Los Choclok, virtud que nace en el Sur; 16 años de poesía que canta al pueblo

Por Varinia de la Cruz

Fotos: Cristian Martínez/Nierika Images/Gabriel Parker

Los Choclok” se hicieron llamar aquel verano del 2009, cuando ganaron un concurso de bandas en el Palacio de Cultura de su pueblo natal, Cosoleacaque, Veracruz.  

     “Choclok”. En su nombre vive un sonido lleno de ternura, como el tronar de un beso, imitando cuando llevas el ritmo de chamaco, jugando con los sonidos,  “tronando la boca”. Ahí nace su nombre de siete letras, de quienes hoy cruzan fronteras, sembrando un mensaje de libertad, denunciando lo injusto, lo desigual, con versos y cálidas melodías, haciéndonos amar a nuestra madre tierra, a sus ríos, a su fertilidad, haciéndonos conscientes de lo que somos. Se lee sencillo, y han pasado 16 años y más. 

     Cuántas historias, intrínsecamente, hay detrás: pasión, experiencia y mensaje, disciplina y verdad. Hay congruencia, hay dolor, hay vidas que no están, hay asaltos a medianoche, hay anhelos perdidos, hay Arte, hay vida.

     Once integrantes: Jacobo Grajales (voz). Sael Giovanni (acordeón). Martín Viche (jarana). Carlos Nava (guitarra). Luis Fernando (guitarra). Oscar Luis (sax). Josai Luis (percusiones). Aldair Mayo (batería). Aldo Rivera (piano). David Cortes (trompeta). Pablo Díaz (bajo).  De Veracruz. Ciudad de México. Hidalgo y Chihuahua.  

     Detrás de una gran banda hoy, hay una mujer que sin duda potencializa el crecimiento, Yamileth Sierra su manager, quien me comenta; “Choclok son una banda que abraza sus raíces y costumbres. Ellos fusionan ritmos latinos, donde sobresale el son jarocho con toques de jazz. Su propuesta tiene un gran potencial, conectando con un público que busca música con mensaje, que busca algo distinto”. 

     Ellos nacieron de manera orgánica y natural, como el maíz en la milpa que crece libre y da alimento espiritual. Y así, paso a paso, a prueba y error, han ido creciendo por una década y media, con seis discos, más de 100 melodías —unas aún guardadas en el portafolio—, y ya hoy los vemos compartiendo los escenarios más grandes en México, como la banda independiente cada día más amada por la gente.

     Su estilo musical, su mensaje,  lírica, su melodía, pertenece a una mezcla mística del Istmo de Tehuantepec, del alma de Tabasco, con la esencia veracruzana, los aires de aliento de Oaxaca, la valentía de Chiapas, debajo del sol del Golfo; la cadencia de Cuba y el Caribe, el color melódico de la vieja Colombia, la resistencia del compás de un camello de Arabia, incluso… todo en un nombre donde habita  nuestra identidad latinoamericana, declarando un mensaje manifiesto de libertad.

     Los estilos y versiones musicales que tejen Los Choclok, como listones que adornan sus versos: vive el Jazz, Reggae, Latin Soul, el afrobeat insistente en cada rola, envuelto por nuestro identitario y ancestral Son Jarocho. 

     Pareciera un nuevo ismo de vanguardia musical, de autor, autores todos.  Creo fervientemente que los músicos son ángeles y brujos blancos que predican con flores, y así, en esa fusión, se escribe día con día el poema de  los Choclok.

Las raíces ancestrales de Los Choclok 

No está demás hablar de su tierra Natal, Cosoleacaque, Veracruz , ciudad ancestral que es, al final, un retrato hermoso de México: un lugar donde la tierra se vuelve música, donde la historia se vuelve canto y donde la identidad se escribe con raíces profundas.

     Cosoleacaque nació mucho antes de tener nombre. Antes de que existieran calles o parroquias, antes de que el aroma del café y cacao impregnara las mañanas, ya había aquí un territorio vivo: un espacio de ríos, ceibas y cedros, mangles y Nacastes,  y caminos de tierra donde andaban los antiguos pueblos popolucas y nahuas. Ellos escuchaban a la naturaleza como se escucha a un maestro: con respeto. De esa relación espiritual surgió su identidad.

     El nombre “Cosoleacaque”, “En el carrizal de los cojolites” (en náhuatl).  —que algunos poetas traducen como “lugar de los cenzontles” o “lugar de las golondrinas”— resume su espíritu: un sitio nacido para el canto, para el movimiento, para la vida que nunca se queda quieta. Desde sus orígenes prehispánicos, fue punto de encuentro entre culturas; un cruce de lenguas, rutas y saberes que lo convirtieron en territorio fértil para la historia.

