Nuestro martes más negro (Primera parte)

Por Roberto Carmona Arellano

Fotos: Roberto Carmona Arellano y Rivelino Rueda

Como hace 32 años, el 19 de septiembre se realizó un simulacro para recordar el terremoto que sacudió a la Ciudad de México en 1985. La gente hizo el protocolo con la calma de saber que no era una emergencia real. Todos salieron durante ese simulacro. La calle se llenó de gente que esperaba regresar a sus labores normales sin saber lo que iba a suceder dos horas y 14 minutos más tarde.

Sobre la Avenida Insurgentes, el movimiento de la tierra se sintió con intensidad. Me encontraba en el camión del Metrobús. Incliné la cabeza hacia el pecho para poder descansar un poco cuando el camión empezó a moverse de arriba abajo. Por un momento pensé que se trataba de la misma suspensión del transporte. Cuando el movimiento se volvió más intenso, mire hacía mi derecha y vi cómo la gente salía corriendo de los comercios, asustados por lo que estaba sucediendo.

En seguida la gente comenzó a bajarse de sus coches y observaron los edificios que se encontraban alrededor. Se percataron del sismo. La avenida se llenó de gente que salió de sus oficinas con la intensión de salvarse del movimiento agresivo de la tierra.

La gente que iba a bordo del camión se quedó esperando a que regresará todo a la normalidad, pero no fue así. El chofer de la unidad pidió que bajáramos porque la ruta no iba a continuar. Por el radio se escuchó que dos edificios habían colapsado por Nuevo León, por lo que era imposible seguir.

Baje del camión y seguí mi camino por las calles de Insurgentes. La sensación de gravedad aumentaba por cada paso que daba y veía cómo la gente lloraba, otros eran atendidos por paramédicos en el suelo, otros con la cara desencajada. Me detuve en un restaurante que tenía la televisión encendida. Un grupo de treinta personas aproximadamente observaba la tele con mucha atención. Se apreció una imagen aérea de la ciudad con un titular que decía “Sismo de 7.1 sacude la Ciudad de México”.

Seguí mi camino. Pensé en tomar de nuevo el camión para llegar a mi trabajo. Sin embargo, el servicio se había suspendido. Caminé. Las comunicaciones estaban obstruidas. No podía mandar mensajes ni hablar con mi familia. El momento de crisis seguía creciendo. En ese momento me encontré con Daniel, estudiante de administración de la Universidad de Londres. Su destino era el mismo que el mío. Nuestro encuentro se dio cuando me atendía un paramédico. “¿Estas bien?”, me preguntó. Le respondí que me había sofocado por el momento. Los nervios me traicionaron. Se quedó allí aguardando.

“Dani, si quieres irte vete, yo me detendré un momento”. Sin esperarlo, el sujeto me espero. De anónimo se volvió en mi acompañante en ese momento. Me recuperé y seguí el camino sin antes fumar un cigarro. Comencé a buscar la forma de ponerme en contacto con mi familia. Usé el teléfono de Daniel. Pedí prestado el móvil de otras personas y no pude ponerme en contacto. “No hay señal, no sirve el internet”, comenté.

Durante el camino me iba informando de los hechos, preguntando a las personas de la calle. Lo primero que se dijo fue el derrumbe de edificios en la colonia Del Valle. “Se cayó un edificio en la Del Valle, hay gente atrapada”, mencionó una mujer llorando. En ese momento supimos que el temblor había causado estragos graves. Seguimos buscando la información con las personas que tenían acceso a internet.

El silencio se apoderó de las calles de la Ciudad de México. Miles de personas se encontraban en las calles, sin embargo, caminaban en silencio con el rostro de asombro. Logré llegar hasta Ciudad Universitaria y allí pude tomar el camión, Dani seguía conmigo. Los dos, sorprendidos, hablamos de lo que estaba ocurriendo cuando mi acompañante recibió una llamada.

“Madre, todo bien. Voy rumbo a la casa pero la ciudad está colapsada”, mencionó. Un silencio creo una incertidumbre en mí. Daniel seguía hablando con su madre pero el silencio y su rostro me generó un temor enorme. En cuanto colgó le pregunté qué había pasado. “Mi mama dice que colapsaron varios edificios y una escuela, hay niños adentro. También me dijo que se cayó una parte de Galerías Coapa y otros edificios”, relató.

Seguía sin poder comunicarme con mi familia. Tras escuchar lo que la madre de Daniel le había dicho, me generó más angustia de no saber dónde estaban mis padres, mis hermanos. En ese momento recibí una llamada con un número de fuera de la capital. Era mi abuela. “Robert, ¿todo bien?”

