Por Rivelino Rueda
Fotos: Edgar López/Q.E.P.D.
REVERSOS.- El trayecto fue largo desde la capital oaxaqueña hasta San Pedro Pochutla, con una parada en Santa Cruz Xoxocotlán. Habrán sido unas ocho horas de camino por la Sierra de Juárez. Alguien comentó a bordo de la camioneta, medio en serio, medio en broma, que esa era una zona bajo influencia del Ejército Popular Revolucionario (EPR).
-–Imaginen que nos metan unos troncos a mitad de la carretera—comentó un compañero reportero de radio.
-–Pues a sacar fotos y a hacer entrevistas—respondió otro periodista entre carcajadas.
Por ahí de las nueve de la noche llegamos al último punto de la gira de campaña de Andrés Manuel López Obrador de ese día. Era el 15 de marzo de 2006. Nos tardamos más de la cuenta porque el convoy fue detenido en seis ocasiones por pobladores de las comunidades serranas para darle su apoyo y para reiterarle que “no iban a permitir otra chingadera como la que le hicieron en 1988 a (Cuauhtémoc) Cárdenas”.
No era descabellado el diálogo que se dio en ese momento sobre el EPR. En tres meses se iban a cumplir diez años de la aparición de esa organización guerrillera durante un acto conmemorativo en el vado de Aguas Blancas, Guerrero, por el primer aniversario de la masacre de 17 campesinos en ese sitio, el 28 de junio de 1996. La irrupción del grupo armado se dio luego de un discurso de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
También pesaba el hecho de que hacia el punto donde nos dirigíamos, el 31 de agosto de 1996, el Ejército Popular Revolucionario ejecutó sus primeras acciones militares. Ese día, los eperristas tomaron por casi una hora el poblado de La Crucecita, en Santa María Huatulco. Ahí se enfrentaron con elementos de la Marina, de la Policía Judicial Federal y policías de Oaxaca. El saldo fue de 11 muertos por parte de las autoridades federales y estatales. Del lado de los guerrilleros también se reportaron 11 muertos y dos heridos.
Faltaban dos meses para el estallido del conflicto magisterial en Oaxaca. Pero en las calles de la capital de ese estado ya se percibía una atmósfera tensa. Bardas, paredes y volantes pegados en postes comenzaban a hablar: “URO (Ulises Ruiz Ortiz, gobernador priista del estado) asesino”. “¡Alto a la represión de maestros! Sección 22-CNTE”.
En las crestas más altas de la crisis se documentó que miembros del EPR y de una de sus escisiones, las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP), participaron de manera activa en las movilizaciones de los maestros oaxaqueños, que se dieron entre mayo y noviembre de 2006 y que culminaron con la ocupación policiaca-militar de la capital del estado por órdenes del entonces presidente panista Vicente Fox.
La travesía fue alucinante. La sierra oaxaqueña es una especie de paisaje de otro planeta. Las cañadas, los acantilados, la interminable vegetación, las comunidades enclavadas en cerros y montañas. La neblina impenetrable, la lluvia repentina, el sol buscando una salida entre la cerrada naturaleza; un arcoiris, ahora sí, y ahora no.
Neblina en este tramo. Oscuridad cerrada a las cuatro de la tarde por zonas donde los árboles impiden que los rayos solares toquen el asfalto de la carretera. Silencios escalofriantes. El barullo repentino de pobladores apostados al filo de la carretera que veían pasar el convoy de cuatro camionetas blancas.
Las muestras de apoyo al candidato de la alianza ‘Por el Bien de Todos, Primero los Pobres’ (PRD-PT-Convergencia) en una de las regiones más olvidadas de México se observaban continuamente. Hay noches en que todavía se sueña ese trayecto.

Curvas infinitas. Neumáticos machucando el borde del camino. Los desfiladeros allá abajo. Precipicios iluminados con tonalidades rosas, azules y anaranjadas en el atardecer zapoteco. Pinos, encinos, abetos, madroños que se suceden uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro, como ráfagas de tormenta. Frituras, cacahuates, nueces. Lo que sea. Un sorbo de agua para aliviar la sed y el hambre.
