Por Varinia de la Cruz
Él es Jesús Alberto Erazo Castro, joven sociólogo centroamericano, digno representante en el terreno de las ideas, de Honduras su país natal, gran conocedor de la problemática social que enfrentamos los latinoamericanos, sus textos son leídos y traducidos a varios idiomas, por su profundidad y certeza.
Hoy que el papel de la prensa, de los informadores, y redes sociales, las gentes estamos invadidos por sicarios del periodismo que desinforman, y desunen , también hay hombres buenos, que indagan y denuncian con verdad, sin doble propósito, con intención de formar conciencias, unir cordilleras, mares y desiertos, hacia la unión de los pueblos de américa.
En esta ocasión el tema es; Centroamérica nuestra problemática social y la cercana influencia destructora del imperio.
Este contenido es para todo aquel interesado en lo que realmente pasa en nuestro continente, en nuestro mundo; sin duda después de analizarlo juntos seremos hombres y mujeres más cultos y enterados para saber actuar ante las vicisitudes que nos plantea la vida, Centroamérica es socio comercial de México y hermanos en tradiciones, compartimos eternamente las mismas identidades culturales mestizas y afrodescendientes que se consolidaron posteriormente a la conquista española. Los pueblos latinos y las mayorías trabajadoras del mundo tenemos en común el mismo enemigo y la misma solución.
Leamos pues a Erazo Castro.
Para empezar; hablemos de la belleza y contraste de los pueblos centroamericanos.
Centroamérica es una de las regiones más hermosas del continente y, al mismo tiempo, una de las que más cruelmente contradice su propia belleza. Tenemos montañas, volcanes, selvas, dos océanos, costas caribeñas y del Pacífico, una biodiversidad extraordinaria y una mezcla cultural construida durante siglos. Tenemos pueblos indígenas con tradiciones antiquísimas, una herencia hispánica muy fuerte, una presencia africana fundamental y culturas populares que han conseguido sobrevivir a pesar de todo. Caminar por Centroamérica es encontrarse con una cantidad enorme de historias, acentos, comidas, músicas, formas de entender la vida y maneras de relacionarse con la tierra. Hay una riqueza cultural que muchas veces ni siquiera nosotros mismos sabemos valorar.
Y ahí aparece el contraste. Puedes estar frente a una montaña impresionante, frente a un mar extraordinario o en medio de una comunidad con una tradición cultural bellísima y, a pocos kilómetros, encontrarte con pobreza, abandono, violencia, corrupción y personas que apenas tienen lo necesario para vivir. Es una región donde la naturaleza parece haber hecho un trabajo magnífico y los seres humanos nos hemos dedicado durante décadas a demostrar que somos perfectamente capaces de arruinar lo que recibimos. Tenemos tierras fértiles, agua, bosques, minerales, costas y una posición geográfica extraordinaria, pero todavía existen comunidades donde conseguir una vida digna parece una hazaña.
Eso es precisamente lo que más me conmueve de Centroamérica. La belleza no es una fantasía turística; es algo real que convive diariamente con una realidad social bastante dura. El extranjero puede venir, fotografiar un volcán, bañarse en una playa, probar nuestra comida y marcharse diciendo que Centroamérica es un paraíso. El problema es que quienes vivimos aquí conocemos la otra mitad de la historia. Sabemos que detrás del paisaje hay familias que sobreviven con muy poco, jóvenes que no encuentran oportunidades, comunidades olvidadas y pueblos enteros acostumbrados a recibir promesas que casi nunca llegan.
A pesar de todo, también hay algo profundamente admirable: la capacidad de los centroamericanos para seguir viviendo, creando y conservando su identidad en medio de tantas dificultades. La cultura no desapareció. La música continúa, las tradiciones continúan, las familias continúan, la gente sigue trabajando, creando y formando nuevas generaciones. Hay una resistencia cotidiana que rara vez aparece en los discursos oficiales. Quizá esa sea una de las mayores riquezas de la región: no hemos dejado de producir belleza aun cuando nuestras condiciones muchas veces parecen empeñadas en producir exactamente lo contrario.
Por eso yo no puedo mirar Centroamérica únicamente como un territorio pobre. Eso sería aceptar la definición que otros han construido sobre nosotros. Centroamérica es una región con una historia profunda, una identidad compleja, recursos enormes y pueblos que todavía conservan una capacidad extraordinaria para crear. El problema es que esa riqueza convive con países que no han sabido convertirse en dueños de su propio destino. Y ahí está la contradicción que más me duele: vivimos en una de las regiones más bellas de la Tierra y, sin embargo, demasiadas veces hemos sido educados para comportarnos como si fuéramos pobres hasta de imaginación.

¿Cuál es hoy el verdadero eje de poder de Centroamérica?
Aquí yo sería bastante claro: hoy el eje principal de poder en Centroamérica sigue siendo Estados Unidos, aunque ya no tenga el monopolio que tuvo durante buena parte del siglo XX. China ha entrado con fuerza, México posee una influencia considerable y los propios gobiernos centroamericanos conservan margen de decisión, pero Washington continúa siendo el actor con mayor capacidad para condicionar la seguridad, migración, comercio y política exterior. En 2026, la mayoría de los países del SICA participan en el llamado Escudo de las Américas, promovido por Estados Unidos, mientras Honduras mantiene desde 1980 presencia militar estadounidense permanente en Palmerola.
Ahora bien, decir que Estados Unidos es el principal eje no significa que Centroamérica sea un bloque completamente obediente. Hay una disputa cada vez más visible. China ha ampliado sus vínculos con la región y actualmente mantiene relaciones diplomáticas con Costa Rica, Panamá, El Salvador, Nicaragua y Honduras; en el caso hondureño, las relaciones iniciadas en 2023 han avanzado en comercio y cooperación. Nicaragua, además, ha reafirmado su relación con Beijing y quedó fuera del nuevo esquema de seguridad impulsado por Washington precisamente por sus vínculos con China y Rusia.
México ocupa un lugar distinto. No tiene la capacidad militar de Estados Unidos ni la proyección económica mundial de China, pero posee algo que los otros actores no pueden fabricar fácilmente: cercanía geográfica, vínculos culturales y una relación histórica directa con Centroamérica. México ha buscado ampliar sus relaciones comerciales, energéticas y políticas con el istmo, mientras simultáneamente debe mantener una relación extremadamente intensa con Washington. Por eso yo no colocaría a México como el centro del poder centroamericano, pero sí como un posible gran articulador regional.
El problema mayor, para mí, está en los propios gobiernos centroamericanos. Cada uno juega su partida, busca sobrevivir políticamente y negocia por separado con las potencias. Mientras tanto, el SICA ha perdido peso político y atraviesa una etapa de debilitamiento. Y ahí está la tragedia: tenemos una región pequeña, situada entre grandes potencias y con una importancia geográfica enorme, pero nos comportamos como ocho países que llegan por separado a negociar con gigantes. Cuando cada gobierno negocia solo, el margen de maniobra se reduce muchísimo.
Por eso, para mí, la respuesta es una combinación, pero con una jerarquía bastante clara. Washington continúa siendo el principal centro de poder; las élites locales y los gobiernos funcionan muchas veces como intermediarios; México representa una posibilidad de articulación regional, y China, Rusia y otras potencias asiáticas están abriendo una segunda vía que antes prácticamente no existía. El problema es que Centroamérica todavía no ha conseguido convertirse en un actor por sí misma.
Y aquí aparece la cuestión verdaderamente importante: Centroamérica puede seguir siendo el patio trasero de otros o puede comenzar a jugar su propia partida. Tenemos una posición geográfica extraordinaria, acceso a dos océanos, recursos, población joven y una ubicación que conecta Norteamérica con Sudamérica. Lo absurdo es que otros comprendan mejor el valor de nuestro territorio que nosotros mismos. Estados Unidos sabe perfectamente lo que significa Centroamérica; China también lo está comprendiendo. El gran misterio parece ser cuándo lo comprenderán los propios centroamericanos.
¿Hasta qué punto Centroamérica conserva capacidad real para tomar decisiones soberanas frente a Estados Unidos?
En términos generales, Centroamérica tiene un margen muy reducido. Honduras, Guatemala, Costa Rica y Panamá están profundamente alineados con Estados Unidos, tanto en materia económica como política y de seguridad. En algunos casos, esa relación llega a un nivel de subordinación bastante evidente. Son países que difícilmente pueden tomar determinadas decisiones internacionales sin calcular primero cómo reaccionará Washington. Por eso yo no hablaría de una soberanía completamente anulada, pero sí de una soberanía con un margen bastante estrecho.
Los casos que realmente llaman la atención son El Salvador y Nicaragua, porque allí aparecen dos formas diferentes de maniobrar frente a Estados Unidos. Nicaragua es el caso más evidente de una búsqueda abierta de autonomía. Su relación con Rusia, China y otros países le ha permitido construir vínculos externos mucho más amplios y reducir el peso que Washington puede ejercer sobre sus decisiones. No significa que Nicaragua tenga libertad absoluta para hacer lo que quiera, porque ningún país pequeño puede vivir en un vacío geopolítico, pero sí ha conseguido algo que los demás han hecho con mucha más dificultad: ampliar sus opciones.
El Salvador es todavía más interesante porque la cúpula que gobierna ha demostrado una enorme habilidad para jugar sus cartas. Bukele ha entendido que no necesita romper frontalmente con Estados Unidos para defender determinados intereses propios. Puede acercarse a Washington cuando le conviene, negociar, mantener ciertos vínculos y, al mismo tiempo, conservar relaciones con otros actores y construir un margen propio de maniobra. A mí me parece políticamente astuto. No estamos hablando de una ruptura abierta con la potencia estadounidense, como en el caso nicaragüense; estamos hablando de saber moverse dentro de un espacio reducido sin entregar todas las cartas desde el principio.