     Con la llegada de los tiempos coloniales, Cosoleacaque se transformó sin perder su esencia. Surgieron capillas, caminos reales, haciendas pequeñas y un nuevo ritmo social que mezclaba tradiciones indígenas con costumbres traídas de lejos. Sin embargo, el pueblo conservó su corazón: la música, la palabra y la comunidad siguieron siendo su fuerza y resistencia cultural, hasta nuestros días. 

     Durante los siglos XIX y XX, Cosoleacaque se volvió protagonista de su propia narrativa. Mientras México cambiaba, este rincón del sur veracruzano desarrollaba una identidad singular: cálida, trabajadora, festiva y profundamente arraigada. 

     Aquí nacieron leyendas que aún se cuentan al caer la tarde, historias de familias que levantaron al pueblo con esfuerzo y serenidad, y tradiciones que pasaron de generación en generación como si fueran herencia sagrada, como el telar de cintura, riqueza de humanidad consagrada en manos de su pueblo,  como los sagrados versos del son jarocho, son del Monte, son campesino. 

     El pueblo creció apoyado en su gente: campesinos, músicos, obreros, maestras, artesanos y soñadores. Y con los años, una certeza se hizo evidente: Cosoleacaque no es solo un lugar, es un modo de sentir el mundo. Su música —especialmente la jarocha y la tradición del sur— se convirtió en la respiración profunda de su cultura. Sus fiestas, llenas de color y raíz, hablaron siempre de resistencia y orgullo.

     Hoy, Cosoleacaque es un municipio moderno que sigue caminando con la memoria en la mano. Su historia se refleja en sus calles, en su gente y en la calidez que solo tienen los pueblos que crecieron sin olvidar de dónde vienen. En cada esquina hay un eco del pasado, en cada familia un cuento heredado, y en cada celebración la certeza de que aquí la vida tiene un ritmo propio.

     Su ritual melódico ancestral es el Son jarocho, el son campesino de tarima, su centro sotaventino, como base del origen musical de Choclok y como el alma de todo sus versos. No es solo música: es una memoria viva. En cada cuerda, de Leona o requinto, en cada golpe del zapateado y en cada verso que nace improvisado, se escucha el diálogo profundo entre las tres raíces que dieron forma al Veracruz de hoy: la indígena, la africana y la española. 

     El son es el espacio donde esas historias se encontraron, se abrazaron y crearon un lenguaje nuevo. De los pueblos indígenas viene la relación sagrada con la tierra y el ritmo que imita al río, a los pájaros, al viento. De África heredamos el pulso del tambor, de la percusión y alma terrenal, la energía del cuerpo que baila para sanar, la libertad del canto que se eleva sin permiso. De España llegó la décima, la poesía estructurada, la jarana que guía la melodía y la tradición de cantar lo que duele y lo que alegra.

De las tardes en la esquina del barrio,  al escenario

Desde Cosoleacaque, ese rincón cálido donde la tierra huele a historia y el viento trae consigo la cadencia del son, surgió hace 16 años la banda Los Choclok, nacieron del deseo de hablar con voz propia, de ponerle palabra a su comunidad, ritmo a la nostalgia y corazón a cada noche que se quedaban despiertos. Ellos no buscaban fama: buscan y encuentran transmitir con claridad  su mensaje, fórmula ancestral del río, fluir para llegar al mar.

     En sus inicios, cuando el escenario está en la banqueta de la esquina de la cuadra, los integrantes descubren una certeza que los acompaña: la música que se hace con pasión no necesita permiso. 

     Así nació su estética, emocional, honesta, luminosa y cruda a la vez. Versos que no temen hablar de amor, de memoria, de piel, denunciar con cumbia, hablar por los  jóvenes desaparecidos, hacer versos dignos a la mujer y su belleza, a la madre tierra, del hombre y su destrucción causada irresponsablemente, del pez y espina, del sol y la sabana africana, del desierto metamorfoseando a la soledad, del río nostálgico. El canto del pueblo es  su voz.  

     Durante sus primeros discos, Los Choclok apostaron por un sonido íntimo. Muchas de sus letras giraban alrededor de esa búsqueda de conexión profunda: en una conversación con la voz del anciano que responde, y la voz que pregunta: “ Anciano, que me cuentan del ayer, si un recuerdo es más fuerte que el presente, veteranos de injusticia con hambre, cómo hicieron para no bajar la frente”. 