Y allá, a unos metros, en la ruta que serpentea entre pendientes y declives, se alcanzaba a ver el auto de avanzada. Detrás aparecía la camioneta donde viajaba López Obrador y su primer círculo, el más compacto: Nicolás Mollinedo, ‘Nico’; César Yáñez Centeno y el general Audomaro Martinez Zapata.
A ambos vehículos le seguían el paso, como desde tres meses atrás, “La Machuchona” y “La Camajana”, las camionetas blancas tipo Van que fueron bautizadas así por los reporteros que cubren la campaña de López Obrador. Dos vocablos tabasqueños que hizo famosos en candidato presidencial de las izquierdas cuando fue Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal (2000-2005). “Machuchón”, para referirse a los “mandamases del país”, a la “mafia del poder”, y “Camaján” para describir a los políticos que viven a costa de los demás.
De la ventanilla del candidato presidencial, de vez en vez, salía humo de un cigarrillo encendido. De esos de la marca Raleigh, que eran los que habitualmente consumía el tabasqueño hasta que sufrió un infarto al miocardio el 3 de diciembre de 2013, el mismo día que inició la discusión de la reforma energética de Enrique Peña Nieto en el Senado de la República y las protestas de sus simpatizantes afuera del recinto legislativo de Paseo de la Reforma.
Unas últimas nubecillas violáceas descendieron hasta las copas de los árboles. Parvadas de aves dieron su última ronda por los acantilados para luego desaparecer entre el follaje de gigantescos arbustos. A las seis y media de la tarde caía un telón negruzco. Así otras dos horas de camino. Por ahí de repente resplandecía un enjambre de luciérnagas. Algunos focos encendidos de un poblado. Relámpagos en el firmamento. La bóveda celeste.
Con tres horas de retraso llegó la caravana a San Pedro Pochutla, localidad situada a 40 minutos de Huatulco. A un kilómetro de arribar a ese pueblo se notaba una nube anaranjada en medio de la implacable noche de marzo. Hubo inquietud entre los compañeros que íbamos en la camioneta. Un profundo silencio se apoderó de todos.
-–Nos van a linchar por colgados, pero es que el Peje se pasa deveras— comentó un fotorreportero y se rompió un poco la intranquilidad.
Unos doscientos metros antes de la garita de entrada a San Pedro Pochutla comenzaron a observarse decenas de personas enarbolando antorchas. Las camionetas frenaron repentinamente y el excandidato presidencial descendió del vehículo en que viajaba.
Un alarido de apoyo se escuchó en la noche cerrada, en medio de ese espectáculo estremecedor con las decenas de antorchas iluminando la negrura del cielo y de la sierra.
Así avanzó la comitiva unos cuatrocientos metros, flanqueado por cientos de lugareños agitando palos de fuego anaranjado. Lo que llamó la atención es que algunos de ellos iban embozados y no acompañaron la caravana hasta la calle principal de San Pedro Pochutla, donde se desarrolló el mitin. Más bien dieron media vuelta y se perdieron en la oscuridad de las montañas.
Las pavesas hacían remolinos al paso de López Obrador. Las volutas de humo penetraban fuerte en las fosas nasales. La madera quemada del pino, aderezada con petróleo, provoca picazón en la garganta. Los ojos lagrimean. Hay estornudos repentinos. La boca se reseca en segundos… San Pedro Pochutla estalló en una sola consigna: “¡Pre-si-den-te!” “¡Pre-si-dente-!” “¡Es un honor, estar con Obrador!”
Rodrigo, el muchacho guerejo, fornido, de unos 25 años que conducía el vehículo, preguntó que si nos bajábamos ahí o si nos íbamos con él en la camioneta hasta las calles que estaban atrás del templete donde López Obrador encabezaría el mitin de campaña, pero advirtió que teníamos que darle toda la vuelta al pueblo. Cuatro reporteros determinamos acompañarlo.
Eran algo así como 500 metros los que tenía que recorrer el candidato presidencial desde donde se bajó del automóvil en que viajaba hasta la tarima principal. Medio kilómetro tupido de personas que esperaron un retraso de tres horas.
