Chamacos y llorones y quejumbrosos

Por Astrid Perellón

 

En el ámbito docente se escuchan comentarios sobre <<como los niños ahora son más mimados, los papás quieren que se les trate con guantes, son más chillones y quejumbrosos (los niños también)>>. Piensa uno precipitadamente que les falta un buen manazo como en otros tiempos cuando, en realidad, lo que carecen es de resistencia a la frustración.

 

Entre muchas medidas que se pueden implementar al respecto, el método C r3nd!p nos inspira a usar una frase cuando un niño viene a quejarse o chillar (si no está sangrando ni nada por el estilo, por supuesto) o incluso cuando se acerca a recibir reconocimiento por algo que hizo: <<¿Para qué me compartes eso?>>.

 

Esto tiene que sonar NO como un desplante, un rechazo, una ofensa ni una desaprobación. Simplemente es un mecanismo ecuánime para desactivar el impulso de recibir aprobación o resolución. Transmite con la simple actitud que el niño puede aprender a lidiar con su desconcierto, su frustración y hasta cierto orgullo herido.

Ante un niño que viene a quejarse por un accidente menor, alguien que lo molesta, se puede decir <<¿Te duele todavía?>>, el niño responde sí, se le invita a sentarse para descansar hasta que le deje de doler. El niño responde que no, se le incluye en la siguiente actividad restando importancia a su acusación. Si repite sus acusaciones o los otros lo siguen incomodando, se le invita amistosamente, sin preocupación, ni sugerencias, sino como delegándole el poder sobre su propia vida: <<Resuélvelo>>. El desconcierto del niño será pasajero, a final de cuentas, se responsabilizará de sí mismo y le estaremos enseñando que las soluciones no vienen del enojo, de la venganza, del dolor. Cualquier solución o charla que queramos tener con el que lastimó y el lastimado debe ser hasta estar tranquilos y con la mente clara.

 

Los adultos podemos también desactivar en nosotros mismos el remordimiento por el desconcierto que causaremos en el niño. Se puede desactivar imaginando que NO se está tratando con un perro al que se premia y se castiga. Imagina la fábula del aquí y el ahora donde el niño que es entrenado como perrito, crece hasta ser anciano amargado porque no hay quien le aplauda la superación de una recuperación post-quirúrgica. Como nadie se lo reconoce, prefiere abandonarse.

 

 

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