El dilema en México: ¿Cuidarse de policías o de delincuentes?

Por Miguel Ángel Sosa Arzate

 

¿De quiénes debemos cuidarnos en las calles? ¿Qué pensar de una bola de espectadores con nombre y número de placa que sólo observan un connato de violencia sin intervenir? ¿Sin inmutarse?..

 

Una pinche cédula profesional como carta de defensa de un “cirujano” que cambia su versión una y otra y otra vez y en todas tiene la razón porque la facha del bocón no convence. Una defensa bien argumentada que sólo amerita un reconocimiento y “otorgarle la mínima”. Si se es bocón, hay que serlo en todo momento. Aunque las consecuencias no estén calculadas. Sobre todo si no se sabe de quién cuidarse.

 

Las recomendaciones se entrecruzan en una máxima aparentemente bien infundada pero con muchas aristas. “Ándate con más cuidado”, o el típico “Siempre ha sido así”, acompañado de “Las cosas no van a cambiar”. Más ahora que ya sabes de quiénes tienes que cuidarte.

 

–¿Todo bien joven?- irrumpe en el silencio de una noche cualquiera, una sombra que baja de un auto con un portazo como presentación.

 

–Todo bien oficial- le contesto a través del vidrio, con una mínima apertura.

Ese “bien” tan mexicanizado no siempre significa literalmente bien. A veces es la manera de romper el hielo y pasar a lo siguiente:

 

–Vamos a hacer una revisión del vehículo- me comenta la sombra que deja ver un indicio de identidad, el apellido Morales como única palabra completa entre letras y puntos– Permítame sus documentos y baje del vehículo.

 

A pesar de que existe un programa rector de profesionalización desde 2014, hasta hoy no ha sido llevada a cabo una evaluación que permita conocer el nivel de eficiencia en la formación policial.

 

De acuerdo al artículo Relaciones de autoridad y abuso policial en la Ciudad de México, “el abuso policial es un fenómeno complejo que obedece a factores de diferentes niveles. Comprende formas tradicionales de efectuar el trabajo policial ajenas a principios democráticos, en las que el control sobre la población, en particular sobre ciertos grupos, es visto como una capacidad ‘natural’ de su trabajo”, y agrega que “incluye prácticas de extorsión a la ciudadanía ampliamente institucionalizadas, y depende de factores culturales de la organización policial, no ajenos al resto de la sociedad, en los que se establecen pautas morales sobre quién merece ser castigado”.

 

Debido a lo anterior, la confrontación entre “los azules” y la sociedad es leyenda. La gente sabe quiénes son, en parte cuál es su función y para ser más precisos, que es de algunos de ellos de los que hay que cuidarse.

 

–Si quieres te los muestro desde aquí. No voy a bajarme del auto, no estoy haciendo nada.

 

Los abusos policiales más conocidos y cuestionados por la ciudadanía son: cohecho, extorsión, privación ilegal de la libertad y abuso sexual. Según el secretario de seguridad pública de la Ciudad de México, Hiram Almeida Estrada. Tan solo en 2014, mil 200 oficiales de policía fueron dados de baja a causa de estas conductas.

 

Aunque esa ocasión tuve oportunidad de defenderme, no sabía que habría de cuidarme más en encuentros posteriores. Después de recurrir al famoso “los vamos a pasar”, y a falta de motivos o herramientas que le permitieran a la sombra hacerse de una luz, el último recurso ante un intento fallido fue tirarme un golpe que alcancé a cubrir.

 

***

Las lenguas largas serpentean en un halo de posibilidades de chismear o intervenir. Si bien hay capacidad en la señora de la cuadra, que casi todo lo sabe, como en el señor de la tienda que te maneja la nota de hoy, la función del periodista en formación implica una boca lista para abrirse, aunque con un propósito más allá de la mera elocución.

 

La chica escuchó el sonido de la cámara del celular, musitó algo inalcanzable para mis oídos, y prosiguió su camino, por supuesto, vulnerada. Surgió otro personaje más de quien cuidarse. El hombre que, escudado en una carrera profesional, tono de piel, imagen y edad madura, se siente expuesto al percatarse que observadores de su ilícito le recuerdan el nombre de su acto: “acoso callejero”.

 

Pude haberme ido por otra calle, pero los bocones se topan con un destino ineludible. Mis pasos me llevaron de nuevo frente al acosador. Sólo que esta vez, aproximadamente unos veinte minutos después, se encontraba acompañado y “protegido” de dos elementos de tránsito. Jerónimo García Martínez tomó mi mochila de un tirante y no la soltó en la siguiente media hora.