Las camionetas avanzaron por las calles de Pochutla en medio de la noche. Todavía no terminábamos de asimilar el recibimiento con las antorchas cuando otras imágenes nos dejaron sin palabras. Todas las casas que vimos en el trayecto, todas, estaban vacías, con las luces apagadas. Una tras otra, una tras otra. Y así todo el trayecto. Todo el pueblo estaba en el centro, en el mitin.
A estirar las piernas y a encender un cigarro. López Obrador todavía no llegaba al templete. Habían pasado 20 o 30 minutos desde que lo habíamos visto por última vez bajándose de la camioneta y aún no había terminado de recorrer esos 500 metros de remolinos de gente que se apretujaban para estrechar la mano o darle una palmadita en la espalda o en los hombros.
Compré un refresco de cola en una farmacia y fui a recargarme en un automóvil. Casi en la nuca recibí una pregunta a bocajarro. Voltee y era un muchacho como de 20 años, moreno, de ojos negros, muy abiertos.
–¿Cómo?—pregunté destanteado.
–¿Que si vienen con Obrador?
–Sí, pero de prensa.
–Ahhh… ¿Del deéfe?
–Sí, de allá mero.
–¿Se vinieron por la Sierra?
–Sí. Todavía vengo impactado con los paisajes.
–Ja, ja, ja, ja, ja… Y eso no es nada.
–No hay nadie en sus casas, ¿verdad? ¿Todos andan por acá?—pregunté al joven, todavía sin poder dar crédito.
–Así es, todos andamos por acá.
Faltaban unos veinte minutos para que el reloj marcara las once de la noche y López Obrador estaba en la parte final de su discurso. Los pochutlenses escuchaban atentos las palabras del candidato, pero una y otra vez lo interrumpían con aplausos, arengas y gritos. Encendí otro cigarro, sería el cuarto o quinto desde que nos bajamos de las camionetas.
Tomé notas en un cuadernillo de hojas frágiles por la humedad de la costa oaxaqueña y por las gotas de sudor que le habían caído en las últimas semanas.
No dejaba de pensar en el recibimiento con antorchas, en las imágenes de la sierra y en las casas vacías… En las palabras que la gente le había dicho a López Obrador en Guerrero, Michoacán, Chiapas, Tabasco, Sinaloa, Veracruz, Michoacán, Hidalgo y, por la mañana, en Santa Cruz Xoxocotlán:
“¡Ya no vamos a aguantar una chingadera más de fraude!” “¡Nos levantamos en armas si hacen otra chingadera!”
El muchacho seguía a mi lado. No aceptó ni el cigarro que le ofrecí ni un refresco. Observaba atento hacia el estrado.
–¿Y sí hay guerrilla por acá?—le pregunté a quemarropa.
–¿Cómo?—respondió y delató una sonrisa que indicaba que había entendido perfectamente la pregunta.
–¿Que si hay guerrilla por acá?– insistí.
–¿Los recibieron con antorchas ahí en la entrada?—reviró con tono pausado y con los ojos bien abiertos. No sudaba, a pesar de la espesa humedad.
–Sí—respondí mientras intentaba contener con un paliacate las gruesas gotas de sudor que escurrían por el rostro.
–Pues varios de los que estaban ahí son guerrilleros.

Por la vía electoral
El conflicto postelectoral de 2006 no estuvo exento de voces que pedían la vía armada. Andrés Manuel López Obrador no cayó en la tentación de llamar a un levantamiento generalizado en todo el país a la población inconforme con los polémicos resultados electorales.
Destrozado mediáticamente por el “plantón” en el corredor Zócalo-Paseo de la Reforma, exactamente como lo vivió en carne propia Cuauhtémoc Cárdenas tras los controvertidos comicios de 1988, el candidato presidencial de los partidos de izquierda optó por una acción de resistencia civil en lugar de un irresponsable derramamiento de sangre.
A Cuauhtémoc Cárdenas le pedía la gente “tomar Palacio Nacional” y el michoacano optó por canalizar el descontento con la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), en 1989.
A López Obrador le exigían “no dejarse y llamar a un levantamiento” luego de las elecciones de 2006, pero el tabasqueño optó por un plantón en una de las principales vialidades de la Ciudad de México.
