Don Agus

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

Don Agustín estaba sentado en una silla. Con la mano derecha sujetaba una Biblia y con la izquierda recargaba su frente y colgaba un rosario. Sus labios tenían ligeros movimientos y se escuchaba un siseo muy suave. Apretaba su Biblia cada vez más fuerte. No hablaba con nadie.

 

En el asilo donde se encontraba sólo tomaba la mano de Doña Lolita, una mujer anciana la cual veía por las tardes cuando les pasaban una película a todos los ancianos. Tomaba su mano y así pasaba horas. Ella le platicaba cuando era joven y había conocido a Pedro Infante, durante el rodaje de una película, en la cual ella trabajaba de maquillista.

 

De ese momento era del que platicaba todos los días y era el más importante de su vida. Ni de cuando nacieron sus siete hijos era un tema de conversación tan apasionante como el de su “Pedrito”, como ella lo llamaba. Don Agustín simplemente escuchaba y repasaba en silencio las frases que salían de los labios llenos de arrugas de Doña Lolita.

 

–Mi Pedrito tenía la piel tan suave como un bebé, era un coqueto. A todas las compañeras nos sonreía y nos decía algunos piropos, con esa voz tan hermosa que tenía. Pero fíjate Agus, que yo notaba un cierto favoritismo hacia conmigo. Creo que hasta le gustaba.

 

Don Agustín, a sus 86 años, tenía cierto resentimiento con la vida. No le había ido muy bien que digamos. Su hija y su nieto lo habían abandonado en ese lugar. Él todavía quería seguir trabajando, seguir activo, pero las indicaciones de los doctores es que ya era hora de estar en reposo y tranquilo, disfrutando de su vejez. Su hija lo metió en un asilo.

 

El día que se inundó el asilo a causa de las terribles lluvias, perdió los dos pares de zapatos que tenía, cuatro camisas y tres pantalones. La Biblia se le mojó un poco porque alcanzó a rescatarla, pero eso no era todo. A la semana hubo un terremoto y varias recámaras colapsaron y su Biblia quedó sepultada, y también Lolita.

 

Miraba al cielo con lágrimas en los ojos y apretaba los dientes. Balbuceaba como si algunas palabras quisieran salir de su boca, hasta que salieron:

–¡Chingas a tu madre! ¿Qué te hice? ¡Dime en qué chingados fallé o qué hice mal para que me hagas esto! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Me has quitado todo lo bueno que tenía en la vida! ¡Ese niño no tenía la culpa de nada! ¿Por qué te lo llevaste? ¡Lolita! ¿Por qué ella? ¡Sólo me hacía sentir vivo de nuevo! ¿Por qué eres así conmigo?

 

Tomó su Biblia y la aventó. Se levantó de su silla y empezó a romper cosas por toda su habitación. Estaba furioso. Nunca había estado tan enojado. Tomó una carta que tenía debajo de su almohada y la leyó para tranquilizarse.

 

Hola Don Agus:

 

Ayer en el cine la pasé muy bien, no soy de muchas palabras y solamente le quería agradecer por esa tarde tan padre que tuvimos, creo que tantas palomitas me cayeron mal porque no dejo de ir al baño. Mi mamá dice que le puedo llamar abuelito si usted quiere, pero bueno, sólo era para darle las gracias y el sábado es día libre, espero que pueda venir a mi casa a comer, porque mi mamá va a preparar enchiladas y le quedan muy buenas. Gracias otra vez y nos vemos.

 

Atte.

Chavita

 

Don Agus siempre leía esa carta cada vez que se sentía triste o solo. Los enfermeros llegaron y le dieron un tranquilizante. Estaba acostado con la mirada en el techo pensando. A veces sonreía, luego lloraba, otras se quedaba dormido.

 

Dicen que las cosas pasan por algo, y a mí me gusta creer que aunque sea una catástrofe o cualquier situación que nos mueve emocionalmente, es porque algo está pasando, algo se está formando y todo lo que hacemos en nuestra vida se refleja de cierta manera.

 

Pasaron unas semanas y Don Agus seguía con ese semblante. Ya no se bañaba. Tenía una larga barba y estaba en pijama todo el día, viendo desde la ventana cómo el sol salía, el atardecer, y cómo la luna lo iluminaba para leer la carta de Chavita.