Esa diferencia me parece fundamental. Nicaragua juega a ampliar su autonomía mediante alianzas externas; El Salvador juega a administrar con habilidad su posición dentro de un sistema en el que Estados Unidos continúa teniendo muchísimo peso. Los dos casos demuestran que incluso un país pequeño puede conservar cierto margen cuando sus dirigentes entienden que la política internacional consiste en negociar, aprovechar oportunidades y no colocar todos los huevos en una sola canasta.
El problema es que Honduras, Guatemala, Costa Rica y Panamá han mostrado mucha menos disposición para hacer algo parecido. En ellos existe una relación tan estrecha con Estados Unidos que muchas veces ni siquiera parece necesario ejercer presión: basta con que todos sepan cuál es la posición esperada. Y cuando un país llega al punto de anticipar lo que quiere una potencia antes de preguntarse qué quiere él mismo, la soberanía empieza a convertirse en una palabra ceremonial.
Por eso considero que Centroamérica todavía puede recuperar su capacidad de decisión, pero primero tendría que aprender de los pocos casos que han sabido conservarla. Nicaragua demuestra que las alianzas internacionales pueden ampliar el margen de maniobra. El Salvador demuestra que incluso dentro de una relación muy estrecha con Washington se puede negociar con astucia. Honduras y el resto de la región deberían aprender algo bastante elemental: tener un vecino poderoso no obliga a entregarle las llaves de la casa.
¿Estamos viendo una nueva versión de la política global de Washington en Centroamérica, qué importancia tiene hoy el istmo para Estados Unidos más allá de la lucha contra el narcotráfico?
Sí, creo que estamos viendo una nueva versión de la vieja política hemisférica de Washington. Y lo interesante es que ya no aparece únicamente bajo el lenguaje clásico de las intervenciones militares o de la lucha contra el comunismo. Ahora aparece vinculada a seguridad, migración, narcotráfico, control de fronteras, comercio, infraestructura y, cada vez con mayor claridad, a la disputa con China y Rusia. El propio gobierno de Donald Trump ha hablado abiertamente de reactivar el llamado «Trump Corollary» a la política de Monroe y de recuperar la primacía estadounidense en el hemisferio.
Por eso me parece ingenuo pensar que Centroamérica le interesa a Washington únicamente porque por aquí pasan drogas. El narcotráfico es una parte del problema, pero el valor del istmo es mucho mayor. Aquí tenemos dos océanos, rutas marítimas fundamentales, proximidad inmediata con México y acceso al Caribe. Y luego está Panamá. El propio Comando Sur de Estados Unidos señala que garantizar el acceso al Canal de Panamá es una prioridad para Washington y presenta la presencia china en puertos e infraestructura crítica como un asunto de seguridad estadounidense.
Eso explica también el interés creciente por la migración. Para Estados Unidos, Centroamérica no es simplemente una región vecina: es una de las principales zonas desde las cuales se puede producir presión migratoria hacia su territorio. Por eso Washington busca la cooperación policial, control fronterizo, operaciones marítimas y acuerdos de seguridad con los gobiernos de la región. En septiembre de 2026, por ejemplo, la administración estadounidense continúa ampliando su coalición regional contra organizaciones criminales y vinculando seguridad, migración y control del tráfico ilícito dentro de una misma política hemisférica.
Pero hay algo todavía más importante: Centroamérica es una puerta entre mundos. China lo sabe, Estados Unidos lo sabe y Rusia también observa el Caribe y Centroamérica como espacios donde puede ampliar su presencia. Por eso Washington ya no mira únicamente qué ocurre dentro de cada país; también observa quién construye puertos, quién participa en infraestructura, quién tiene acceso a rutas marítimas, quién vende tecnología, quién desarrolla vínculos militares y quién consigue una posición económica desde la cual pueda proyectar su influencia. El problema para Estados Unidos no es solamente que otro país comercie con Centroamérica; es que ese país pueda adquirir una presencia suficientemente profunda como para modificar el equilibrio regional. El propio Comando Sur reconoce que las inversiones chinas en puertos e infraestructura son vistas desde Washington como una posible puerta de entrada para aumentar la influencia de Beijing.
Por eso considero que estamos entrando en una etapa mucho más intensa. Washington quiere conservar el control de su espacio cercano, limitar la penetración de China y Rusia, contener la migración, combatir las redes criminales y asegurar las rutas marítimas fundamentales. Y Centroamérica, por su posición geográfica, queda justo en medio de todo eso. Lo irónico es que las grandes potencias parecen comprender perfectamente el valor del istmo, mientras muchos de nuestros gobiernos continúan viéndolo como un conjunto de países pequeños que esperan inversiones, ayuda o aprobación extranjera.
Para mí, ahí está el verdadero problema. Centroamérica no es importante porque sea pobre; es importante porque ocupa un lugar que resulta demasiado valioso para que las grandes potencias permitan que otro actor lo controle. Mientras Estados Unidos intenta conservar su posición, China busca ampliarla y otros actores intentan encontrar espacios, los centroamericanos seguimos discutiendo quién gana las próximas elecciones. El mundo está jugando una partida mucho más grande y nosotros todavía seguimos mirando el marcador.
¿Hasta qué punto el proyecto político de Bernardo Arévalo puede transformar Guatemala frente a las viejas élites?
Yo creo que ahí está la verdadera dificultad de Bernardo Arévalo. Llegó a la Presidencia porque una parte importante de la sociedad guatemalteca estaba cansada de lo que había recibido durante décadas y decidió romper con la clase política tradicional. Su victoria en 2023 fue una expresión bastante clara del hartazgo popular. El problema es que ganar una elección no significa necesariamente conquistar el poder real. Arévalo llegó al Palacio Nacional, pero se encontró con un Congreso donde su fuerza política era reducida, con sectores judiciales que durante años habían servido como campo de batalla para disputas políticas y con grupos que tenían muchos más años moviéndose dentro del Estado que su propio partido. Durante sus primeros años, además, el Ministerio Público fue uno de los principales focos de presión contra su gobierno. En 2026 se produjo el relevo de la fiscalía general, lo que abrió una posibilidad distinta para el Ejecutivo, aunque los problemas están lejos de desaparecer.
Por eso yo no diría que el principal obstáculo sea solamente la corrupción. La corrupción es apenas una parte de algo más grande: una clase política y económica que ha aprendido durante décadas a convivir, negociar y proteger sus intereses. El Congreso, las cortes, los grupos empresariales y determinados sectores políticos tienen capacidad para frenar, retrasar o desviar iniciativas, aunque no ocupen directamente la Presidencia. Arévalo puede ganar las elecciones y descubrir, al día siguiente, que hay una cantidad enorme de puertas dentro del Estado que no tiene las llaves para abrir. En marzo de 2026, por ejemplo, el Congreso eligió nuevamente a Roberto Molina Barreto para la Corte de Constitucionalidad, una decisión que fue interpretada por analistas como una muestra de la limitada capacidad del Ejecutivo para influir en decisiones centrales del sistema de justicia.
La crisis de representación, entonces, es bastante profunda. El ciudadano vota esperando un cambio y después descubre que muchas de las personas que realmente pueden condicionar ese cambio nunca estuvieron en la papeleta. Esa es una de las grandes trampas de la política moderna: te permiten escoger al conductor, pero no necesariamente quién tiene las manos sobre el volante. Arévalo ha tenido que enfrentar intentos de limitar su margen político desde distintos espacios y, todavía en agosto de 2026, su gobierno denunciaba que la cantidad de interpelaciones promovidas desde el Congreso podía obstaculizar el trabajo del Ejecutivo.
Y aquí entra el papel de las élites económicas. Yo no creo en la caricatura de un puñado de empresarios reunidos secretamente para decidir cada movimiento de Guatemala. La realidad es más interesante y también más difícil de desmontar: quienes concentran riqueza, relaciones, influencia y acceso a los centros de decisión tienen una capacidad mucho mayor para defender sus intereses durante décadas. El problema para Arévalo es que se encontró con un país donde cambiar al presidente puede ser posible, mientras cambiar las relaciones que rodean al poder resulta muchísimo más difícil. Por eso su gobierno representa una ruptura electoral importante, pero todavía está lejos de representar una transformación completa. En Guatemala la cuestión verdaderamente incómoda no es quién ganó las elecciones. La pregunta es quién sigue mandando cuando el vencedor ya tomó posesión. Y ahí Arévalo todavía tiene una batalla enorme por delante.
¿ Vamos a El Salvador, Nayib Bukele representa una nueva forma de hacer política en América Latina y qué explica el respaldo popular ?
Yo creo que el primer error es intentar meter a Nayib Bukele dentro de la caja de la derecha o de la izquierda. Bukele ya no puede ser entendido desde esas categorías. Es, ante todo, un político pragmático. Viene de la izquierda, pero no gobierna como un hombre de izquierda tradicional; tampoco gobierna como la derecha latinoamericana clásica. De hecho, en muchos aspectos hace exactamente lo contrario de lo que hemos visto durante décadas en las derechas de la región. Tiene discursos donde incluso reivindica la importancia de lo público, impulsa obras públicas, coloca a la población común en el centro de determinadas políticas y no parece preocupado por pasar un examen de pureza ideológica ante nadie. Para mí encaja mucho mejor como una especie de tecnócrata populista, incluso dentro de un gobierno que se ha alejado bastante del liberalismo. Y eso es precisamente lo que las izquierdas más dogmáticas no consiguen comprender. Me repugnan algunos de los análisis que hacen sobre Bukele porque continúan encerrados en un pequeño universo de etiquetas, como si un político estuviera obligado a responder exactamente al manual de izquierda o de derecha que ellos aprendieron. Bukele rompió con eso.
