El discurso del odio llegó a casa

Por Sebastián Lamont

 

“Si el fascismo pudiera ser derrotado en debate,

puedo asegurar que nunca hubiera surgido en

Alemania o en Italia o en cualquier otro lugar”.

-Frank Frison, sobreviviente del Holocausto.

 

Toda libertad tiene sus limitaciones. Uno no debe entrar al cine y empezar a gritar “¡Fuego!” en una sala que esté llena, porque las consecuencias podrían ser fatales por el pánico que esto generaría. Está permitido que una persona ingiera alcohol hasta el grado de embriagarse, también cualquiera, a partir de cierta edad, puede empezar a manejar; pero mezclar ambas cosas está prohibido. Podemos observar que la limitante de estas acciones se lleva a cabo por la relación que tiene con nuestro entorno y la afectación que pueda tener sobre los demás.

Sin embargo, en tanto a lo discursivo y la libre expresión de las ideas la línea se vuelve más delgada. No hay una afectación directa y/o inmediata si alguien está predicando racismo o xenofobia; inclusive el grupo vulnerado por estas acciones podría simplemente ignorar el ataque retórico y seguir con su vida. Al menos en lo aparente.

¿Pero qué pasa cuando un líder político como Donald Trump y sus constantes insultos contra la comunidad latina provocan a otras personas a llevar a cabo el asesinato de un migrante indocumentado?[1] ¿Es también él responsable por las acciones que inspira a través de lo que dice?

Trump condenó y se distanció de las acciones en Twitter diciendo que nunca recurriría a la violencia a pesar de que lo ha hecho repetidas veces en campaña en contra de manifestantes en sus mítines políticos.

A pesar de que no hubo y probablemente no habrá consecuencias para el supuesto billonario, hay un precedente en la historia de la ley internacional con la cual fue condenado Julius Streicher. Este hombre dirigía el periódico “Der Strümmer” en el cual se dedicaba a incitar el odio contra los judíos y abogaba por su exterminio, incluso desde antes que los nazis tomaran el poder en 1933. Fue condenado a la horca y ejecutado después de ser encontrado culpable en los juicios de Núremberg en 1946. [2][3]

Esto fuera de probar algo hace más ambigua las limitaciones que le ponemos al discurso de odio y sus consecuencias como sociedad. Por lo mismo este ensayo busca proyectar y expandir la conversación acerca de la libertad de expresión y sus limitantes, así como desmitificar algunas ideas sociales que se han arraigado y poco cuestionadas, como la validez de las opiniones que se emiten.

En primera instancia pareciera que el discurso de odio, basado en los dos ejemplos previamente expuestos, son preámbulos a la acción violenta. ¿No sería entonces un derecho combatirlo bajo la premisa de la defensa propia?

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Karl Popper expone la Paradoja de la Tolerancia de la siguiente manera:

“La tolerancia ilimitada llevará a la desaparición de la tolerancia, si extendemos la tolerancia inclusive a aquellos que son intolerantes. Sí no estamos preparados para defender a la sociedad contra el embate de los intolerantes entonces los tolerantes serán destruidos y la tolerancia con ellos. Esto no implica que se deban de suprimir las filosofías intolerantes siempre y cuando puedan ser contrarrestadas con argumentos lógicos y constantemente revisando la opinión pública en torno a las mismas. La supresión de estas ideas sería poco recomendable, pero deberíamos adjudicarnos el derecho a reprimirlas, inclusive por la fuerza de ser necesario. Porque se debe considerar que puede que ellos (los intolerantes) no estén dispuestos a debatir en el nivel del argumento racional. Sin embargo se debe comenzar por denunciar que aquellos líderes puedan prohibir a sus seguidores escuchar el argumento racional, porque dentro de sus engaños pueden enseñarles a responder al argumento racional con el uso de los puños o las armas. Es entonces, por ello que debemos, en el nombre de la tolerancia reservarnos el derecho a no tolerar la intolerancia. Debemos proclamar que aquellos movimientos que prediquen la intolerancia se encuentran fuera de la ley y considerar la incitación de la intolerancia como criminal de la misma forma que consideraríamos la incitación al asesinato, secuestro o el resurgimiento del comercio de esclavos como criminal”.[4]

Discurso de odio

Mi apreciación personal para el discurso de odio es todo aquel que busque denostar, discriminar o segregar de la sociedad a grupos vulnerables y/o minorías. Incite o no a la violencia.