Después, el tabasqueño determinó participar por segunda ocasión por la Presidencia de la República, pero antes, el 2 de octubre de 2011, consolidó una plataforma social que en 2014 obtuvo su registro como partido político nacional, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), y que cuatro años más tarde, en 2018, ganó las elecciones presidenciales con el 53.19% de la votación, es decir, poco más de 30 millones de votos.
En las derrotas electorales de 2006 y 2012, la vía democrática se impuso. No hubo que “soltar al tigre”, como advirtió López Obrador ante banqueros en la campaña presidencial de 2018, si se presentaba otra triquiñuela en los comicios.

Sin el pueblo, nada
Pasaban de las dos de la madrugada de aquel jueves 16 de marzo de 2006. El sueño era uno de los objetos más preciados en esa etapa de campaña. Todos dormían en un hotel de Huatulco, Oaxaca. Los golpes en la puerta de la habitación donde dormía Andrés Manuel López Obrador se hicieron más insistentes. Tenues, pero insistentes.
La gira proselitista de esa jornada había sido especialmente agotadora, desgastante. En unas cuatro horas había que partir a la región del Istmo de Tehuantepec.
El candidato presidencial del bloque de izquierda entreabrió el portón. Por la ranura observó a una anciana, con un traje típico de la región y con un sobre amarillo en su mano derecha. La mujer le extendió el sobre. Le pidió al tabasqueño que no les fallara. López Obrador le besó la frente. La viejecilla dio media vuelta y caminó sola por el largo pasillo. Se fue así nada más.
Al amanecer corrió la noticia. Nadie daba crédito a la historia. Fue el mismo candidato el que la confirmó horas más tarde.
Desde su primer mitin proselitista, el 8 de enero de 2006, en el municipio de Metlatónoc, Guerrero, hasta el último en el Estadio Azteca, en la Ciudad de México, el 27 de junio de 2018, López Obrador mantuvo una cercanía determinante con los únicos responsables de construirlo como personaje y figura política: el pueblo, los ciudadanos, sus electores.
“Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. “El pueblo es mucha pieza”. “Yo sólo me hinco ante el pueblo”. “El pueblo es sabio”. “El pueblo pone y el pueblo quita”. La palabra “pueblo” para todo. La desgastada. La deslavada. La desvirtuada. La itinerante. La que no dice nada pero lo resume todo.
La que nunca se cansó de repetir esa figura que se forjó y se fortaleció en la oposición, y que mutó y evolucionó a la anatomía de un presidente en México. Pero habría que esperar 12 años más.
El itinerario de ese día de campaña (16 de marzo) era Salina Cruz, Juchitán de Zaragoza, Ixtepec y Matías Romero.
El primer mitin marcó el derrotero de la contienda presidencial de 2006. En medio del horno casi primaveral del Istmo de Tehuantepec, con 43 grados centígrados cayendo implacables sobre el puerto de Salina Cruz, López Obrador se colocó un sombrero de paja antes del acto proselitista.
Cuando el tabasqueño subió al templete, alrededor de su cuello y de sus hombros colgaban decenas de collares de flores que le fueron colocados por sus simpatizantes. Minutos después el candidato repitió la famosa frase que dedicaba al entonces presidente panista, Vicente Fox Quesada, para que “sacara las manos” de las elecciones:
“Ya le tuve que decir despacito, porque yo no hablo de corrido, le dije ‘cá-lla-te-cha-cha-la-ca’”.
Ese instante, esos segundos, representaron oro puro para los estrategas de campaña del candidato del PAN, Felipe Calderón Hinojosa.
En dos semanas esa imagen se transformó en uno de los spots más efectivos para la campaña del abanderado de las derechas, para las cúpulas empresariales, para la iglesia católica, para la Presidencia de la República, para los detractores de López Obrador.
La pieza cerraba con la frase “López Obrador, un peligro para México”. Ahí cambió todo. En ese acto de campaña. En Juchitán, Oaxaca. Lo demás es historia. La historia de las elecciones de 1988 que se repetiría en 2006.
De nuevo, había que “amarrar al tigre”.
@RivelinoRueda