El “aguinaldo” de Fabiola

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

Fabiola llega a su casa a las 06:50 con unas zapatillas desgastadas, con un tacón muy alto, colgando de los dedos índice y medio de su mano derecha. Con un suspiro se deja caer en un sillón y piensa en el día que conocerá al amor de su vida y se la lleve lejos, muy lejos de esa vida de mierda.

 

A las 10:00 la despierta el aroma de un delicioso café que su madre está preparando, un café costoso. Su cuerpo le ha costado los maltratos, los escupitajos, las manoseadas y demás porquerías que un ser humano pueda hacer. Los seres humanos en ese aspecto son unos perfectos desgraciados para humillar a una chica. Sólo quiere su taza de café y olvidar la noche anterior…

 

Ella piensa que esta noche llegará aquel caballero en su noble corcel y se la robará de ese mundo de perversión, fantasía y lujuria, pero ella no está muy segura de querer hacerlo. Este trabajo le da buen dinero ¿Con qué pagaría todo? Le dice a su madre que trabaja en una fábrica…

 

–Ya no deberías de trabajar tanto en esa “fabrica” hija. Ve nomás cómo estás bien flaca por tantas desveladas ¡Ya ni chichis tienes!

 

Dan las tres de la tarde y abraza su almohada que es su paño de lágrimas. Sabe a alcohol, dinero y huele a sexo…

 

“Este perfume barato que usaré hoy le traerá recuerdos a ese cliente que, como no queriendo, también va a escapar de su vida monótona. Además de sexo, vendo fantasías, vidas alternas, historias que se quedan en el recuerdo de mis clientes. Una alternativa, un final feliz”.

 

Dan las nueve de la noche y ella, puntual, se presenta en ese lugar, ese escape. Ese lugar que le da dinero a cambio de humillaciones, cual carne que se vende en el mercado…

“Esta es mi noche”, piensa Fabiola…

 

Ella baila como nunca porque se piensa increíble, hermosa, la mejor, envuelta en su vestido entallado color naranja con franjas verdes y unos tacones que le hacen resaltar las nalgas, unas nalgas firmes y duras. Ella sabe que cualquier cliente con 200 pesos podría mordisquearlas, pegarles y llevar a cabo todas sus fantasías.

 

¿Para qué son? Pues para que mis clientes las gocen. Siempre abandona su cuerpo con esa canción. Ella lentamente se va flotando mientras ve desde arriba algunas cabezas calvas sudando. Nubes de humo de tabaco. Se ve a sí misma girando lentamente en un tubo central y su cabello soltando microscópicas chispas de aroma, un aroma que entra por las fosas nasales de los machos ahí presentes, que los empieza a transformar y a convertir en bestias, animales deseosos de fornicar, de descargar toda su hombría en la chica que está bailando en el tubo.

 

Hey, come on try a Little

Nothing is forever

There’s got to be something better than

In the middle

But me & Cinderella

We put it all together

We can drive it home

With one headlight

 

En la mesa 22 hay dos clientes nuevos, unas personas que para ella parecen decentes, y la llaman a su mesa.

 

Ella se resiste un poco hasta que llega el mesero y, apretándole la nalga derecha, le susurra al oído:

 

–Te buscan en la 22…

 

Ella traga saliva mientras piensa que cuando era niña su primo le dijo que chupara una tutsi pop… El primo tenía 22 años, ella ocho…

 

Recordaba el dulce sabor de la cereza de la tutsi pop cuando casi siempre se convertía en un sabor amargo. Esa boca que ella siempre pensó que era para dar besos de amor, para decir frases y palabras de aliento, esos labios que cantarían cuando estuviera feliz y gritar de alegría… Y ahora está en ese momento, burlándose de dos pubertos enamorados de ella.

 

Sabe que, nunca pasará. Ya hasta le tiene gusto a ese sabor amargoso, a ese olor a sudor de los gordos que sudan mientras ella les da placer oral. Esos que no se bañan en dos o tres semanas y su cuerpo huele a aceite quemado, con excremento y sudor. Ella solamente succiona. Por ciento cincuenta pesos ella se deja ir… Ella está saboreando ese sabor a cereza de su primo… Ella recuerda esa muñeca que su padrastro le pasaba por su “parte”. Ella se vuelve a sus ocho años…

 

Llegando a su casa llora y se da topes en la pared, pensando que jamás llegará ese “Príncipe Azul” que se la llevará muy lejos…

 

Entra a la otra recamara de su departamento y le dice a su mamá: “Tres meses más mamacita y nos largamos de este pinche infierno. Ya me van a dar mi aguinaldo en la fábrica…”

Ella cierra los ojos, le escurren las lágrimas por esas mejillas que han sido violadas, humilladas y torturadas. Los aprieta tan fuerte que piensa que le van a reventar… Y piensa: “Sólo tres meses más”

 

This place is always such a mess

Sometimes I think I’d like to watch it burn

I´m so alone and I feel just like somebody else

Man, I ain´t changed, but I know I ain´t the same

But somewhere here in between the city walls of dyin´ dreams

I think her death it must be killin´ me.

 

Ya pasaron seis años…

 

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