Sin embargo, Gustavo Ariel Kaufman desarrolló un método más completo para identificar de manera precisa el discurso de odio en su libro Odium Dicta, liberta de expresión y grupos discriminados en internet que desarrolló para Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y la Secretaría de Gobernación.

  • A) Criterio de grupo en situación de vulnerabilidad tipificado: Se expresan de forma explícita o implícita, pero indudablemente, referencias «a un grupo históricamente discriminado, en un tiempo y lugar determinados».
  • B) Criterio de humillación: Se puede manifestar de tres formas distintas. La primera implica la existencia de opiniones que degradan o humillan a un determinado grupo en situación vulnerable. La segunda forma consiste en la identificación de una referencia «simbólica o histórica precisa» que expresa apoyo hacia eventos cuyo propósito es humillar a los miembros de un grupo vulnerable. Por último, la tercera se manifiesta cuando a una persona se le atribuyen características denigrantes asociadas con prejuicios, claramente discriminatorios, sobre el grupo al que pertenece.
  • C) Criterio de malignidad: Se extiende una invitación dirigida hacia terceras personas, ya sea de forma explícita o implícita, para ser partícipes de acciones cuyo objetivo sea atentar contra la integridad de un grupo vulnerable.
  • D) Criterio de intencionalidad: Se caracteriza por la existencia de una intención deliberada para llevar a cabo acciones con las que se persiga humillar y degradar a los integrantes de un grupo discriminado.[5]

Kaufman señala que su fórmula aplica en un sentido ABC o ABD, aunque yo difiero en su aplicación ya que cada inciso por sí mismo podría considerarse discurso de odio en países donde se ha legislado en contra de esta práctica. Un ejemplo primordial por su fuerte y no tan antiguo historial de discriminación sería Alemania en donde la ley dice:

“Incitar públicamente el odio contra partes de la población o realizar llamados por medidas violentas o arbitrarias contra ellas o insultar, injuriar maliciosamente o difamar de un modo tal de violar su dignidad humana”.[6]

Tolerancia

¿Qué es lo que deberíamos entender por tolerancia? Una sociedad tolerante como la que describe Popper es una que incluye y se expande por medio de las opiniones de todos los grupos que la componen y la forma de pensamiento del individuo.  A su vez esto es vulnerado por el discurso que busca deshacer la forma de convivencia pacífica e integral ya sea por raza, sexo, religión o cualquier otra minúscula diferencia que se pueda evocar para hacer una división y destacar aquellas pequeñas diferencias para deshacer la interculturalidad.

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Lo más evidente es que para que la tolerancia exista debe de haber diferencias en el pensamiento y la forma de vida de la gente que compone la sociedad tolerante. En una democracia que siga la voluntad de la mayoría pero respete los derechos de la minoría es importante fundamentar primero socialmente que la aceptación de los diferentes cultos, ideologías o el trasfondo étnico de cada persona puede ser importante para conformar su identidad y por tanto está en su derecho de expresarla sin miedo a la discriminación. La limitante, como en todas las libertas sería, siempre y cuando no vulnere o quiera imponer su cosmovisión sobre los demás. Al hacerlo estaríamos hablando de una colonización de las ideas. Darle rienda suelta a esto determinaría que la forma de pensar del más fuerte es la que prevalece y no el argumento racional la que genere integración.

Resistencia y Opresión

Se ha perpetuado la idea dentro del colectivo social una mentira con la que me he encontrado muchas veces. “El responder al fascismo con violencia te hace igual”. No necesariamente sólo del fascismo emana el discurso de odio, pero el fascismo históricamente se ha enraizado en el poder a través del mismo y por lo tanto es el máximo representante de esto. Siempre encuentra la forma de buscar un chivo expiatorio y generar un enemigo. Por tanto nos centraremos en ello.