     Así, los miles de seguidores,  descubrieron en ellos algo más que un grupo: encontraron un refugio emocional.

     Con los años, su propuesta maduró, la escritura más fina y el ritmo más valiente. A medida que crecían, crecían también sus escenarios y su público. Sus canciones han sido cantadas en el Vive Latino, Cumbre Tajín, Festival Internacional de Jazz; Lunario del Auditorio Nacional (CDMX), y tuvieron una gira internacional por Bogotá, Colombia.

     Les ha tocado compartir escenario con destacados músicos y bandas, tales como: Enanitos Verdes, Los Bunkers, Chico Trujillo, Eugenia León, Los Músicos de Jose, Akil Ammar, Los Rastrillos, Troker, Natalia Lafourcade, Sonex, Caligaris, Cimafunk, Charles Ans, Los Cojolites, Los Pericos, Los Cafres y muchos otros, teniendo como resultado featurings con La Santa Cecilia, Los Super Caracoles, Akil Ammar y Los Aguas Aguas. Además, de verlos en el fandango del pueblo, impulsando la cultura tradicional, o haciendo campaña para plantar árboles, o cuidar las culebras en su hábitat natural.  

     Choclok no es solo una banda: es una identidad.. En su música se mezclan la sensibilidad y el canto del pueblo latinoamericano. Herederos de un movimiento cultural nacido en Xalapa, la meca de la música y las artes en nuestro país. Ellos, en sus conferencias, reconocen  la influencia y el camino que abrieron quienes los anteceden como Los Cojolites de Jáltipan, Son de Madera, Sonex, y Aguas aguas, grupos representativos del centro de Veracruz, que han recorrido el mundo difundiendo la cultura veracruzana.

     La fuerza de Choclok radica en su autoría absoluta. No repiten fórmulas, no buscan moldes ajenos, no se disfrazan: escriben desde la fibra más íntima. Sus versos nacen de la vulnerabilidad, del deseo, del amor y de esa nostalgia que solo conoce a quien ha crecido entre ríos, calor, calles vivas y memorias familiares. Cada canción es una confesión que respira; cada frase es evidencia de una vida que se ha sentido a profundidad.

     “Y hoy me encuentro caminando en un desierto que no tiene ilusión, que un día fue mar, y que el tiempo secó, ya la sombra no me guarda ni siquiera de los rayos del sol, la noche no es segura para mí, la luna de cuidarme se cansó”. Desierto. 

     Con el tiempo, Choclok se ha convertido en una referencia. Su mensaje deja huella porque no pretende imponer nada, solo compartir una manera de sentir. En esencia, Choclok es un acto de autenticidad convertido en música. Un espejo emocional del pueblo, latinoamericano. He aquí algunas de sus respuestas. 

—  ¿Cómo nace el mensaje de Choclok? 

Jacobo Grajales —Nipón, le llaman de cariño—, quien tiene la sensibilidad de escuchar el verso de un dolor que causa la espina de juile en la voz de una niña y hacerlo canción, quien mira a cada animal como congénere y recuerda a su perrita Chepina. Jacobo, miembro fundador, voz y también compositor en la banda, me dice:

—Yo, en lo personal, trato de hablar de temas que son de nicho, pero al mismo tiempo trabajarlos de alguna forma en la cual todos los puedan interpretar. Hablamos del campo, de la tierra, de las carencias que nosotros mismos hemos creado hacia la naturaleza, la sociedad. La cultura, que al final es lo que nace y converge de la relación entre las personas y la naturaleza. Eso es lo que trato de abordar y de generar conciencia, al mismo tiempo diciendo de forma tajante y directa en la letra de Los Choclok.

A veces son canciones que tal vez no son tan fáciles de interpretar, pero son honestas en su sentir, en lo que dicen y en lo que expresan. Y siempre tratamos como de ver eso: cómo nosotros, personas del sur de Veracruz, vemos nuestro entorno y reflejar hacia los demás.

¿Cuál es tu ritual para bosquejar una nueva melodía? 

— Algo que yo siempre hago es tomar una guitarra, empezar a buscar acordes y, sobre los acordes, ir pensando en lo que en ese momento está ahí presente. Y empiezo a buscar líneas que vayan; no necesariamente deben tener rima, pero que sí tengan la libertad creativa de jugar con las palabras y con el significado de cada una de estas, y así ir creando una canción. 