Yo ya estuve en El Salvador y pude escuchar directamente cómo vivían los salvadoreños antes de este cambio. Hay cosas que desde fuera se pueden convertir en una discusión abstracta y hasta romántica, pero para una persona que vivía bajo el dominio de las pandillas el problema era bastante más sencillo: quería vivir. Quería caminar por su barrio, regresar a su casa, mandar a sus hijos a estudiar y no tener que vivir con miedo. Por eso me parece absurdo analizar el fenómeno salvadoreño sin escuchar a los propios salvadoreños. Ellos no me hablan de una gran adhesión doctrinal a la derecha; me hablan de que ahora pueden vivir con una tranquilidad que antes no tenían. La diferencia con Honduras puede comprobarse cruzando la frontera. Si alguien todavía tiene dudas sobre lo que significó aquello, pregunte a los salvadoreños cómo vivían antes y que escuche sus historias. Yo he escuchado algunas y son aterradoras. Por eso digo que Bukele hizo algo que muy pocos políticos latinoamericanos han conseguido: produjo una ruptura real en la vida cotidiana de su sociedad. La paz dejó de ser una promesa electoral y pasó a sentirse en la calle.
También me parece absurdo analizar su acercamiento a Estados Unidos como si eso lo convirtiera automáticamente en un político subordinado a Washington. La geografía pesa. El Salvador es el país más pequeño de américa está ese leviathan de Estados Unidos, existe una relación económica enorme y Washington posee una capacidad de presión que ningún gobierno salvadoreño puede ignorar. Bukele simplemente entiende cómo funciona el mundo y juega con las cartas que tiene. No escogió la vía de Ortega en Nicaragua ni buscó una confrontación frontal con Estados Unidos. Ha mantenido una relación pragmática porque le conviene y porque sabe perfectamente quién tiene más fuerza en el hemisferio. Eso no significa que haya que convertirlo en un discípulo de Washington. Significa que entendió algo bastante elemental: un gobernante de un país pequeño puede negociar con una potencia mucho mayor sin necesidad de convertirse en su empleado. Y ahí también está su habilidad.
A Bukele se le pueden criticar muchas cosas, por supuesto. Se puede discutir la concentración de poder, la duración de su proyecto político, las decisiones sobre las instituciones y los cuestionamientos relacionados con derechos humanos y democracia. Pero me interesa cuestionar también la costumbre de tratar esas palabras como si fueran respuestas automáticas a todos los problemas. A mí me interesa el resultado. Si ocupas la Presidencia, tienes que hacer algo con el poder que recibiste. No estás ahí para ganar un concurso de buenos modales ante observadores extranjeros. Estás ahí para resolver problemas. Y uno de los problemas fundamentales de El Salvador era la violencia. Bukele consiguió una transformación extraordinaria en materia de seguridad y por eso tiene el respaldo que tiene. Ahora el reto cambia: los propios salvadoreños me han señalado algo muy concreto, y es que hace falta más trabajo. La paz ya no es la misma urgencia de antes; ahora quieren oportunidades económicas, industria y empleo para poder construir una vida mejor.
Por eso también me parece importante lo que está ocurriendo con la educación. En agosto de 2026 Bukele anunció un programa de 50.000 becas para jóvenes salvadoreños, destinadas a estudios universitarios, formación técnica y cursos vocacionales. No diría que ya fueron entregadas, porque el programa tiene una ejecución prevista durante varios años, pero el anuncio muestra hacia dónde quiere llevar una parte del proyecto: después de resolver la violencia, formar a una generación que pueda incorporarse a una economía más productiva. Y ahí está, para mí, el siguiente examen de Bukele: que El Salvador no solo tenga seguridad, sino también industria, empleo y una población mucho más preparada. Si consigue avanzar en eso, estaremos hablando de una transformación mucho más profunda.
Por eso no me interesa demasiado discutir si Bukele es de derecha, de izquierda, liberal, conservador o cualquier otra etiqueta que quieran colocarle. Bukele es Bukele. Está intentando conservar su poder, igual que cualquier político que comprende que perderlo significa perder la capacidad de ejecutar su proyecto, pero al mismo tiempo está haciendo algo que debería ser la función básica de cualquier gobierno: intentar que su población viva mejor. Eso debería ser lo primero que evaluáramos. Luego podemos discutir todo lo demás. Para mí, Bukele es uno de los pocos políticos latinoamericanos que realmente produjo una ruptura profunda en su sociedad y consiguió algo que parecía casi imposible: devolverle tranquilidad a un pueblo que llevaba años viviendo bajo el miedo.
Y por eso considero que el caso salvadoreño merece estudiarse sin prejuicios. No para convertir a Bukele en un santo, tampoco para convertirlo en un demonio, y mucho menos para meterlo a la fuerza en la vieja pelea entre izquierda y derecha. La realidad es bastante más incómoda: un hombre que empezó en la izquierda terminó rompiendo con ella, no abrazó la derecha tradicional y decidió gobernar desde el pragmatismo. Mientras muchos siguen discutiendo qué etiqueta ponerle, los salvadoreños ya saben qué cambio experimentaron en sus calles.
¿Qué significa el regreso del Partido Nacional con Nasry Asfura para Honduras y qué revela sobre el verdadero poder que dirige al país?
De todos los presidentes que hemos mencionado, Nasry Asfura es, para mí, el menos creativo, el menos memorable y definitivamente uno de los que quedará en el basurero de la historia de Honduras. No tiene una propuesta capaz de marcar una época, no tiene una visión propia de país y tampoco trae una ruptura con nada. Es el regreso de lo mismo. Y quizá ahí está lo más revelador: en un momento en que el mundo está cambiando a una velocidad impresionante, Honduras decidió volver a sacar del cajón una figura que parece fabricada para repetir el mismo libreto.
Asfura es un monigote impuesto directamente por Estados Unidos. Donald Trump prácticamente lo señaló desde Washington y dejó claro a quién quería en la Presidencia hondureña. Eso fue de un colonialismo tan puro que casi ni se molestaron en ocultarlo. ¿Y después queremos hablar de democracia? Honduras puede tener elecciones, urnas, partidos, campañas y toda la escenografía republicana, pero si desde afuera te dicen quién debe ocupar la Presidencia y aquí simplemente se acata, entonces la pregunta es bastante sencilla: ¿qué clase de soberanía estamos celebrando? Lo que tenemos no es una Presidencia con verdadera autonomía; tenemos un capataz dirigiendo una hacienda.
Y eso demuestra algo todavía más grave: la democracia hondureña es infecunda. No produce grandes ideas, no produce grandes transformaciones y tampoco produce una verdadera ruptura con el pasado. Los partidos políticos pueden continuar viviendo del cuento todo lo que quieran, pero cambiar el nombre del presidente no cambia el poder real. Asfura llega para volver a colocar a Honduras en el eje de Estados Unidos, y eso ya lo hizo Juan Orlando Hernández. No hay nada novedoso. Vuelve la misma orientación, la misma cercanía con Washington, la misma carga sionista y evangélica y la misma disposición a seguir una agenda diseñada muy lejos de Tegucigalpa.
Y aquí Honduras entra en una situación casi ridícula: tenemos dos presidentes del mismo partido. Uno está en el Palacio Nacional y el otro anda suelto por Honduras después de haber recibido el indulto de Donald Trump. ¿Y quién creen que pesa más políticamente? Para mí, el verdadero poder sigue estando alrededor de Juan Orlando Hernández. Asfura es una pieza secundaria. Uno es la cara visible, el personaje al que la gente puede insultar cuando lo ve por la calle; el otro representa una red de poder mucho más profunda, una agenda que ya conocemos y que durante años estuvo vinculada directamente con Washington. Es una escena casi cómica si no fuera porque estamos hablando del destino de un país: dos figuras del mismo partido, dos nombres ligados al mismo aparato y una política exterior que vuelve a mirar hacia el mismo lugar.
Lo peor es que esta vuelta no trae ninguna imaginación. Mientras el mundo se transforma, Honduras vuelve a una receta gastada. Estados Unidos, Israel, las viejas élites, capital extranjero y una clase política que sigue creyendo que el futuro consiste en repetir lo que funcionó para otros hace treinta años. Pero el mundo ya no es el de 1991. China tiene un peso enorme, Rusia volvió a ocupar un lugar central en la política mundial, Asia avanza, los BRICS ganan fuerza y el orden internacional está cambiando a pasos acelerados. Honduras, mientras tanto, parece querer desenterrar el calendario y ponerlo nuevamente en 1991.
Y hay algo más que me preocupa todavía más: Honduras se ha mezclado tanto con los intereses estadounidenses que terminó prestándose para algunas de las agendas más oscuras de la región. Un país pequeño puede ser utilizado como plataforma para intereses que van mucho más allá de sus propias fronteras. Por eso Honduras no debe ser subestimada en términos geopolíticos. Puede convertirse en un riesgo para sus vecinos cuando pone su territorio, recursos y política exterior al servicio de una potencia extranjera. Esa es la tragedia: mientras otros países están tratando de ampliar sus vínculos y encontrar nuevos espacios en el mundo, aquí seguimos ofreciendo nuestras llaves al mismo vecino y luego llamamos a eso soberanía.
Asfura no representa una renovación. Representa el regreso de una clase política que ya conocemos y que vuelve con las mismas respuestas. No va a cambiar la esencia del país porque no llegó para cambiarla. Llegó para conservarla. Y eso, en una nación que necesita desesperadamente una ruptura, es casi una sentencia.
