorada”. El Día, 27/IV/75.

Considero que la hipótesis del libro, a lo largo de varias columnas, es que los mexicanos no necesitan la intervención de ningún país para obtener su desarrollo. Recordemos también que la época en la que Manuel Buendía escribe es la de la Guerra Fría, tiempo de espías, donde se da una fuerte animadversión hacia el imperialismo pues se pensaba que había una opción distinta, y de alguna forma también eso jugaba en el concepto de antiimperialismo. Ese sentimiento antiyanqui, cada vez menor, estaba profundamente arraigado en la población mexicana y era una causa a seguir.

Es interesante observar que el año de 1976, el del golpe al Excélsior de Julio Sherer, sólo aparecen en el libro tres columnas: JPL, en la mira de la CIA; El Petróleo, la CIA y el diablo y Los “Thunderbirds” de la CIA. Que versaban sobre el interés del Estados Unidos en el petróleo de México y la escuela de donde egresaban los agentes de la CIA para capacitarse en el “estilo estadounidense de hacer las cosas”. Nada sobre sobre censura. Desconozco si en otra de sus columnas lo mencionó, sin embargo esto nos lleva a un asunto que me parece trascendente dentro del periodismo ¿Cuál es la mejor estrategia a seguir para lograr revelación?

Si partimos de la idea de que el periodista debe de buscar “la verdad de las cosas”, revelar algo que la sociedad no sabe y que debería saber, denunciar las ilegalidades de los gobernantes, dar testimonio de las injusticias, y trabajando sin trampas, lo consigue. ¿Podemos decir que es eficaz? ¿O necesita gritar a los cuatro vientos el bien que hace por la humanidad?

En este sentido, creo que está el punto de la consistencia, contra la estridencia. Un periodista, como detective, buscando una pista puede llegar, por su gran curiosidad, a terribles y comprometedoras revelaciones, casi sin querer. Estar en la posición que se había labrado Buendía le permitía ser agudo y consistente.

No quiero decir que no hay que denunciar ni dejar de evidenciar las cosas. Bien por los que se atreven a alzar la voz en un entorno difícil. Pero considero, que en el caso de Manuel Buendía, como un detective, era más fácil camuflajearse para encontrar la verdad, que exponerse. Es una cuestión de estrategias. Ninguna es buena o mala per se. Son estilos.

 

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