 

–El señor está solicitando el apoyo porque dice que le faltaste al respeto.

 

–Que el señor te diga lo que estaba haciendo– contesté aún con tranquilidad y antes de querer romperle la cara.

 

–No te puedes ir. Vamos a procesarte por ofender al señor.

 

Ante esta declaración, lo inmediato fue cagarme de risa. Sin embargo, el detenerme pasó de un momento a otro a jalonearme y azotarme contra la pared de la Universidad Panamericana, en Mixcoac.

 

–Tú no me puedes obligar a quedarme. Eres un oficial de tránsito. Podrías llamar a un policía auxiliar, pero ahora estás obstaculizando mi libre tránsito.

 

–No te vas a ir– me dijo el oficial García mientras acercaba su frente a la mía de manera provocativa para que evidentemente reaccionara al igual que él, violentamente, y así tener una razón de peso para detenerme.

 

La desesperación se apoderaba poco a poco de mí. Hacía apenas unos días, guardias de seguridad del bar “El buen tiempo” me asociaron con un par de conflictivos y me tiraron al suelo en la calle República de Cuba.

 

Elementos auxiliares se limitaron a mirar. “Algo hiciste, ya mejor te deberías de mover”. Esa ocasión perdí, además de mi celular, toda esperanza de encontrar seguridad y protección en la policía.

 

Amnistía Internacional registró 7 mil casos de tortura y violencia física hasta principios de 2016. Sólo 5 han recibido sentencias condenatorias. La ONU declaró que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos informó de 11 mil 608 quejas por torturas y malos tratos entre 2006 y abril de 2014.

 

La gente hizo lo mismo que los policías afuera del bar, mirar. Reconocí a un paciente de mi madre y le pedí grabara. En un instante, manifestó su claro apoyo a los oficiales y me quedé con la única opción de llamar a mi madre y pedirle que llegara con policías auxiliares. Corrí como pude detrás de una patrulla que vi pasar a unos metros. El policía Sergio Ruíz trató, supuestamente, de calmar la situación.

 

–Dame tu nombre completo- le dije a García, quien exhibido ante una mayor audiencia, se quedó quietecito como quien no hace nada. Hice lo propio con su compañero Gabriel Sánchez Alvarado, y tras recibir la información contesté a su solicitud idéntica:

 

–Yo no tengo por qué darte mi nombre, son datos personales, en cambio tú eres un servidor público.

 

***

La Comisión de Derechos Humanos del entonces Distrito Federal recibió 386 quejas de tortura entre 2011 y febrero de 2014. La sociedad civil informó de más de 500 casos documentados entre 2006 y 2014 de violencia policial. Con un registro de 11 mil 254 denuncias de tortura y maltrato, suscitados entre 2005 y 2013, la CNDH emitió 223 recomendaciones sobre las cuales no existe una sola sentencia penal.

 

La tortura y la violencia son un problema generalizado en México. Según datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2016 (ENVIPE), entre las instituciones menos confiables en materia de seguridad se encuentra la Policía Municipal, con un 48.7 por ciento de reprobación. El Ministerio Público, con 47.6 por ciento. La Policía Ministerial, con el 47.5 por ciento, y la Policía Estatal, con su respectivo 42.8 por ciento.

 

El ambiente de crisis en derechos humanos, así como la desconfianza, se deben a muchos factores. La corrupción es una de las principales. A pesar de que la encuesta Nacional sobre Calidad e Impacto Gubernamental 2015 marca que 48.9 por ciento de la población nacional percibe este cáncer como algo recurrente en su entidad.

 

Cuando fui agredido con mi amigo Pablo, hace dos semanas por seis policías, uno de ellos, con una chamarra con el cierre hasta arriba para ocultar su nombre y número de placa, y los otros, refuerzos de varios sectores, pocas personas me alentaron a obtener datos y denunciar.

 

De 14 elementos que estaban esa noche en aquellas escaleras hasta el día de hoy, he conseguido el nombre de tres oficiales. Los golpes vinieron después de las respuestas típicas de un par de bocones. Esos que saben de quiénes tienen que cuidarse.

 

Con todo y las irregularidades y consecuencias de abrir la boca de más, algunas y algunos recurren al protocolo. Se identifican y ofrecen su ayuda, dicen alguno que otro dato relevante y sentencian que la corrupción y la violencia policial son un “cáncer que todas y todos tenemos que eliminar”.

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