Honduras tiene que comprender algo de una vez: Estados Unidos ya no es el Estados Unidos de 1989, el mundo ya no es el mundo de 1991 y nosotros tampoco vivimos en aquella época. Pretender regresar al pasado mientras el resto del planeta avanza es una forma bastante peculiar de suicidio político. Asfura puede ocupar la Presidencia, puede vestir de presidente, puede recibir honores y puede pronunciar todos los discursos que quiera, pero eso no cambia lo esencial: Honduras sigue sin tener un proyecto propio.
Y por eso mi conclusión es bastante sencilla. El verdadero problema no es solamente Nasry Asfura. Es que Honduras continúa permitiendo que otros decidan qué debe ser. Tenemos un presidente en el papel, un capataz en la práctica y una clase política que todavía cree que el país puede seguir funcionando como una hacienda. El mundo cambió. Honduras no. Y tarde o temprano la realidad va a cobrarle al país cada año que decidió vivir mirando hacia atrás.

¿Qué valor tiene la lucha de Nicaragua para Centroamérica?
Mirá, Nicaragua es uno de los casos más particulares de América Latina porque para entenderla hay que dejar de repetir las categorías que se utilizan desde afuera. La revolución sandinista de 1979 nació como una insurrección popular contra la dictadura de Somoza y tenía un proyecto de transformación social bastante definido. Hoy la realidad es otra. El poder está concentrado alrededor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y el Frente Sandinista terminó quedando cada vez más ligado a la familia gobernante. Las reformas constitucionales de 2025 transformaron la Presidencia en una copresidencia, ampliaron las atribuciones del Ejecutivo y modificaron la organización del Estado. Y ahora, en septiembre de 2026, el Congreso aprobó en primera votación otra reforma que busca ampliar todavía más los períodos de los principales cargos y restringir la participación electoral de sectores opositores. Entonces, sí, hay una concentración enorme del poder y una reducción evidente del espacio para la oposición.
Ahora, tampoco me interesa hacer el análisis infantil de decir «Ortega es autoritario» y terminar la conversación. Eso no explica nada. No explica por qué el sandinismo logró sobrevivir durante décadas, no explica por qué conserva su capacidad política y mucho menos explica por qué Nicaragua adoptó una posición internacional completamente distinta a la de buena parte de sus vecinos. El movimiento de 1979 cambió muchísimo, eso es evidente, pero conservó algo que para mí sigue siendo fundamental: la idea de que Nicaragua tiene que decidir por sí misma. Y precisamente ahí está una de las cosas que más admiro del país. Nicaragua es probablemente el país más demonizado de Centroamérica y, aun así, los demás países siguen teniendo relaciones con Managua. Nicaragua prácticamente no necesita meterse en los asuntos de sus vecinos. Entiende quién es su adversario y dónde está el verdadero problema: en Estados Unidos y en el poder anglosajón. No necesita andar provocando a Honduras, Costa Rica o Guatemala para defender sus intereses. Curiosamente, algunos de sus vecinos sí terminan antagonizando a Nicaragua porque los gringos los utilizan como carne de cañón. Y eso me parece una de las grandes estupideces de la política centroamericana: nosotros enfrentándonos entre nosotros mientras otros juegan con toda la región.
A mí también me resulta revelador lo que pasa con las izquierdas centroamericanas, especialmente con la hondureña. Hasta la fecha no he conocido a un izquierdista hondureño que defienda a Nicaragua. Desde ahí ya me empieza a oler mal el problema de nuestra izquierda. No entienden el asunto de los bloques geográficos. Como el gobierno de Ortega les parece demasiado autoritario y eso choca con sus ideas liberales, democráticas y occidentales, automáticamente convierten a Nicaragua en enemigo. Y ahí aparece una miopía tremenda. No están entendiendo qué está pasando en la región. Nicaragua es uno de los pocos países de América Latina que realmente tiene un margen de maniobra hacia el futuro porque entendió que tiene que mirar hacia Eurasia, hacia el Pacífico, hacia China y hacia Rusia. Eso es lo que muchos aquí todavía no entienden. Se quedan atrapados en su pequeño universo ideológico mientras Nicaragua está mirando hacia otro tablero.
Y eso nos lleva directamente a China y Rusia. Nicaragua restableció relaciones con China, elevó esa relación a una asociación estratégica y ha profundizado los vínculos comerciales y políticos con Beijing. También mantiene una relación estrecha con Rusia. Para mí, eso tiene una importancia enorme porque permite que Nicaragua amplíe sus opciones y no dependa de un único centro de poder. China, además, no está mirando a Nicaragua solamente como un mercado pequeño. Nicaragua está entre el Caribe y el Pacífico y tiene una posición geográfica extraordinaria. Por eso el tema del canal interoceánico sigue siendo tan importante. El proyecto que había sido concedido al empresario chino Wang Jing fue cancelado por el Congreso nicaragüense en 2024 después de años sin que comenzara la construcción. Pero cancelar una concesión no borra la geografía. Nicaragua sigue teniendo la posibilidad de convertirse en una ruta entre ambos océanos y ofrecer una alternativa al Canal de Panamá. Y eso, desde el punto de vista geopolítico, tiene un peso enorme.
Lo que yo admiro de Nicaragua es precisamente eso: entiende que un país pequeño puede ampliar sus posibilidades mediante alianzas. No necesita convertirse en China, Rusia o Estados Unidos. Necesita tener suficientes puertas abiertas para que nadie pueda decirle que solo existe una y que detrás de ella está Washington. Nicaragua está mirando hacia Asia, Eurasia y el Pacífico. Esa me parece una lectura mucho más inteligente del siglo XXI que continuar creyendo que todo comienza y termina en Estados Unidos. Honduras todavía no entiende eso. Buena parte de Centroamérica tampoco.
Ahora, ¿qué le hace falta a Nicaragua para triunfar? Le falta transformar esa voluntad política en mayor producción, como industria, conocimiento y bienestar. No basta con resistir a Washington, acercarse a Beijing o estrechar vínculos con Moscú. Hay que producir más, formar científicos, desarrollar tecnología, mejorar la educación, crear empleo y conseguir que esas relaciones exteriores sirvan para fortalecer las capacidades propias. Porque de nada sirve cambiar de socio si sigues necesitando que otro venga a resolver tus problemas. La verdadera soberanía comienza cuando puedes comerciar con todos porque no necesitas arrodillarte ante ninguno.
Por eso Nicaragua me interesa tanto. Puedo cuestionar la concentración del poder, las decisiones de Ortega y Murillo y muchas de sus políticas internas, pero eso no me impide reconocer algo que para mí es fundamental: Nicaragua entendió antes que muchos otros países latinoamericanos que el mundo está cambiando. Y por eso también creo que Centroamérica debería dejar de antagonizarla. Nicaragua no es el enemigo de los centroamericanos. Podemos discutir hasta el cansancio sobre Ortega y sobre el sistema político nicaragüense, pero mientras nosotros sigamos tratando a un vecino como enemigo porque Washington así lo quiere, estaremos haciendo exactamente el trabajo que más beneficia a quienes desean una región dividida.
Nicaragua tiene defectos enormes, claro que los tiene, pero al menos está jugando su propia partida. Lo que le falta es convertir esa capacidad de maniobra en riqueza, industria, conocimiento y bienestar. Porque resistir es importante, pero triunfar significa algo más: que un pueblo pueda vivir mejor sin entregar su destino a ningún poder extranjero.
¿Qué explica el giro político de Costa Rica hacia una propuesta de derecha populista y de mano dura, y qué lugar ocupa el país dentro de los intereses estratégicos de Estados Unidos en Centroamérica?
Mirá, yo no veo en Laura Fernández nada particularmente novedoso. Costa Rica simplemente volvió a elegir otra figura de derecha liberal que sigue el mismo camino conocido y que, en términos geopolíticos, continúa bastante cerca de Estados Unidos. No veo una ruptura, no veo una gran propuesta nacional y tampoco veo una idea nueva de país. Es otro gobierno que llega diciendo que va a resolver los problemas de seguridad, de economía y de desarrollo, pero dentro de las mismas coordenadas que Costa Rica lleva utilizando desde hace muchísimo tiempo.
Costa Rica lleva años viviendo de una imagen de país excepcional dentro de Centroamérica: democrático, pacífico, estable, institucional y diferente de sus vecinos. Pero esa imagen se ha ido deshaciendo poco a poco porque la inseguridad, el narcotráfico y otros problemas comenzaron a golpear con más fuerza. Entonces aparece una figura que ofrece mano dura, orden y continuidad política. Eso puede darle votos, claro, porque una población preocupada por la seguridad quiere respuestas. Pero una cosa es aprovechar el descontento y otra muy distinta plantear una transformación profunda. Yo no veo que Fernández esté haciendo lo segundo.
Y ahí es donde Costa Rica termina pareciéndose bastante a Honduras. Cambian los nombres, cambia el discurso y cambian algunos matices, pero la dirección general sigue siendo la misma: acercamiento a Estados Unidos, confianza en los mecanismos liberales y aceptación de un modelo que no cuestiona de verdad las relaciones de poder que existen dentro del país. En ese sentido, Costa Rica está en nada. No está construyendo una alternativa propia, no está buscando una nueva posición internacional y tampoco está aprovechando el cambio mundial para ampliar sus posibilidades. Está repitiendo el libreto habitual y esperando que esta vez produzca un resultado distinto.
