Por Guillermo Vázquez Castro
Un homenaje a la victoria permanece al centro, dorado y brillante. En la punta, arriba de lo que simula una gran copa de oro. Un hombrecillo chapado y esplendoroso retoza estático a media “chilena”. Dos pequeñas manos sujetan con fuerza los extremos de la copa de aquel triunfo.
Del lado izquierdo, la pequeña “Lucy” –de escasos tres años– con un vestido azul cielo, mallas del mismo color y zapatitos rosados, sujeta con su mano izquierda una de las ornamentas que adornan el cáliz, mientras los deditos de su derecha se postran juguetonamente en su boca. Su mirada escapa por un costado, algo más llamó su atención. Luce inocente, impecable, parece tranquila a pesar de que un par de horas antes –mientras la gloria estaba en disputa– estuvo a punto de caer de lo más alto de las gradas.
En el otro extremo, una disimulada sonrisa –quizás apenado– enfundado con un jersey blanco con los colores de los Delfines de Miami marcado con el número 83, debajo de una chamarra negra con vivos azules, se encuentra Memo, el hermano de Lucy , apenas un año mayor que ella.
Memo se nota feliz, contagiado por el júbilo de los vencedores. Parece no recordar los minutos de angustia que le provocó el resbalón de su hermana mientras jugaban sin supervisión en lo más alto de la tribuna y quedó colgada de una sola mano a una altura de casi 15 metros.
En ese momento, la felicidad se tornó en desesperación cuando con todas sus fuerzas la sujetaba para no dejarla caer, mientras la pequeña “Lucy”, ya con el bracito adolorido se despedía de él.
–¡Lo siento Memo!, ya no aguanto. ¡Me voy a soltar!
El instinto de hermano mayor no permitió que Lucy cayera. Memo gritó desesperado por ayuda, misma que llegó de un extraño que escuchó la agobiada voz y acudió a auxiliarlos, para después mantenerlos celosamente sentados a su lado hasta que el juego que el padre de los menores estaba disputando en la cancha terminara. Eso, ya era cosa del pasado, ahora sólo importaba posar para la posteridad.
Aquellos niños que toman orgullosos el trofeo, parecen no entender lo que simboliza aquella estructura de aproximadamente 90 centímetros que los sobrepasa por unas cuantas pulgadas por encima sus cabezas.
Ese día el “Mocambo” había vencido en la final a uno de sus más acérrimos rivales en la cancha principal del Deportivo “Los Galeana”. La divina gracia del futbol le dio la oportunidad a don Guillermo Castro y su equipo de la revancha frente al “América”, que como pasaje bíblico –según las anécdotas– vio la luz gracias a la envidia de uno de los hermanos del señor Castro.
Durante la liguilla ambas escuadras ya se habían enfrentado una vez. En ese primer encuentro, el “América” venció por una gran diferencia al equipo que llevaba por nombre el de una playa del estado de Veracruz. Dicen que en esa ocasión, “El Gato” –hermano del señor Castro– había contratado jugadores semi profesionales para humillar al “Mocambo” y lo consiguió. A partir de ese momento, el antagonismo reinó entre ambos equipos.
Guillermo Castro o “Don Memo”, como lo llamaba la mayoría, fundó el equipo en 1988. En sus filas estaban sus hijos, su yerno, los muchachos de la cuadra y sus dos jugadores estrella. Un carnicero al que le apodaban “El Pecas” y un desconocido de sobrenombre “El Camoyas”.
Don Memo siempre fue aficionado al deporte y lo practicaba constantemente. Fue gran asiduo a distintas disciplinas deportivas como el box, la lucha libre, pero sobre todo por el futbol, mismo que practicó durante muchos años hasta que se presentó la ocasión y por fin fue dueño de su propio equipo.
Tenía 53 años cuando el “Mocambo” se coronó campeón. De camisa blanca, pantalón gris y una gorra azul permanece al extremo izquierdo con una ligera sonrisa de satisfacción tras haber cumplido uno de sus tantos sueños. Es acompañado por sus tres hijos, sus dos nietos y con la casaca roja con el cuello en negro, el guardameta y padre de los traviesos infantes.
Los recuerdos de ese día se tornan lejanos con el paso del tiempo. Quizás, lo más presente es aquella aventura con Lucy y la fortuna de haber estado del lado del equipo vencedor, misma que vino con todo el refresco que pude tomar en bolsitas con hielo que vendían cada fin de semana justo a la salida del pasillo que conectaba los vestidores con la cancha.
El “Mocambo” jugó un año más. La rivalidad entre hermanos se propagó como enfermedad en ambas escuadras. La última vez que se plantaron en la cancha ambos equipos, la pasión del juego se transformó en violencia.
Todo comenzó con inocentes patadas (dicen que los del “América” empezaron). Después aparecieron las tarjetas amarillas y más tarde una que otra de color rojo. Los ánimos se calentaron y de los insultos pasaron a los manotazos y las patadas.
De pronto el campo de futbol se había convertido en una Arena Coliseo, todos contra todos en una batalla campal que terminó con los uniformes maltrechos y con rastros de sangre propia y de los oponentes de ambos bandos. Fue la última vez que don Guillermo Castro pisó la cancha del deportivo “Los Galeana”. Con un campeonato en la bolsa y una supuesta victoria en los puños, el “Mocambo” había terminado su paso por el césped de los campos de futbol.