 

Llegó Martita, una de las enfermeras del asilo.

 

–¡Tienes visita Don Agus!

–¡No quiero ver a nadie! Ya se los he dicho mil veces, por favor… Déjenme en paz.

 

–Hola Don Agus, soy Eloy… Eloyito.

 

(Mientras lloraba como Magdalena). Lo abrazó y le dijo:

 

–Mi mamá está afuera y lo queremos llevar a comer. No me dé un no como respuesta por favor. Le traje esto…

 

Eloy sacó de su mochila una corbata gris con una “ese” de Superman pequeña, de buen gusto, y le dijo:

 

–Realmente el favorito de mi hermano era Superman, pero le quisimos traer esto (mientras se limpiaba las lágrimas con su playera).

 

Don Agus tomó la corbata y sonrió moviendo la cabeza a manera de fracaso.

 

–Cómo has crecido Eloy. ¡Estás bien grandote!

 

-Ya sabe Don Agus, la Emulsión de Scott sí dio resultados.

 

–Dame cinco minutos hijo, ya salgo

 

Don Agus se bañó, se afeitó y lloraba. Lloraba por desconcierto, por felicidad, por tristeza, por Chavita, por Lolita, por todo. Se puso un traje que tenía colgado detrás de la puerta, con su corbata nueva. Se puso un sombrero.

Salió y lo recibieron Eloy, Carmen y su novio, Adolfo, un taxista que ya se había llevado a vivir a Eloy y Marta, su mamá, a un departamento en la colonia Obrera. Un buen hombre de 58 años que procuraba mucho a la familia.

 

Lo llevaron a comer a una marisquería en la colonia Obrera y platicaron mucho de Chavita. Don Agus les platicó que ahora estaba más abandonado que nunca porque el departamento de Villa Coapa de su hija, su nieto y el imbécil de Félix se había caído con el temblor. Platicaron de cómo habían pasado estos dos años sin Chavita. Tomaron mezcal y cervezas. Hubo lágrimas y carcajadas.

 

Don Agus se sentía vivo de nuevo. El trío llegó a su mesa y les ofreció sus servicios con alguna canción.

–50 pesitos, ¿cuál canción quiere la damita?

 

Marta miró a Don Agus como pidiendo aprobación. Don Agus sonrió y ella pidió la canción.

 

Cuando buceaba por el fondo del océano 
Me enamoré de una bellísima sirena
Fuera del mar sin vacilar pedí su mano
Y nos casamos en la playas de Caleta
Pasaron más de nueve meses sin ninguna novedad
Pero cerquita de los trece se enfermó de gravedad

 

Don Agus soltó una carcajada que sonó en todo el lugar. Todos los comensales sonreían…

 

–¡Ay! Ese Chavita como me traía asoleado con esa vez que me querían linchar por confundirme con Rigo Tovar ¡Salud! ¡Por Chavita!

 

Tuvimos un serenito justo al año de casados 
Con la cara de angelito pero cola de pescado
Tuvimos un serenito justo al año de casados
Con la cara de angelito pero cola de pescado

 

–La comida estuvo deliciosa pero me tengo que ir. Jamás me había reído tanto y divertido tanto. Bueno, con mi Chavita sí…

 

Fueron a dejar a Don Agus al asilo y le prometieron que una vez al mes lo iban a llevar a comer, y si él quería, se quedara algún día a dormir en su casa. Eloy le dio un beso en la mejilla y le dijo:

 

–Pórtate bien abuelito, porque si no, te las verás conmigo.

 

Don Agus los despidió afuera del asilo como la familia que no había tenido nunca.

Y sí, las cosas pasan por algo. Ahora Don Agus está de buen humor siempre. Ha comprado varias playeras de Superman para Eloy, ya que está bien musculoso el chamaco gracias a la Emulsión de Scott.

 

Sigue llorando por todo, pero está feliz. Lee la carta de Chavita con sonrisas y le cuenta cómo le va con su familia. Le dice que todo está súper bien, que son muy felices, pero que siempre, siempre, él hará falta en esa mesa en la que comen cada vez que se juntan.

 

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