A veces me cuesta un poco hacer canciones que tengan un coro, pero se lo busco, porque al final se trata de buscar una canción que también las personas puedan sentir, digerir y quedarse con ellas, y la puedan hacer propia.

Cuando yo le muestro una canción a los demás —porque todos tenemos la libertad de aportar, de dar opiniones—, a veces lo que escribo como un reggae, por ejemplo, termina siendo una cumbia, termina siendo otra cosa. Eso potencializa la identidad de la banda, porque al final no se trata de una sola persona, sino de todos. Y al sentirnos a gusto con el resultado, podemos darle una mayor fuerza que genere un mejor alcance y que puedan interpretar, porque es más fácil que doce personas te lo expliquen a que te lo explique una sola persona, tal vez.

—  ¿Cuál ha sido el mayor aprendizaje?

— Nos hemos dado cuenta que todo puede cambiar de un día para otro, que lo que creíamos imposible, para bien y para mal, es posible. Estamos tratando de armonizar esta parte de ser humanos y responsables con el discurso que traemos, como también la vida misma, y también vivir, porque a veces priorizamos un show, esta parte de querer ser músicos, y dejamos esta parte de ser humanos. 

Tratamos de ir de la mano con eso; eso nos ha enseñado estos años a tener más empatía, tener más conciencia y, al mismo tiempo, tratar de estar preparados de que todo esto puede cambiar en cualquier momento.

Sin duda, en estos años, en lo que escribimos se refleja un cambio. Hay una parte donde se empieza a marcar desde hace aproximadamente cinco o seis años para acá, la forma en la cual nuestras canciones direccionan cierto sentir, algo que las personas puedan interpretarlo con mayor facilidad y hacerlo suyo, porque al final de cuentas eso es lo que estamos buscando: ser solidarios y buscar cierto sentido de comunidad de nuestra música. Porque no sabemos cuándo vamos a necesitar, cuándo vamos a tener que comprender que no estamos solos y que los demás también necesitan de nosotros. 

Eso principalmente: ser más cuidadosos, cuidarnos más, estar cuidándonos físicamente y emocionalmente. Es lo que nos va a tener más preparados para todo lo que pueda venir.

—  Choclok, el verso que denuncia la injusticia social… 

Con los temas sociales enfrentamos lo que sucede  y seguimos cada vez sorprendiéndonos de lo que está sucediendo y hablamos de cosas que están sucediendo no solo en Veracruz sino en otros lugares, y es una responsabilidad que como banda también tenemos. Comentó el artista veracruzano. 

“Cuando muera la belleza

De los montes y el paisaje 

Cuando termine el ultraje 

De nuestra naturaleza 

Llanto dolor y tristeza 

Por el mundo reinarán

La tierra se quedará

Sin vida, sin horizonte

Y sin el canto del monte 

El hombre perecerá 

Y sin el canto del monte”.    

Corazón del Monte. 

La poesía de Los Choclok

El sur de Veracruz se escucha en su forma de rimar: un ritmo que fluye como río, una cadencia que recuerda al son jarocho sin imitarlo, una energía que lleva el pulso afroindígena del territorio. Los Choclok son modernidad y raíz, calle y poesía, cuerpo y pensamiento. Su originalidad viene de esta mezcla: un pie en la tradición y otro en la exploración de los sonidos, el verso, incluyendo el latir y compás que vive el pueblo.

     Su Poesía Lírica, con palabras nahuas de usos y costumbres del pueblo ancestral, “ Tu alejo” “ Lontananza” composiciones poéticas adaptadas a una estructura musical que las hace una plegaria cantada por su público, donde se identifican con el verbo y el sentimiento. La metáfora es un recurso existente en cada canción, la imagen que nos lleva a ver las olas, a sentir el calor de la sabana africana, el abandono de la Luna. En sus letras la poesía vive y resucita. 

Escucharlos en vivo es…

Quien los escucha sabe que no están frente a un grupo cualquiera. Arte musical, sin duda: ritmo, alegría, poesía que se declara y hace cimbrar el lugar. En sus melodías palpita la honestidad que decide no suavizar lo que duele ni exagerar lo que emociona. Por eso su música impacta profundamente: porque proviene de un lugar sincero. Y esa sinceridad se traduce en confianza. El público los reconoce como una banda que escribe lo que vive y vive lo que canta.

     Los Choclok, la virtud de once almas unidas en un mensaje coordinado y digno de sus raíces, cantando con pasión, declamando sus versos al público, haciéndolas suyas, nuestras, de todos para todos. 

    

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