Aborté: “Me veían como cochambre por decidir sobre mi cuerpo”

Por Murielle Sánchez

El profesor de derecho explicaba la diferencia entre legalidad y moralidad a un salón lleno de jóvenes universitarios: “El aborto, por ejemplo, es legal en la Ciudad de México, pero es inmoral. No me sorprende que algunas mujeres vayan como ovejas a abortar pero otras no. Otras saben que está mal”.

Los estudiantes intercambiaron miradas cargadas de burla e indignación por lo dicho y cuando el profesor les preguntó si pensaban que el aborto estaba bien, respondieron al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo: “¡Sí!”

Según datos del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), se realizaron 152 mil 579 Interrupciones Legales del Embarazo (ILE) desde su legalización en mayo de 2007.

De las jóvenes de secundaria, que representan el  32.9 por ciento de los abortos, a las mujeres casadas, 14.2 por ciento de éstos. De las amas de casa, 35 por ciento de las ILE, a la católica, 62.1 porciento. Las que no tiene religión, 33.2 por ciento, o la cristiana, 2.5 porciento.

Las mujeres abortan. Lo hacen desde mucho antes de que se tuvieran estadísticas. Irma abortó en ese “antes”, en 1998.

La “legra”, objeto cónico utilizado para raspar, se introduce en el útero tras haber dilatado el cuello de éste. Se vacía el contenido del órgano, en el caso de un aborto quirúrgico se trata del embrión hasta las ocho semanas de embarazo o del feto después de este periodo.

Éste fue el procedimiento tradicional –ahora remplazado por unos menos riesgosos– que un ginecólogo le realizó a Irma en su consultorio después de que ella decidiera que dos hijos eran suficientes.

“Mi ginecólogo quería que tuviera otro hijo. Pensaba que éramos muy bonita familia.”, dice Irma con ironía. Cuando tuvo a su segunda hija, en 1994, la primera del segundo matrimonio, le pidió al doctor que le insertara un Dispositivo Intra Uterino (DIU) de cobre. El médico le aseguró que no había manera de que se embarazara a pesar de lo fértil que era.

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En 1998 empezó a sentir molestias conocidas, por lo que acudió con el doctor y le dijo que temía estar embarazada. Según él no era posible y se lo hizo saber con un tono condescendiente. Pero al revisarla descubrió que Irma tenía menos de un mes de embarazo. Retiró el DIU, ya que los riesgos de un embarazo sin removerlo son altos, y no dijo más.

“Quizás pensó que no había razón por la que no quisiera tenerlo, pero le dije que él tenía que ayudarme a solucionar el problema, que me había asegurado que no me embarazaría. Se indignó y me dijo que no, que él no me iba a ayudar para nada. Nunca regresé a verlo”.

Irma muestra la fotografía de una mujer delgada, demasiado delgada, con suéter rosa y falda larga de flores. Apenas sonríe. Tiene los brazos pegados al cuerpo. “Adelgacé mucho, estaba muy preocupada. No tenía a quien preguntarle y en el círculo de mujeres falsamente felices en el que me movía me habrían visto como una mugre, como cochambre”.

Un amigo de Irma notó su pérdida de peso y le aconsejó un nuevo ginecólogo. Él le realizaría un aborto pero primero debían esperar dos meses para que fuera posible la cirugía.

“Tenía mucho miedo. Era ilegal. Pensaba que lo iban a agarrar y que le iban a cerrar el consultorio, que no iba a poder abortar y ¿Cómo le iba a hacer?”

El doctor le dijo que no se imaginaba cuantas parejas abortaban. Le contó la historia de una niña de 11 años violada por su vecino que además era de su familia. Le contó cómo tuvieron que internarla en el hospital por su baja edad y cómo nadie lo denunciaba, ni a él ni a las enfermeras.

Era un secreto a voces. “El doctor tal hace abortos y no le cobra a las personas de bajos recursos”.

Los dos meses pasaron e Irma abortó en el consultorio del ginecólogo. “Me dolió pero hace casi veinte años no había muchas opciones”. Irma pagó con un cheque. 13 mil pesos.

Irma se lo dijo a su mamá y a su esposo. Ambos estuvieron de acuerdo y ella fue sola al consultorio. No se lo dijo a sus amigos. No se lo dijo a sus hijas hasta muchos años después.

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Asegura, a pesar de todo, que tuvo suerte, que encontró un excelente médico y que tenía el dinero para pagarlo. Otras tienen un destino diferente. Un destino ilustrado como pocas veces se ha hecho en la película Ninfómana.

Una escena de esta cinta de Lars Von Trier muestra a la protagonista, Joe, realizándose un aborto casero tras un desafortunado encuentro con la psicóloga encargada de definir si es apta para tomar esa decisión o no.

En la larga escena, censurada en México, Joe, antigua estudiante de medicina, introduce agujas de cocer cada vez más anchas en su útero para poder agrandar el cuello de éste y así poder introducirse un gancho y sacar al feto. Todo lo hace sin anestesia. Sin ayuda.

Le sigue una polémica discusión con Seligman, el hombre que la acoge en su casa y al que le cuenta su vida, sobre si la sociedad debería saber o no cómo se realiza un aborto desde el punto de vista anatómico y frío. Seligman opina que si la gente lo supiera, sería un enorme retroceso en los derechos de las mujeres porque muchos pasarían de estar a favor del aborto a estar en contra.

Joe, por otro lado, opina que eso es infantilizar a la sociedad y que sólo se está verdaderamente a favor de la interrupción del embarazo cuando se sabe exactamente cómo se hace. Es decir, cuando se viola el tabú.

El tabú sigue presente en México. Incontables grupos, como Pro-Vida, y como un cierto partido blanquiazul, militan para regresar a esa época en donde mujeres como Irma abortaban en secreto, en el mejor de los casos, mientras otras morían, repudiadas y olvidadas por un sistema de salud que no ofrece adecuada educación sexual, por un país en donde los anticonceptivos son incosteables para gran parte de la sociedad.

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La realidad es que muchas mujeres todavía abortan en secreto. Todavía mueren. Todavía son juzgadas y aprisionadas por atreverse a decir que no. Un hijo no siempre es una bendición.

Que no porque se tenga dinero, la edad adecuada y una pareja estable se quiere tener un hijo.

Si las mujeres que abortan son ovejas, como dijo un profesor de derecho en una institución laica, entonces las ovejas son legión.

Por lo pronto, Irma concluyó, con un aire despreocupado: “Puedes poner mi nombre, no me da vergüenza lo que hice”.

 

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