Y Estados Unidos tiene muchísimo interés en conservar esa relación. Costa Rica tiene acceso al Caribe y al Pacífico, una ubicación geográfica muy valiosa, una economía estrechamente conectada con la estadounidense y una posición particularmente útil dentro de Centroamérica. Por eso Washington encuentra en San José un socio bastante cómodo: un país cercano, con capacidad económica, con una tradición política que no cuestiona demasiado el orden hemisférico y que puede integrarse con facilidad a sus intereses de seguridad y comercio.
También me llama la atención el contraste con el discurso costarricense sobre la paz. Durante décadas Costa Rica hizo de la ausencia de ejército una de sus grandes banderas. Ahora, frente al crecimiento del narcotráfico, empieza a mirar cada vez más hacia la cooperación de seguridad con Estados Unidos. Eso demuestra que incluso la famosa excepcionalidad costarricense tiene límites. Cuando cambia la realidad, las viejas certezas empiezan a tambalearse.
Por eso no considero que Laura Fernández represente una nueva derecha latinoamericana especialmente interesante. Para mí es, en buena medida, otro rostro de la derecha liberal tradicional, adaptado a una sociedad que está más preocupada por la seguridad y el crimen que antes. No veo en ella la clase de ruptura que puede encontrarse, con todas sus contradicciones, en otros gobiernos de la región. Mucho menos veo una propuesta que cuestione de raíz la posición de Costa Rica dentro del sistema continental.
Costa Rica tiene los recursos, educación, posición geográfica y una imagen internacional favorable. Podría aprovechar todo eso para construir una política exterior mucho más autónoma, ampliar sus vínculos con América Latina y Asia y buscar nuevas oportunidades fuera del eje tradicional de Washington. Pero no parece ser el camino elegido.
Entonces, para mí, el ascenso de Laura Fernández no significa que Costa Rica haya encontrado una fórmula nueva. Significa que Costa Rica está girando hacia la derecha liberal mientras Estados Unidos conserva una influencia enorme sobre su orientación internacional. Y eso no tiene nada de extraordinario. Es, simplemente, otra repetición del mismo modelo que ya conocemos en buena parte de Centroamérica, con otro presidente, otro discurso y otra fotografía oficial.
¿Qué representa hoy Panamá dentro de la disputa de poder entre Estados Unidos y China, y hasta qué punto el Canal determina la política exterior, la economía y la soberanía del país?
Mirá, Panamá es un país pequeño, pero tiene una importancia que supera por muchísimo su tamaño. ¿Por qué? Porque tiene el Canal. Y con eso prácticamente ya está dicho todo. Tiene salida a dos océanos, conecta las rutas comerciales entre el Atlántico y el Pacífico y ocupa un lugar que para cualquier potencia resulta demasiado valioso como para dejarlo fuera de sus intereses. El Canal no es simplemente una fuente de ingresos para Panamá; es una de las razones principales por las que Washington mira al país con tanta atención. Y ahora, además, existe una disputa mucho más clara con China alrededor de puertos, comercio e infraestructura. En 2026 esa tensión sigue siendo evidente, hasta el punto de que el manejo de los puertos vinculados al Canal se convirtió en uno de los principales puntos de fricción entre Panamá, Washington y Beijing.
Entonces, cuando Donald Trump empezó a hablar del Canal y de la influencia china en Panamá, tampoco había que ser un genio para entender qué estaba ocurriendo. Estados Unidos considera ese corredor demasiado importante para permitir que una potencia rival gane una posición demasiado grande allí. Y China, por su parte, tiene una relación comercial cada vez más importante con Panamá. Las relaciones diplomáticas entre ambos países comenzaron en 2017 y desde entonces el comercio creció de manera considerable. En mayo de 2026, además, los dos gobiernos seguían hablando de ampliar su relación económica y resolver las diferencias que habían aparecido alrededor de las operaciones portuarias.
Ahora, ¿qué significa eso para Panamá? Que su soberanía está sometida a una presión enorme precisamente porque posee algo que todos quieren. El panameño puede decir con absoluta razón que el Canal es suyo, y lo es, pero después hay que mirar la realidad internacional. Cuando tienes una vía marítima de semejante importancia, ningún gigante va a comportarse como un vecino desinteresado. Washington quiere asegurarse de que el Canal continúe funcionando bajo condiciones que considera seguras; Beijing quiere conservar sus vínculos comerciales y su presencia económica; y Panamá queda en medio de esa disputa. Incluso recientemente, la operación de los puertos situados en las entradas del Canal terminó envuelta en una batalla jurídica y política que involucró directamente a una empresa de Hong Kong y al gobierno panameño.
Y aquí es donde yo veo el problema de fondo. Panamá ha construido buena parte de su prosperidad alrededor del Canal, las finanzas, la logística y los servicios. Eso genera riqueza, claro, pero la pregunta es cuánto de esa riqueza termina llegando a toda la población. El propio Banco Mundial señala que, aunque la economía panameña mantiene un crecimiento importante, persisten niveles elevados de informalidad, pobreza y desigualdad, y los beneficios del crecimiento no llegan de la misma manera a todos. Entonces tienes una situación bastante curiosa: un país que mueve cantidades enormes de riqueza por su territorio y, al mismo tiempo, todavía tiene ciudadanos que no participan plenamente de esa prosperidad. Panamá es una especie de vitrina brillante con una parte de la población mirando desde afuera.
Y por eso tampoco veo en José Raúl Mulino una figura especialmente novedosa. Su papel está bastante condicionado por la realidad geopolítica del país. Panamá necesita mantener una relación muy cercana con Estados Unidos porque no puede ignorar quién es su principal vecino continental, pero tampoco puede comportarse como si China no existiera. El problema es que Panamá corre el riesgo de convertirse simplemente en el escenario donde otros disputan el control de algo que debería servir primero a los panameños. Ahí es donde tendría que aparecer una política propia.
Yo no creo que Panamá deba romper con Estados Unidos ni expulsar a China. Eso sería absurdo. Lo que tendría que hacer es algo mucho más inteligente: negociar con ambos y utilizar la importancia del Canal para obtener beneficios para Panamá. Que el Canal sea una herramienta de desarrollo nacional, no una excusa para que las grandes potencias se peleen mientras los panameños miran desde la grada. Y eso implica invertir en educación, industria, tecnología, infraestructura y empleo, para que el país no viva únicamente de cobrar por el paso de barcos.
Porque el Canal le dio a Panamá una posición privilegiada, pero también le dejó una responsabilidad enorme. Si el país solamente administra esa ventaja y deja que los grandes actores decidan qué hacer con ella, entonces tendrá un Canal panameño y una política exterior que otros escriben. Si, en cambio, utiliza esa posición para desarrollar capacidades propias, negociar con todos y defender sus intereses, entonces puede convertir su geografía en verdadera fuerza política.
Y ahí está, para mí, la gran pregunta sobre Panamá: ¿quién utiliza a quién? ¿Panamá utiliza al Canal para convertirse en un país más fuerte, o las grandes potencias utilizan a Panamá porque allí está el Canal? Mientras esa pregunta no tenga una respuesta clara, la soberanía panameña seguirá siendo muy bonita en el papel y bastante complicada en la práctica.
¿Cuáles son los principales límites que enfrenta Belice para construir una economía propia?
Belice es uno de esos países que Centroamérica casi siempre mete debajo de la alfombra. Y eso tiene algo bastante curioso, porque geográficamente está en un lugar muy importante, tiene salida al Caribe, está pegado a México y forma parte de ese espacio centroamericano, pero culturalmente muchas veces se le mira como si fuera otra cosa. Tiene una historia británica, el inglés como lengua oficial y una identidad muy vinculada al Caribe. Entonces queda en una especie de limbo: geográficamente es centroamericano, históricamente tiene una relación caribeña muy fuerte y políticamente muchas veces termina fuera de las conversaciones grandes del istmo. Y cuando un país es pequeño, habla poco y no tiene una gran capacidad militar o económica, los demás tienen la costumbre de olvidarse de él. Es una lástima, porque la geografía no pregunta cuánto mide un país antes de darle importancia.
Belice además tiene algo que me parece interesante: posee una enorme riqueza natural, especialmente marina y forestal, y una ubicación que podría convertirlo en un punto bastante útil para comercio, logística y conexiones entre el Caribe y Centroamérica. El problema es que buena parte de su economía sigue dependiendo muchísimo del turismo y de un grupo reducido de actividades. El propio Banco Mundial señala que el turismo representa alrededor del 45 % del PIB y que el país está muy expuesto a fenómenos climáticos. El Fondo Monetario Internacional también señala que casi la mitad de sus ingresos por exportaciones de bienes y servicios provienen del turismo y que cerca del 70 % de sus visitantes llegan desde Estados Unidos.
Entonces ahí aparece la paradoja. Belice tiene una economía que puede crecer, y de hecho ha mejorado bastante en los últimos años, pero sigue siendo vulnerable a cualquier golpe externo. Si cae el turismo, si suben los combustibles, si llega una tormenta fuerte o si cambia la economía estadounidense, Belice lo siente rápidamente. La deuda pública ha bajado de manera importante desde la pandemia y el desempleo está en niveles muy bajos, pero eso no elimina el problema de fondo: el país todavía necesita ampliar su base productiva y conseguir que el crecimiento no dependa tanto de actividades que vienen de afuera.
Y ahí yo creo que está el gran reto de John Briceño y del People’s United Party. Belice necesita dejar de ser simplemente un bonito destino turístico y empezar a utilizar su posición para construir una economía más amplia. Ya existen esfuerzos para desarrollar una política industrial enfocada en actividades verdes y marítimas, precisamente porque el país necesita diversificar su producción y aprovechar mejor sus propios recursos. Pero una cosa es tener un proyecto y otra conseguir que se convierta en una riqueza distribuida entre la población.