Los nazis en Alemania culparon de todos los problemas de la nación a los judíos y los mataron por millones[7]. Sin embargo, en Finlandia la población judía era casi inexistente y por tanto el movimiento Lapua, de corte fascista se dedicó a culpar a los habitantes de habla sueca en el país[8].

Hay tres problemas con la idea de que la violencia es igual a fascismo.

1.- La violencia y la agresión no son exclusivas del fascismo.

2.- Genera una falsa equivalencia. No es lo mismo predicar discurso de odio que combatirlo, así como no es lo mismo que un musulmán responda agresiones verbales o físicas de un neonazi que lo acosa en la calle. ¿Quién en su sano juicio podría decir que era igual de fascista un miliciano del ejército republicano español que un soldado franquista?

3.- El resistir los embates del odio no es una cuestión ideológica a diferencia del discurso de odio que tiene sus cimientos en algún tipo de filosofía política o religiosa. Cada vez que un grupo predica el ataque contra minorías y otros grupos vulnerados llega al poder estos usan cualquier institución que los respalde para cometer atrocidades. La defensa propia en contra de esto es mera sobrevivencia y el derecho a existir.

Con esto en mente tendríamos que preguntarnos la validez de otra premisa que surge constantemente: “Todas las opiniones son válidas”. ¿Realmente lo son? Digamos que alguien promueve, porque es su opinión, que se le debería quitar el derecho a votar a las mujeres. Esto es inaceptable para cualquier país que valore la equidad o los derechos humanos.

Sí una opinión tan arcaica no cuenta con ningún tipo de validez en una sociedad que se precie de moderna, ¿por qué habríamos de darle valides a alguien que promueva superioridad racial por el simple color de su piel o religión; la supresión de derechos por orientación sexual o etnia?

Uno podría cuestionar la efectividad de los métodos violentos, pero el ensayo recibe apoyo de una fuente muy inesperada, el mismo Adolf Hitler.

“Solamente un peligro pudo haber frenado nuestro avance – si nuestros adversarios hubieran entendido sus principios y hubieran establecido una clara de comprensión de nuestras ideas. O alternativamente, si desde el primer día hubieran aniquilado con la mayor brutalidad el núcleo de nuestro nuevo movimiento”.[9]

Hitler exhibe en la cita que había dos formas de eliminarlo, la clara exposición de ideas ante el público alemán, entraría dentro de los argumentos razonables para combatir la sombra de la tiranía que eran los nazis. La otra, un rápido y efectivo azote en contra de un pequeño movimiento que exacerbaba el nacionalismo y el antisemitismo desde sus anales.

Tenía razones para creerlo, al fin y al cabo esa cita de 1934, un año después de que Alemania empezara a ser gobernada por su partido, había matado a toda la oposición en “La noche de los cuchillos largos” y no se mostró dubitativo al usar a las camisas pardas, su organización paramilitar para enfrentarse a sus enemigos[10].

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De la violencia emana violencia, del odio solamente puede crecer odio. Eso me queda claro, y realmente estoy a favor de las soluciones pacíficas. Sin embargo, es una fantasía pensar que el odio y la violencia no crecerán como un fuego salvaje, que consume todo a su paso de no ser constantemente mantenido a raya. La solución a largo plazo debe de ser sumar esfuerzos para que a través de la educación podamos aceptar la interculturalidad y la diversidad, pero a corto plazo el combatir con el uso de la fuerza no es un recurso que debamos de quitar de la mesa.

Hoy en día vivimos una renovada ola de fanatismos nacionalistas con nuevas caras, pero sombras conocidas en todo el mundo y que hacen avances en el mundo de la política. El fascismo y sus múltiples, horribles caras del totalitarismo y la discriminación deben ser erradicados en donde sea que estas emanen bajo las medidas que sean necesarias.

No debemos permitir que las sociedades tolerantes sean consumidas y destruidas por los mismos discursos y acciones que combatimos el siglo pasado que costaron millones de vidas. El hacerlo volvería a sumir al mundo en años de continuo conflicto.

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