Bebés Tamal

 

Por Astrid Perellón

 

En mi profesión es común recibir papás con peticiones sinceras como: <<Deseo que mi hijo tenga mejor coordinación, ritmo, mayor autoestima, que sea menos inquieto o más sociable>>. Usualmente tales pedidos provienen de papás que cargan en brazos niños envueltos: traen mameluco, calcetines, zapatos tejidos, chambritas, gorrita, chupón, guantes y vienen con frazadas cubriéndolos del clima (sea cual sea éste). En suma, vienen entamalados.

 

Alguien convenció a esas familias que el frío es clima favorito de bacterias y virus causantes de ciertas enfermedades respiratorias. Tienen la convicción de que todas las variedades de seres microscópicos entran por la cabeza, por los pies; que si un aire agarra al niño vendrá con un virus. Discutir sobre ello será motivo de otra fábula.

 

De mientras, noto que estos inocentes con camisa de fuerza son los que papá y mamá desearían más capaces. <<Deseo que mi hijo use su cuerpo libremente y con autoconocimiento>>, es lo que realmente están solicitando.

 

Desde luego, les propongo lo obvio: remuevan las ataduras pero dicen <<Se va enfermar>>, <<Se mueve mucho, se va a lastimar>>. Sólo hasta que observan de lo que su hijo es capaz cuando es dueño de su propio cuerpo, en mi salón, comienzan los padres a reconsiderar las limitaciones en forma de ropa.

 

¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra? Es muy sabido que el reconocimiento del cuerpo y la libertad de movimiento tienen un impacto tangible en el desarrollo de la personalidad y emociones. El cerebro realiza conexiones en la medida que el cuerpo (los sentidos) le reporta estímulos.

 

Un niño envuelto como tamal tendrá reducidas experiencias producto de su voluntad (en su lugar, lo tratan de entretener para compensar que no le permiten explorar), forzando una percepción del mundo que condiciona el cerebro.

 

Un niño encuerado que corre por su casa, enlodándose, empolvándose, subiendo, bajando, durmiendo en el suelo de loseta, no es necesariamente el enfermizo. Por el contrario, los bebés envueltos no logran regular su propia temperatura atinadamente pues siempre están cobijados. No soportan ni una brisa, sus defensas no practican elevarse. Sudan constantemente y cuando lloran en reclamo, son acallados con comida o chupón o distracción. <<¡Estoy incómodo!>>, quisieran decir, si pudieran.

 

Me recuerdan a esa fábula del aquí y del ahora donde el recién nacido fue envuelto de pies a cabeza en una suave tela blanca que lo preservaba del aire y hasta de las miradas (no le fueran a echar mal de ojo). No le retiraron nunca la prenda inmaculada pues, su familia bastante práctica y previsora, sabía que bien podría servirle de sudario cuando muriera.

 

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