Dos caras de México

Por Jaime Peláez

24 de septiembre de 2017.-“Llamen a un doctor, un doctooooor”, “Se necesitan medicamentos como profol y tanques de oxígeno, por favor, utilicen sus redes para promover esto, es urgente…”, pedía por el altavoz la oficial Rodríguez.

“A ver ábranse, dejemos pasar a la ambulancia y los bomberos, rápido, rápido”. “Los cambios de cuadrillas se van a realizar, tengan paciencia por favor, sabemos que todos quieren ayudar, sólo tengan paciencia, ya son muchas manos”.

Cascos amarillos, blancos, de bicicleta, de motocicleta, iban y venían, no había nadie quieto, la prioridad se conoce a la perfección, ya era algo que se vivió hace 32 años y ahora expertos o no saben qué hacer.

El Parque España es el centro del corredor Roma-Condesa en donde dos edificios a escasa cuadras, uno del otro, se colapsaron dejando un número considerable de personas atrapadas bajo los escombros.

Y como si fuera una realidad paralela, papá y mamá con sus hijos y perros o en el mejor de los casos la nana o abuela se dan a la tarea, entre el caos y desesperación, de dar un paseo y jugar entre los columpios y resbaladillas. Y es que la vida sigue.

“¡Mira mamá, ya pude subir, ya pude, iiiiuuuu!”, “A ver Marcela, ya te dije que no habrá helado hoy, qué no estás viendo, anda y ve a ver a tu hermano qué está haciendo en el tobogán”, indicaba una mujer a su pequeña.

“Aquí deja tus galones de agua”, “Comida para perro, aquí”, “Ropa y juguetes”, se leen en algunos árboles del parque que tienen colgados pedazos de cartón como anuncios de que esto se está recolectando ahí.

Ya han pasado algunos días del sismo de 7.1 grados y en la calle de Tamaulipas muy cerca del El Plaza Condesa y a dos de Ámsterdam esquina Laredo, donde se derrumbó uno de los edificios que dejó el sismo en la Ciudad de México (actualmente son más de tres mil edificaciones que las que quedaron afectadas, según el Gobierno de Mancera) los cafés y bares, levantaron mesas, sillas, barrieron el polvo y alzaron las cortinas.

En ellos jóvenes y oficinistas, que tuvieron que regresar con miedo o por obligación, sentados, ya sea conversando o leyendo, tomaban su bebida caliente, fría o muy muerta.

“Qué mal pedo, wey, sí me tocó bien duro, sentía que me ya me iba a quedar ahí, wey, no mames, estuvo bien cabrón, lo bueno es que estamos ahorita para vernos, wey”.

“Sí ca, la neta es que yo vi a mi mamá bien pinche asustada, gritando, y la neta pues a mí también me dio culo, ca, estuvo bien cabrón, se cayeron un chingo de cosas en mi casa, wey”, conversaban dos amigos con su celular en la mano y con la otra su café.

Más adelante un grupo de chavas, acompañadas cada una de su respectiva chela, ya habían hecho de una mesa su punto para ponerse también al corriente después del fatídico suceso en donde el fantasma mal logrado de una Frida Sofía tuvo en vela a media capital.

“Llevamos desde las seis de la mañana esperando a que alguien llegue y nos deje pasar a ver nuestras cosas, nuestra casa, y hasta ahorita sólo llegó una persona de la Delegación Cuauhtémoc con otros más disque para que entraran y revisaran nuestros inmuebles, pero la verdad es que nadie las va a abrir porque no tienen las llaves de nadie, ¿cómo chingados nos van a dar luz verde para entrar? En verdad están bien pendejos”, comentó, en un tono muy molesto, Rodolfo un vecino que tuvo que ser desalojado, ya que su hogar se encuentra en la llamada zona cero de la Roma-Condesa.

Ahí en la calle de Ámsterdam, quienes hacían su vida con normalidad, ahora deben esperar y dormir donde les den posada vecinos o familiares, para luego regresar a su vecindario y tratar de sacar al menos sus cosas personales hasta que la gente de Protección Civil les indique que todo está fuera de peligro.

“Yo ahora estoy en un hotel cerca, no me están cobrado por el momento y es que cuando pasó todo estaba fuera y quise regresar al departamento que comparto con otro camarada y no pude, ya no me dejaron pasar”, platicaba Adam, ciudadano canadiense a otro vecino, que no quiso dar su nombre.

“Qué tanto la hacen cansada, yo he vivido en esta calle (Ámsterdam) cerca del edificio ese que se cayó, mi casa siempre ha estado ladeada, desde el 85 quedó así. Ahora resulta que no puedo entrar ni yo ni mi familia. Nos sacaron a la fuerza porque estaba a punto de caerse, según ellos y nada. Estamos viviendo con la hermana de mi esposa por el momento”, así le respondió a Adam.

El día trascurría, cuadrillas se organizaban para ir a Álvaro Obregón o a Ámsterdam, la ayuda continuaba llegando, mujeres y hombres se ponían de acuerdo para repartir tortas, agua, chocolates o dulces a los que bajan de los escombros, llenos de polvo con la mirada cansada, pero con el ánimo de querer seguir dando más.

Del otro lado, los juegos y las risas de los pequeños eran como una aspirina para tanto dolor y más adelante entre risas, exclamaciones y hasta sollozos por haberla visto “cerca”, cafés y cervezas daban la pauta para decir ¡que la vida sigue y México está empezando a ponerse de pie, pero falta mucho!

 

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