A mí Belice me parece especialmente interesante porque podría jugar una partida mucho más grande de la que juega actualmente. Tiene acceso al Caribe, cercanía con México y vínculos con el resto de Centroamérica, y al mismo tiempo está dentro del espacio caribeño. Eso le permite funcionar como puente entre regiones. El problema es que todavía no parece haber explotado toda esa ventaja. Es como tener una casa construida justamente al lado de una carretera por donde pasa todo el mundo y dedicarse únicamente a vender limonada en la entrada.
Y tampoco hay que ignorar la dimensión geopolítica. Belice sigue manteniendo relaciones diplomáticas con Taiwán, una cuestión que lo coloca dentro de una disputa mucho más amplia entre Washington y Beijing. De hecho, Belice es uno de los pocos países caribeños que todavía conserva vínculos diplomáticos con Taipéi, y se considera su posición relevante dentro de la competencia por influencia en la región. Eso significa que un país pequeño puede terminar teniendo un valor mucho mayor del que su población haría pensar.
Por eso yo no veo a Belice como un país sin importancia. Veo un país pequeño que todavía no ha terminado de comprender todo lo que tiene entre las manos. Tiene la naturaleza, territorio, acceso marítimo, una posición geográfica interesante y una identidad propia. Lo que le falta es convertir esas ventajas en capacidades económicas y políticas más fuertes. Y ahí está la parte irónica: Belice puede seguir viviendo de recibir turistas, proteger sus recursos y esperar que las grandes potencias recuerden que existe, o puede empezar a utilizar su tamaño pequeño como una ventaja para moverse con inteligencia.
Porque ser pequeño no significa ser irrelevante. Lo verdaderamente peligroso para un país pequeño es convencerse de que por ser pequeño no puede hacer nada.

¿Qué país centroamericano tiene actualmente mayor capacidad para desarrollar una política exterior independiente?
Yo diría que Nicaragua, sin muchas vueltas. Y después colocaría a El Salvador, aunque por razones bastante distintas. Nicaragua es el país centroamericano que hoy tiene mayor capacidad para desarrollar una política exterior propia porque entendió algo que los demás todavía no quieren entender: un país pequeño no tiene por qué vivir atado a una sola potencia. Managua abrió relaciones con China, profundizó sus vínculos con Rusia y comenzó a mirar mucho más hacia Eurasia y el Pacífico. Eso ya le da un margen que Honduras, Guatemala, Costa Rica o Panamá no tienen.
Y aquí hay algo que me llama mucho la atención. Nicaragua puede tener todos los problemas políticos internos que quieras señalar, pero en política exterior sabe maniobrar. No necesita convertir a cada vecino en enemigo ni vivir buscando aprobación en Washington. Entiende quién es su adversario principal y, al mismo tiempo, busca relaciones con otros centros de poder. Para mí, eso es inteligencia geopolítica. Un país pequeño no gana por fuerza; gana cuando tiene opciones.
El Salvador es otro caso interesante. Bukele también sabe jugar sus cartas. No rompe con Estados Unidos porque entiende perfectamente la relación de fuerzas, la cercanía geográfica y todo lo que eso implica. Pero tampoco entrega completamente su margen de maniobra. Se acerca a China cuando le conviene, negocia con Washington cuando le conviene y procura sacar algo de cada relación. Es otra manera de sobrevivir y de conservar espacio propio. Bukele entendió que no siempre necesitas desafiar frontalmente al más fuerte; a veces necesitas saber cuándo acercarte, cuándo retirarte y qué puedes obtener en cada movimiento.
Ahora, el resto de Centroamérica está mucho más limitado. Honduras, Guatemala, Costa Rica y Panamá están demasiado alineados con Estados Unidos en cuestiones económicas, políticas y de seguridad. En Honduras esto resulta especialmente evidente porque nuestra política exterior sigue mirando hacia Washington como si el mundo todavía estuviera en 1991. Costa Rica también mantiene una relación muy cercana con Estados Unidos y Panamá tiene además el asunto del Canal, que le da una importancia enorme para Washington.
Por eso yo pondría a Nicaragua en primer lugar. No porque sea el país más poderoso, ni el más rico, ni porque tenga una fórmula mágica. Es porque entendió que la primera condición para tener una política exterior propia es dejar de depender de una sola puerta. Si Estados Unidos es tu única opción, estás atado. Si tienes relaciones con China, Rusia, Asia, América Latina y otros actores, ya puedes negociar de otra manera.
Ahora, tener margen no significa que todo esté resuelto. Nicaragua todavía necesita convertir esas relaciones exteriores en una producción, industria, tecnología, conocimiento y mejores condiciones de vida para su población. Porque de nada sirve tener muchas puertas abiertas si al final sigues entrando a la misma casa de siempre.
Pero, entre todos los países centroamericanos, Nicaragua es el que más claramente entendió que el mundo ya no gira alrededor de un solo centro de poder. Y eso, para mí, le da una ventaja que el resto todavía no sabe aprovechar.
¿Qué país enfrenta la situación social más delicada y por qué?
Definitivamente Honduras. Y no lo digo porque quiera hacer una competencia de desgracias con los demás países de Centroamérica. Lo digo porque Honduras parece haberse acostumbrado a convivir con el desastre como si fuera parte de la rutina. Aquí la pobreza, la violencia, la migración, la corrupción y el abandono no son noticias extraordinarias; son cosas que ocurren todos los días. La tragedia se volvió cotidiana y, cuando una sociedad llega a ese punto, empieza a suceder algo todavía peor: deja de sorprenderse.
Mirá el tema de la niñez. Hay cantidades enormes de niños desaparecidos y muchas familias terminan buscando a sus hijos prácticamente solas. Y uno pregunta: ¿cómo puede ocurrir algo así en un país sin que exista una reacción verdaderamente contundente? Luego vienen los muertos, los asesinatos, las familias destruidas y una cantidad enorme de casos que quedan sin justicia. Nadie responde, nadie explica y después el asunto desaparece de las noticias. Aquí la muerte también parece tener clases sociales: algunas víctimas provocan escándalo y otras apenas alcanzan para llenar una nota de periódico.
Y la impunidad llega a niveles que ya parecen una burla. Indultan a un antiguo presidente condenado en Estados Unidos por narcotráfico y regresa a Honduras como si aquí no hubiera pasado absolutamente nada. No pasa nada. No hay una gran ruptura política, no hay una reacción nacional proporcional, no hay una discusión seria sobre lo que significa que alguien condenado por narcotráfico pueda volver tranquilamente al país. Simplemente continúa la vida. Y eso dice muchísimo de Honduras. Aquí puedes tener casos gravísimos, acusaciones, asesinatos, corrupción, escándalos y abusos, pero después de un tiempo todo termina enterrado bajo el siguiente escándalo.
La migración también explica bastante bien lo que somos. Honduras expulsa a su propia gente porque no consigue ofrecerles una vida que consideren digna. Jóvenes que deberían estar estudiando, trabajando, formando familias o construyendo algo aquí terminan pensando en cómo salir. El país pierde población, pierde talento y pierde generaciones enteras, mientras las remesas mantienen a flote buena parte de la economía. Es una situación casi absurda: Honduras necesita que su gente se vaya para poder recibir desde afuera el dinero que permite sobrevivir a quienes se quedaron. Después todavía aparecen políticos hablando de desarrollo como si estuvieran a punto de descubrir América.
Y ahí está, para mí, el problema más profundo. Honduras no solamente tiene pobreza; tiene una especie de normalización de la desgracia. Nos acostumbramos a que maten, a que desaparezcan niños, a que se roben el dinero público, a que nadie pague por los abusos y a que los responsables aparezcan nuevamente en la vida política como si el país tuviera memoria de pez. Lo terrible es que ya ni siquiera hace falta esconder demasiado las cosas. Muchas veces basta con esperar unos días para que el escándalo se desgaste y aparezca otro.
Por eso considero que Honduras atraviesa una de las situaciones sociales más delicadas de toda la región. No porque carezca de recursos, de gente capaz o de posibilidades. Precisamente lo contrario. Tenemos una población joven, una posición geográfica extraordinaria, recursos naturales y una tierra que podría producir muchísimo más. Y, aun así, seguimos expulsando a nuestra propia gente y viendo cómo generaciones enteras crecen entre miedo, pobreza y frustración.
Lo más doloroso es que esto no ocurre una vez al año ni aparece únicamente cuando hay elecciones. Ocurre todos los días. Honduras vive en una crisis que ya dejó de parecer una crisis porque se convirtió en la forma habitual de vivir. Y cuando la desgracia se vuelve costumbre, lo verdaderamente grave ya no es solamente lo que ocurre; es que la sociedad empieza a creer que no puede ocurrir nada diferente.
¿Estamos viendo un desplazamiento de Centroamérica hacia gobiernos de derecha, cuál es la causa?
Sí, estamos viendo ese desplazamiento, pero yo no soy optimista respecto de lo que vaya a producir. Y lo digo bastante claro: cambiar de gobierno no significa cambiar el país. Puedes poner a un presidente de derecha, a otro más duro, a uno que prometa orden, seguridad y crecimiento, pero mientras no cambie la forma en que se distribuye la riqueza, quién controla los recursos, quién toma las decisiones y qué intereses terminan imponiéndose, el resultado va a ser prácticamente el mismo. Puede cambiar el discurso, pueden cambiar los colores de los partidos y pueden aparecer nuevas caras en televisión, pero Honduras seguirá expulsando a su gente, Costa Rica seguirá preocupándose por el crimen, Guatemala seguirá peleando con los grupos de poder y Panamá seguirá viviendo alrededor de su Canal. La fotografía cambia; la película continúa.