Mi abuela estaba al tanto del sismo y de la gravedad que yo todavía no alcanzaba a dimensionar. “Abuela, márcale a mis padres y diles que estoy bien, no puedo comunicarme con ellos”. Se cortó la llamada. Marqué de nuevo el teléfono de Saltillo. Mi abuela contestó con la voz quebrada y me dijo que me tranquilizará, que ella iba a hablarles, pero hasta ese momento ella tampoco podía comunicarse con mi familia.

Cuando Daniel empezó a decirme lo que su madre le describió, la gente cercana volvió a preguntar sobre los hechos. Una mujer de la tercera edad, preocupada, le pidió a mi compañero que si podía decirle lo que sabía. Al hacerlo, la mujer expresó su angustia con un gesto. Pidió que siguiéramos informando si nos enterábamos de más cosas.

La angustia iba en aumento mientras nos enterábamos de más cosas. Cuando mi padre me contó sobre el sismo del 85, mencionó que la radio fue fundamental para dar con personas desaparecidas y saber sobre los hechos que se iban dando en la Ciudad. Cuando lo relató, pensé que ese momento de tragedia tardaría en llegar. No fue así.

Seguíamos en el camión, cada quien rumbo a su casa. Un hombre sentado, vestido de color negro y pelo chino, encendió una radio que traía con él. Me le pegué para seguir escuchando sobre los que estaba sucediendo. Llegó el punto de quiebre.

“Nos informan que la escuela Enrique Rebsamen colapsó y en su interior se encontraban alumnos”. Sentí el pecho encogerse. Los que estábamos allí nos miramos los unos a los otros con rostros de angustia y tristeza.  Voltee la cabeza hacía un costado y respiré profundo para contener las ganas de llorar.

Llegué a la última estación del Metrobus. Me bajé y me despedí de Daniel, fiel acompañante en la tragedia. Nos abrazamos y nos deseamos suerte. Entre la multitud, desapareció. Seguí caminando por otra hora para poder llegar a mi casa. La catástrofe la miré cuando una agencia de coches estaba colapsada. Me imaginé el camino destrozado rumbo a mi casa, sin embargo, todo estaba bien. Llegué con los zapatos rotos por la caminata y seguramente por el tiempo que fueron testigo de mis pasos.

Llegué a casa y al ver a mis padres afuera, esperándome, rompí en llanto. Me liberé de una angustia e incertidumbre que mataba poco a poco. Los abracé, abracé a mis hermanos y comenzamos a reconstruir los hechos que cada quien había vivido. A mi madre, el temblor le llegó cuando realizaba unas compras. A mi padre sobre Periférico. A mis hermanos en oficinas y en la escuela.

La casa estaba bien, sin luz pero de pie. Mis padres estaban en el coche escuchando la radio. El medio de comunicación que fue fundamental en el 85, estaba siéndolo de nuevo en el 2017. Los relatos eran duros. Todas las miradas estaban en la escuela Rebsamen, seguramente por la sensibilidad de saber que el futuro de México está atrapado entre escombros. Se habló de la gente atrapada en los edificios y que las vialidades estaban totalmente colapsadas.

Mi padre mencionó que en el 85 la sociedad civil fue la que puso en pie la ciudad y que en esta ocasión no iba ser la excepción. Me lo relató mientras estábamos parados a la orilla de la banqueta que da hacia Periférico, enfrente del Tec de Monterrey. Ya habíamos escuchado que el Tecnológico había sufrido daños en su estructura y que había gente atrapada entre los escombros. Probablemente el momento de shock nos negó el pensar el ir a ayudar.

Regresó la luz a casa. Encendí la tele para poder ver lo que sucedía. Al ver las imágenes, lo que imaginé fue totalmente superado. La tragedia era inmensa, algo que no concebía. Me quedé sorprendido enfrente del televisor. Mis padres no daban crédito. Mis hermanas no podían creerlo. Sentí una impotencia por no estar ayudando. En ese momento propuse a mis amigos ir a ayudar.

A las 8 de la noche, un amigo pasó por mí para ir a Ciudad Universitaria para unirnos a una brigada de ayuda. Llegamos y descargamos un poco de agua que llevábamos con nosotros y la dejamos en el centro de acopio enfrente del estadio de CU, enfrente del mural que realizó Diego Rivera.

Miles de jóvenes, como nosotros esperaban su turno para poder subir a un camión e ir a ayudar. Nosotros éramos la brigada 54. En ese momento salió el coordinador de las brigadas, un hombre alto con el pelo canoso y con una playera de la UNAM, a decir que ya no se necesitaba más gente, que las próximas brigadas saldrían a las 4 de la mañana.

Decidimos ir a los puntos de colapso por nuestra cuenta. Tomamos el auto y nos dirigimos a Gabriel Mancera, que era donde teníamos referencias de catástrofe. Durante el camino, observamos que edificios estaban dañados. Cuando llegamos a Viaducto, nos encontramos con el primer edificio colapsado…

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