Hacer barquitos, naufragar hormigas

Por Karla Roselia Barragán Garduño

Foto: Eréndira Negrete

Entre sus paredes  mitad azulejo verde jade, mitad tapiz, hoy color madera, pudo verse alguna vez una mujer lavando los trastes con una niña abrazándole las piernas:

-¡Abuela! ¡Ya llegué a  tus rodillas!- decía la pequeña mientras la mujer sonreía guardando el equilibrio y celebrando el entusiasmo de su nieta, cuya frente apenas superaba sus pantorrillas.

Tantos trastes se han lavado en esa pequeña tarja ubicada junto a la puerta, como conversaciones  que tuvieron no sólo ellas, sino todos los integrantes de la familia.  A la izquierda de la tarja, el escurridor y luego la estufa, negra, cuadrada;  artilugio con el que se crearon, sin exagerar, más de  mil maravillas en los casi 40 años que tiene de existir. Desde los primeros hot-cakes que hace un niño para su madre, hasta el ancestral bacalao, receta de los bisabuelos.

Frente a la tarja, la alacena, toda de madera oscura.  Arriba de la alacena  el microondas, electrodoméstico que resistió ser activado con un plato de cereal con todo y cuchara metálica dentro.  Después de un flashazo se apagó por completo, lo desconectaron, lo volvieron a conectar y  tres primos asustados descubrieron con alivio y sorpresa que seguía funcionando.

Arriba más alacena y al lado el refri: un rectángulo blanco Across que lleva casi 15 años en su puesto de batalla, fábrica de paletas heladas, caja de luz con sorpresas agradables, como aquella vez que la mujer embarazada encontró pastel de chocolate o de inmensa desilusión, como cuando el muchacho deprimido abrió un bote de helado y encontró dentro frijoles congelados.

Luego de la estufa, la cafetera. Junto a la cafetera, una pared y una puerta de metal que separan la cocina del patio: un rectángulo de 1.50 por 2.60 metros cuadrados  con techo de acrílico transparente y piso de cemento pintado de café oscuro, espacio donde vive un boiler cilíndrico con más de 30 años de antigüedad, el lavadero de piedra, la pileta en la que dos hermanas jugaron a hacer barquitos y a naufragar hormigas, la lavadora y muchas plantas.

Hoy, arriba de la lavadora, están dos platos con croquetas para gato. Frente a ella dos trastes para perro. Antes hubo canarios y hace mucho tiempo palomas, mismas que serían cocinadas en la vieja estufa, acompañadas con arroz, ese platillo rompería el corazón de su dueña,  una niña de entonces 12 años, que lo comió sin saber que saboreaba  a sus mascotas. Pero ese es otro tema.

Regresemos a la cocina,  2.20 por 2.10 metros cuadrados, un piso de loseta vinílica,  y las paredes mitad azulejo verde jade, mitad tapiz, hoy color madera, antes floreado.

Esos muros guardan la vida de los habitantes de la casa, pues han sido testigos de un primer beso, las galletas quemadas, todas las recetas de la abuela, niños rompiendo frascos de mermelada, hermanas jugando en la pileta, el desayuno de esta mañana en el que alguna mujer  antes una niña que abrazaba las piernas de su abuela se sirve café pensando en todas las cosas que han transcurrido entre aquellas paredes, mitad azulejo verde jade, mitad papel tapiz, hoy color madera.

Related posts