Por Alberto Erazo Castro
El mundo atraviesa actualmente una transición tectónica en la distribución global del poder, un proceso mediante el cual el eje histórico atlántico, centrado durante décadas en Washington, Bruselas y Londres, comienza a mostrar señales evidentes de desgaste, mientras emergen nuevas potencias continentales y civilizacionales dispuestas a disputar la arquitectura del orden internacional. Rusia, China, India e incluso actores regionales como Irán adquieren un peso creciente dentro de un sistema internacional cada vez más multipolar, al tiempo que Estados Unidos deja progresivamente de ocupar la posición incontestable de «primer violín» que mantuvo después de la caída de la Unión Soviética.
Cuando Xi Jinping habla, conviene escuchar con atención. No porque sea infalible, sino porque representa a una potencia que piensa en términos históricos y de largo plazo, algo cada vez menos frecuente dentro de las democracias occidentales contemporáneas, atrapadas en ciclos electorales breves, propaganda mediática constante y una creciente fragmentación interna. Lo mismo ocurre con Putin. Ambos actúan desde una concepción de Estado civilizacional, alejada de la lógica publicitaria de dirigentes convertidos en productos políticos. Precisamente por ello, las campañas mediáticas occidentales contra Moscú y Pekín han alcanzado niveles de histeria semejantes a los utilizados durante la Guerra Fría, repitiendo patrones propagandísticos que resultan fácilmente reconocibles.
La cuestión de Taiwán continúa siendo uno de los principales puntos de fricción global. Pekín considera la isla una cuestión interna y estratégica, mientras Washington incrementa gradualmente el suministro de armas, el asesoramiento militar y el respaldo político a Taipéi, siguiendo un esquema que recuerda cada vez más al modelo ucraniano. La diferencia radica en que China, pese a mantener una actitud prudente y cautelosa, ya no es la potencia de hace veinte años. Su modernización naval y misilística ha transformado de manera profunda el equilibrio militar en Asia-Pacífico, especialmente mediante sistemas como los DF-21 y DF-26, concebidos para dificultar la proyección del poder estadounidense en la región.
Sin embargo, lo verdaderamente decisivo no ocurre únicamente en el terreno militar, sino también en el económico y financiero. Desde hace años, el bloque BRICS dejó de ser una simple sigla económica para convertirse en el núcleo de un proyecto geopolítico alternativo orientado a reducir la dependencia del sistema financiero dominado por Occidente. A los miembros originales, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, se han incorporado oficialmente nuevos actores como Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos, mientras otros países mantienen solicitudes activas o fórmulas de asociación estratégica.
La incorporación de Irán resulta especialmente significativa porque revela hasta qué punto el BRICS ha dejado de funcionar únicamente como plataforma económica para transformarse también en un espacio de coordinación política entre Estados sancionados, potencias revisionistas y países del llamado «Sur Global» que buscan ampliar su margen de maniobra frente a la órbita occidental. Irán, sometido durante años a sanciones estadounidenses y europeas, encuentra respaldo diplomático, corredores comerciales alternativos y nuevas vías de integración energética y financiera.
Paralelamente, el proceso de desdolarización avanza, aunque de manera más lenta y compleja de lo que muchos entusiastas imaginaban en 2023. El dólar continúa siendo dominante en el comercio y las finanzas globales, pero una proporción creciente de los intercambios energéticos y comerciales entre países BRICS se realiza en monedas nacionales. Rusia y China, por ejemplo, comercian masivamente en rublos y yuanes, mientras Moscú impulsa mecanismos financieros alternativos al sistema SWIFT.
No obstante, el bloque BRICS también enfrenta contradicciones internas importantes. India mantiene tensiones con China; Brasil evita convertir el bloque en una alianza abiertamente antioccidental; y países como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita conservan vínculos profundos con Washington. El BRICS todavía se encuentra lejos de constituir una alianza militar o una estructura cohesionada comparable a la OTAN. Funciona, más bien, como una plataforma flexible de cooperación entre potencias que comparten el interés de limitar la hegemonía occidental sin necesariamente coincidir en todos sus objetivos.
La guerra de Ucrania aceleró muchos de los procesos mencionados. Las sanciones masivas contra Rusia, lejos de aislarla por completo, incentivaron la construcción de rutas financieras, energéticas y logísticas alternativas entre Moscú, Pekín, Teherán y otros actores euroasiáticos. Al mismo tiempo, el conflicto ha expuesto limitaciones industriales y militares dentro de Occidente, particularmente en Europa, cuyos arsenales y reservas han sufrido un desgaste considerable tras años de transferencias constantes hacia Kiev.
Mientras tanto, Oriente Medio entra en una nueva fase de inestabilidad. El enfrentamiento indirecto, y cada vez menos indirecto, entre Irán, Israel y Estados Unidos introduce un factor explosivo dentro de la transición multipolar. China y Rusia han logrado consolidar vínculos simultáneos con Irán, Arabia Saudita y otros actores regionales, presentándose como mediadores y socios pragmáticos allí donde Occidente aparece cada vez más asociado al caos, las sanciones y la confrontación permanente.
En conjunto, todo apunta a una conclusión evidente: el orden unipolar nacido después de 1991 ya no puede sostenerse con la misma facilidad. El sistema internacional se desplaza gradualmente hacia un escenario multipolar caracterizado por bloques económicos rivales, tensiones tecnológicas, guerras híbridas, competencia energética y conflictos regionales crecientes. Occidente continúa siendo extremadamente poderoso, pero ya no posee el monopolio absoluto del poder económico, industrial, tecnológico y militar que disfrutó durante décadas.
El problema para Washington no reside únicamente en el ascenso de China o Rusia. La transformación más profunda consiste en que un número cada vez mayor de países comienza a actuar bajo la premisa de que el futuro ya no pertenece exclusivamente a Occidente.