Además, muchas de estas derechas llegan prometiendo mano dura como si la seguridad pudiera resolver por sí sola los problemas de una sociedad. Está bien, un pueblo quiere vivir tranquilo, quiere caminar sin miedo y quiere que el Estado responda. Pero después de recuperar cierta seguridad viene la pregunta incómoda: ¿y qué hacemos con el desempleo, con la pobreza, con la falta de industria, con los jóvenes que no encuentran un futuro y con las familias que siguen pensando en emigrar? Porque puedes llenar las calles de policías, puedes construir cárceles y puedes perseguir criminales, pero si un joven sigue sin trabajo, sin formación y sin perspectivas, el problema no desapareció. Simplemente cambió de uniforme.
Y Honduras es el ejemplo que más me preocupa. Nosotros podemos cambiar de presidente diez veces y seguiremos siendo un país expulsor de población mientras la gente no encuentre razones para quedarse. Eso no lo va a resolver una derecha liberal, ni una izquierda liberal, ni un discurso de mano dura. El problema es mucho más profundo. Honduras lleva décadas funcionando de una manera que produce pobreza y concentra oportunidades arriba, mientras la mayoría aprende a sobrevivir abajo. Y mientras eso continúe, la gente seguirá marchándose. Uno termina teniendo una situación bastante absurda: el país pierde jóvenes, pierde trabajadores, pierde familias y después depende del dinero que esos mismos hondureños envían desde el extranjero para mantener a quienes permanecieron aquí. ¿Eso es desarrollo? A mí me cuesta muchísimo llamarlo así.
Por eso soy bastante pesimista con este nuevo ciclo de derechas. No porque toda derecha sea necesariamente igual, ni porque todos esos gobiernos tengan exactamente las mismas políticas. El problema es que ninguno de ellos, al menos por ahora, parece plantear una ruptura realmente profunda con aquello que ha llevado a la región hasta donde está. Van a administrar los problemas, algunos lo harán con más fuerza y otros con más habilidad, pero administrar no es transformar. Y mientras Centroamérica siga aceptando que su función es ofrecer mano de obra barata, recursos, su territorio y mercados para intereses ajenos, seguiremos dando vueltas en el mismo sitio. Puedes cambiar al presidente, puedes cambiar al partido y puedes cambiar el uniforme del gobierno, pero mientras no cambie la base que produce la pobreza, el resultado será el mismo: nuestros jóvenes se irán, nuestras sociedades se vaciarán poco a poco y después volveremos a preguntar por qué Centroamérica no consigue salir del lugar en el que lleva tanto tiempo atrapada.
¿Qué papel debería desempeñar México frente a Centroamérica?
Yo creo que México debería desempeñar un papel central frente a Centroamérica. No como un hermano mayor que viene a decirnos qué hacer, porque ya tuvimos demasiados extranjeros cumpliendo esa función, sino como la principal potencia latinoamericana capaz de articular al norte de nuestra región con el istmo. México tiene la población, industria, recursos, territorio, acceso a dos océanos y una posición geográfica que ningún otro país centroamericano puede igualar. Sería absurdo que toda esa capacidad no se tradujera en una política mucho más activa hacia Centroamérica.
Y aquí hay algo que me interesa mucho: México tiene una oportunidad que Estados Unidos no puede ofrecer de la misma manera. Nosotros compartimos una historia, una lengua, una cultura y problemas bastante parecidos. México puede convertirse en un puente entre Centroamérica y el resto de América Latina, pero también entre nuestra región y el Pacífico. Puede impulsar la infraestructura, comercio, energía, transporte, educación, industria y cooperación tecnológica. No necesitamos que México venga a regalarnos cosas; necesitamos que construya relaciones en las que ambas partes ganen y en las que Centroamérica deje de ser simplemente un conjunto de mercados pequeños.
También creo que México debería ayudar a que Centroamérica deje de mirar exclusivamente hacia Washington. No significa romper con Estados Unidos, porque eso sería absurdo. Significa ampliar las opciones. México puede abrir puertas hacia Sudamérica, hacia China, hacia Asia y hacia otros actores. Puede ayudar a que Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Belice no tengan que negociar cada uno por separado frente a las grandes potencias. Porque cuando tienes a México detrás de una integración mesoamericana más seria, ya no estás hablando de países diminutos actuando por separado; estás hablando de un espacio humano, económico y geográfico mucho más importante.
Y te digo otra cosa: México debería mirar con mucha más atención lo que ocurre en Centroamérica. A veces pareciera que desde Ciudad de México se mira hacia el norte casi exclusivamente y se observa al sur con una distancia enorme. Eso es un error. Lo que ocurre en Honduras afecta a Guatemala; lo que ocurre en Guatemala afecta a México; lo que ocurre en Nicaragua altera el equilibrio del istmo; Panamá y el Caribe tienen una importancia enorme para las rutas comerciales. Estamos demasiado cerca unos de otros como para fingir que somos mundos diferentes.
Además, México podría desempeñar un papel fundamental en la construcción de una identidad mesoamericana más fuerte. No hablo de borrar las diferencias entre mexicanos, guatemaltecos, hondureños y salvadoreños. Hablo de reconocer que tenemos intereses comunes. México tiene una historia muy poderosa de defensa de su soberanía y de construcción nacional. Centroamérica necesita recuperar algo de eso. Y México podría aportar el conocimiento, industria, capital y experiencia sin convertirse en otra potencia que venga a decirnos cómo vivir.
Por eso, para mí, el papel de México debería ser el de articulador. Un México fuerte, conectado con Centroamérica y con Sudamérica, mirando al Pacífico, comerciando con Asia y construyendo relaciones de igual a igual con Washington, tendría una capacidad enorme para cambiar el equilibrio de toda la región.
Porque mientras México mire solamente hacia Estados Unidos y Centroamérica siga mirando hacia México para unas cosas y hacia Washington para casi todas las demás, vamos a continuar fragmentados. Pero si México entiende que su propio futuro también pasa por Centroamérica, entonces puede comenzar algo mucho más importante: una verdadera unión mesoamericana, con México como gran motor económico y Centroamérica como parte activa de un espacio mucho más amplio, en lugar de seguir siendo la periferia de alguien más.
¿Quién manda realmente en Centroamérica, quién es nuestro enemigo?
Evidentemente, quien manda en Centroamérica es Estados Unidos. Pero aquí viene la parte que muchas veces nadie quiere decir: manda porque nosotros mismos le otorgamos ese poder. Las élites criollas de Centroamérica decidieron hace muchísimo tiempo que era más cómodo entregar una parte de nuestra capacidad de decisión a Washington que construir una fuerza propia. No fue solamente que Estados Unidos llegara y tomara todo. Aquí hubo gente que abrió la puerta, entregó las llaves y después tuvo la desfachatez de llamar a eso soberanía.
Ese es el gran error centroamericano: hemos negado ser sujetos de poder. Nos acostumbramos a pensar que la historia la hacen otros, que las grandes potencias deciden y que nosotros únicamente tenemos que adaptarnos. Entonces Honduras mira a Washington, Guatemala mira a Washington, Costa Rica mira a Washington, Panamá mira a Washington y después todos se preguntan por qué Estados Unidos tiene tanta influencia. Bueno, porque nosotros mismos se la dimos. Una potencia aprovecha el espacio que encuentra. Y nosotros llevamos generaciones dejándole un espacio enorme.
Las élites criollas entendieron perfectamente ese juego. Mientras la mayoría de la población vive preocupada por sobrevivir, ellas aprendieron a moverse dentro de las relaciones de poder, a proteger sus intereses y a negociar con quien tenga más fuerza. Por eso existe una conciencia de clase bastante clara arriba, mientras abajo todavía cuesta comprender quién toma las decisiones. El problema no es solamente Washington. El problema es la élite local que considera más conveniente servir de intermediaria que construir una nación con capacidad propia.
Y aquí aparece la excepción: Nicaragua. Nicaragua es prácticamente el único país centroamericano que se ha visto a sí mismo como sujeto de poder. No significa que tenga un poder enorme, porque evidentemente no lo tiene. Significa que entiende que puede maniobrar, buscar alianzas, acercarse a China, Rusia y Eurasia, mirar hacia el Pacífico y decidir que su política exterior no tiene por qué ser escrita completamente en Washington. Puede equivocarse, puede tener enormes problemas internos, pero al menos entiende algo que el resto todavía no: que un país pequeño también puede actuar.
Ese es el punto que más me interesa. Nicaragua no necesita ser Estados Unidos para tener capacidad de decisión. Necesita saber qué quiere y buscar las alianzas que le permitan conseguirlo. Mientras los demás países centroamericanos se comportan como si su único destino posible fuera permanecer dentro de la órbita estadounidense, Nicaragua está diciendo: no, nosotros también podemos jugar. Y esa diferencia es gigantesca.
Por eso no me gusta la explicación cómoda de que «Estados Unidos nos domina». Sí, nos domina en buena medida, pero ¿quién permitió que llegáramos hasta ahí? Nosotros. Fueron nuestras élites, nuestros gobiernos y nuestras propias decisiones las que fueron entregando terreno. Hemos renunciado demasiadas veces a pensarnos como sujetos históricos y políticos. Nos acostumbramos a ser la periferia.
Entonces, ¿quién manda realmente? Estados Unidos, porque Centroamérica le entregó buena parte del poder que hoy ejerce. Y mientras sigamos culpando únicamente al extranjero, no vamos a resolver absolutamente nada. El día que Centroamérica se reconozca como sujeto de poder, empiece a actuar como bloque y deje de pedir autorización para decidir su propio futuro, Washington tendrá que negociar con nosotros de otra manera.
