¿A más twitter, menos lectura y escritura?

Por Víctor Manuel Del Real Muñoz

La época moderna se caracteriza por ostentar una dinámica de vida a gran velocidad, con un afluente emocional bastante álgido lleno de angustia y de estrés, y con una sobreinformación que satura mucho la mente humana presente en los medios de comunicación, en las plataformas digitales, en la televisión y la radio, y en las redes sociales.

Si comparamos, en términos generales, el estilo de vida y la dinámica cotidiana del ser humano promedio de los años 90 a la fecha, en un margen de 30 años promedio, podremos constatar que la vida se aceleró aún más de lo que ya era, y pareciera que la característica moderna es el caos y el descontrol.

Esa dinámica de agobio permanente es posible corroborarla en los transportes públicos, en las grandes vialidades, y en todo ese ruido de fondo de múltiples formas en que se conlleva la vida promedio en este año 2024 y en tiempos recientes.

Dentro de ese bucle de vida la presencia de las plataformas y de las redes sociales a través del internet han hecho un factor condicionante y obligado en el estándar de vida de la sociedad, tanto para la vida de ocio como para el desarrollo intelectual e incluso los procedimientos académicos.

Hoy, la vida no se explica sin un teléfono celular y toda la gama de opciones, hoy conocidos como servicios o irónicamente como oportunidades, que a través del teléfono se dan en las redes sociales, en las plataformas, en el WhatsApp, en los servicios digitales, en las bancas móviles, y en toda la dinámica de vida que hoy el teléfono condiciona.

En este espacio hemos sugerido que hoy funcionalmente el teléfono acapara un montón de actividades y de inercias que hasta hace algunos años la interacción de la vida real y la naturaleza funcional de muchos aspectos tenía, y es de llamar la atención, risas aparte, que este trabajo de opinión se está haciendo en el editor de textos de mi teléfono celular propio.

En ese sentido, la vieja costumbre de desarrollar tratados, dinámicas enciclopédicas, discernimientos y debates, artículos, reflexiones escritas y orales, y espacios de desenvolvimiento intelectual de indistinta envergadura funcional, se va quedando de lado o bien en desuso como múltiples cosas que a este año 2024 ya son dinámicas antiguas.

Hoy, mucha de la reflexión política y del sentimiento de acomodar opiniones en términos políticos o culturales e ideológicos, la gente los hace a través de las redes sociales, y además se considera desde una percepción colectiva, que la vida reflexiva a través de las redes sociales con su estándar de mensajes escritos cortos es más importante que el cara a cara o el tú a tú, propios de una inercia política o reflexiva.

Es de llamar la atención que las sociedades contemporáneas ya tienen poca disposición para la lectura y la escritura de largo aliento, y sus funciones reflexivas, de indistinta envergadura en términos de calidad, de jerarquía y de nivel, ya se desarrollan en espacios cortos y con simbolismos gradualmente progresivos en detrimento de la lectura, la escritura, y el uso del lenguaje común.

Hoy, impacta y vende más usar caritas u otras cosas visuales en el orden virtual, que letras en sí.

Es también de llamar la atención que esta inercia moderna es impulsada desde los estándares culturales y educativos de las grandes instituciones internacionales, irónicamente vinculadas a las estructuras financieras y tecnológicas internacionales, que ostentan alto peso en las decisiones de política global, sobre todo para el occidente mundial.

Pareciera que a nivel colectivo se desarrolla un detrimento civilizatorio profundo, que sin ánimo de paranoia colectiva, al menos en la ejecución reflexiva es muy evidente.

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