“Un cliente me llevó a un rastro”. La prostitución en la Tabacalera

Por Julio César Romano Gutiérrez

De cuidar enfermos pasó a cuidarse a ella misma, de cuidar enfermedades pasó protegerse de ellas. Una manera poco común de decir que una enfermera se tuvo que convertir en sexoservidora.

Después de que su madre tuviera una enfermedad y sus ingresos no le rindieran, Sonia se acercó a su vecina para pedirle un dinero prestado, pero ésta le dijo que le tenía una mejor opción, trabajar dentro de la prostitución.

En el primer día logró conseguir más que en su trabajo como vendedora de peluches, lo cual le llamó la atención. En pocas horas consiguió el dinero para pagar medicinas y estancia en el hospital donde se encontraba su mamá.

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Han pasado aproximadamente seis años desde la primera vez que Sonia decidió tomar este empleo y las historias son demasiadas. Clientes alterados que la obligan a hacer cosas que ella jamás pensó, o días en los que extraña aquella primera vez que trabajó porque no le cae ni un cliente para lleva dinero a la casa.

Una de las cosas que más le asustan es no salir por la puerta de la habitación a la que entra de costumbre, ya que, cuenta, muchas de sus compañeras jamás volvieron a ver la luz, a manos de clientes que solamente ellos saben lo que pasó en resguardo con las cuatro paredes del cuarto.

Uno de los servicios más aterradores que tuvo que hacer fue con una amiga del negocio, cuando un cliente les pidió ir a otro lugar, y al llegar se percató que este era un rastro de animales.

El olor era escalofriante, dice, eso sin dejar atrás que en cuanto prendieron la luz los cuchillos formaban un panorama aterrador en conjunto con las cabezas de puerco que colgaban de todas partes.

No saber si se puede regresar a casa o no parece algo que no todos consideramos cuando salimos de la misma, pero para ella es lo primero que se le viene a la cabeza cuando cruza la puerta de su casa, mismo hogar en donde no se sabe a lo que ella se dedica, por no saber cómo se le puede tomar en cuenta.

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Dicen que la esperanza es lo último que muere. Ahora Sonia piensa en poner un negocio para salir de trabajar de esto, porque la angustia es más fuerte que su dedicación a este oficio. Tener que pasar cinco días con la familia y cinco no es algo que ya no soporta, y rendirle cuentas a alguien ya no es cosa que le parezca digna.

Ha tenido que ir de un lugar a otro en busca de mejores ganancias, pero solamente es el cambio de calle, no el cambio de vida que ella en realidad espera.

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Atiende de cuatro a cinco clientes diarios, y justifica que hace su trabajo porque los salarios en el país no son los correctos, que con lo que gana en algunos lados una quincena, ella puede llegar a ganarlo en pocos días de trabajo. Cuando otros apenas van, ella ya viene, y no por el refrán, sino porque hay ocasiones que va de un servicio a otro.

Lo único que sí pide el día de hoy es respeto, porque aquellas o aquellos que se dedican al sexoservicio también son parte de la sociedad en la que vivimos, no son apartados, o alguien que no pueda ser tratado de la misma manera.

No cabe duda que el oficio más antiguo del mundo sigue estando en el mismo plano moral que cuando empezó. Aquellos que más lo juzgan son aquellos que más lo ocupan, sin saber el daño que posiblemente se les esté haciendo a estas personas.

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