Por eso Nicaragua resulta tan incómoda para el resto de la región. No porque sea invencible, sino porque demuestra que el margen existe. El problema centroamericano no es solamente tener una potencia encima; es haber aprendido a vivir debajo de ella.
¿Cuál considera que es el gran problema de Centroamérica del que casi nadie quiere hablar?
Para mí el gran problema de Centroamérica es que hemos aceptado no ser sujetos de poder. Y eso es mucho más grave que la pobreza, la corrupción o incluso la violencia, porque de ahí termina saliendo buena parte de todo lo demás. Nos acostumbramos a pensar que otros deciden y nosotros obedecemos, que Estados Unidos manda porque es poderoso y que a nosotros solo nos queda adaptarnos. Pero nadie suele hacerse la pregunta incómoda: ¿quién le entregó ese poder? Fuimos nosotros. Fueron nuestras propias élites, nuestros gobiernos y nuestras clases dirigentes las que durante generaciones entendieron que era mucho más rentable administrar la subordinación que construir una fuerza propia.
Y eso casi nadie quiere decirlo porque obliga a asumir responsabilidades. Es mucho más cómodo decir que Estados Unidos nos domina, que las grandes potencias nos manipulan o que somos víctimas de la historia. Todo eso puede tener una parte de verdad, pero también puede convertirse en una excusa perfecta para no hacer nada. Una potencia aprovecha el espacio que encuentra. Si encuentra países divididos, élites dispuestas a obedecer y sociedades que ya ni siquiera creen que pueden decidir, entonces entra y hace lo que quiere. Y después nosotros ponemos cara de sorpresa.
Lo más triste es que Centroamérica tiene condiciones para hacer mucho más. Tenemos una posición geográfica extraordinaria, salida al Caribe y al Pacífico, recursos naturales, población joven, tierras fértiles y una cercanía enorme entre nuestros pueblos. Podríamos ser una región con mucho más peso del que tenemos. Pero cada país está encerrado en su pequeña parcela, los gobiernos compiten entre ellos, las élites miran hacia afuera y la población termina pensando en cómo escapar. Mientras tanto, otros actores entienden perfectamente el valor que tiene el istmo. Es bastante humillante que las grandes potencias sepan cuánto vale Centroamérica mejor que los propios centroamericanos.
Y ahí aparece también otro problema: la ausencia de un proyecto común. No sabemos qué queremos ser dentro de veinte o treinta años. No sabemos qué queremos producir, qué relación queremos tener con Estados Unidos, con México, con China, con Rusia o con el resto de América Latina. No tenemos una visión compartida. Entonces cada gobierno llega, resuelve lo inmediato, busca dinero, pide ayuda, negocia por su cuenta y deja el futuro para después. Y así pasan décadas. Tenemos gobiernos administrando el día a día mientras nadie se atreve a pensar en grande.
Por eso Nicaragua me parece tan importante dentro de esta conversación. No porque sea perfecta, ni porque todo lo que haga su gobierno sea admirable, sino porque se ha visto a sí misma como sujeto de poder. Esa diferencia es enorme. Nicaragua entendió que puede elegir alianzas, abrirse hacia Eurasia, mirar al Pacífico y decir que sus relaciones exteriores no tienen que estar escritas completamente en Washington. Los demás países podrían hacer algo parecido en sus propias condiciones, pero muchas veces ni siquiera lo intentan.
Entonces, si me preguntas cuál es el problema del que casi nadie quiere hablar, yo diría que es nuestra propia resignación. Nos convencieron de que ser pequeños significa ser débiles, que necesitar a otro es normal y que la subordinación es simplemente realismo. No. Ser pequeño no obliga a ser servil. Lo que nos hace débiles no es el tamaño; es la falta de voluntad para actuar como pueblos que tienen algo que defender.
Y mientras no cambiemos eso, podemos cambiar presidentes, partidos, leyes y discursos todo lo que queramos. Centroamérica seguirá siendo lo mismo: un territorio valioso, dividido entre pequeños Estados que sobreviven mientras otros deciden cuánto vale nuestro futuro.

¿Cuál sería tu diagnóstico y consejo para llegar a buen puerto, como núcleo centroamericano?
Si tuviera que reducir todo lo que ocurre en Centroamérica a una sola idea, diría que hemos dejado de creer que somos sujetos de poder. Ese es el problema más profundo. Hemos aprendido a contemplar la historia desde afuera, como si los grandes acontecimientos siempre los produjeran otros y nosotros únicamente tuviéramos que reaccionar. Estados Unidos decide, nosotros respondemos. Las grandes potencias avanzan, nosotros nos acomodamos. Cambia el mundo y nosotros esperamos a ver qué posición nos conviene adoptar. Hasta nuestra manera de imaginar el futuro está muchas veces subordinada a lo que ya existe. Y cuando un pueblo deja de imaginarse como protagonista, empieza a aceptar cualquier destino que otro le coloque delante. Ahí comienza la verdadera derrota.
Y eso explica por qué Centroamérica puede tener tanta riqueza y vivir con tanta pobreza; tener dos océanos y no convertirse en una gran plataforma comercial propia; tener tierras, agua, recursos, población joven y una posición geográfica extraordinaria y continuar comportándose como una región pequeña, fragmentada y temerosa. El problema no es solamente que seamos pobres. El problema es que hemos terminado pensando como pobres. Nos acostumbramos a recibir, a esperar, a pedir, a emigrar. Nuestras élites aprendieron a negociar con el poder extranjero y nuestras mayorías aprendieron a sobrevivir dentro de las decisiones de otros. Entonces ocurre algo terrible: la subordinación deja de sentirse como una imposición y comienza a sentirse como la normalidad. Ya ni siquiera hace falta que alguien venga a decirnos qué debemos hacer; muchas veces nosotros mismos llegamos con la respuesta preparada antes de que nos hagan la pregunta.
Por eso yo cambiaría primero la conciencia antes que cualquier otra cosa. Necesitamos una generación capaz de decir: nosotros también podemos decidir. Y eso implica una transformación intelectual enorme. Hay que estudiar historia, filosofía, economía, geopolítica, literatura, ciencia, tecnología y nuestra propia cultura, pero no para convertirnos en imitadores más sofisticados de Europa o Estados Unidos. Hay que estudiar para producir pensamiento propio. Tenemos que dejar de educar jóvenes para buscar una salida individual y empezar a formarlos para construir algo colectivo. Yo quisiera una juventud que no vea como única aspiración conseguir un boleto de avión y marcharse, sino que también pueda preguntarse qué necesita este lugar para que quedarse vuelva a tener sentido.
Después viene la cuestión política. Centroamérica necesita dejar de actuar como siete u ocho países pequeños que compiten entre ellos por inversiones, reconocimiento y favores externos. Tenemos que aprender a actuar como una región. México debería mirar mucho más hacia nosotros; Centroamérica debería fortalecer sus vínculos con Sudamérica, Asia, China, Rusia, India y todos los espacios que puedan ampliar nuestras posibilidades. Tenemos que mirar hacia el Pacífico, aprovechar nuestros dos océanos, construir una industria, desarrollar energía, ciencia, transporte e infraestructura y crear mercados propios. No para abandonar a Estados Unidos ni para sustituir una potencia por otra, porque eso sería repetir el mismo error con otro nombre. La idea es mucho más sencilla: que nadie vuelva a ser nuestra única puerta de entrada al mundo.
También necesitamos recuperar algo que parece antiguo, pero que para mí es fundamental: la voluntad de construir patria. No hablo de nacionalismo vacío, banderas agitadas y discursos que duran hasta que aparece el primer cheque. Hablo de comprender que una nación requiere sacrificios, continuidad y una idea de futuro. Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Panamá y Belice tienen diferencias pequeñas, pero comparten algo que no estamos utilizando: una proximidad geográfica y humana extraordinaria. Tenemos problemas que ningún país resolverá completamente por su cuenta. Migración, seguridad, energía, alimentos, transporte, agua, comercio, educación. Todo está conectado. Y mientras nosotros sigamos pensando cada problema dentro de una frontera pequeña, las potencias seguirán pensando sobre nosotros desde una escala continental.
Por eso mi consejo sería bastante radical: hay que recuperar la voluntad de poder. No en el sentido vulgar de dominar a otros, sino en el sentido de querer decidir sobre nuestra propia existencia. Un pueblo sin voluntad termina siendo administrado por cualquiera que tenga más fuerza. Un pueblo con voluntad puede equivocarse, fracasar, corregir y volver a intentarlo, pero al menos escribe su propia historia.
Y aquí está mi mayor crítica a Centroamérica: hemos confundido la prudencia con el miedo, la paz con la inmovilidad, la cooperación con la obediencia y la modernidad con la imitación. Nos hemos convencido de que nuestra pequeñez geográfica nos condena a la insignificancia. No es cierto. Lo que nos condena es haber interiorizado esa idea.
Así que, si pudiera cambiar una sola cosa, cambiaría la forma en que Centroamérica se piensa a sí misma. Todo lo demás podría comenzar desde ahí: la integración, la producción, la educación, la política exterior, la defensa de nuestros recursos y la construcción de una cultura propia. Porque una región que se reconoce como sujeto puede empezar a disputar su lugar en el mundo. Una región que acepta ser objeto de decisiones ajenas puede tener presidentes, congresos, banderas y elecciones durante cien años y continuar exactamente en el mismo sitio.
Y por eso mi diagnóstico final es bastante duro: Centroamérica no está condenada por su tamaño, ni por su pobreza, ni por su geografía. Está atrapada por una idea que aprendió a tener de sí misma. Mientras no rompamos con esa idea, seguiremos viviendo en países que poseen muchísimo más de lo que imaginan y utilizan muchísimo menos de lo que tienen.
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