Por Pepe Estrada
Amo la soledad tanto como odio en quien me he convertido.
Y, si lo pienso bien, ¿cómo no la voy a amar?, si es lo único que he conocido.
Sé cuál es el problema en mí, y sé que no tengo solución —vaya que lo he intentado—, pero he aprendido a vivir con eso.
Al final del día, yo continúo siendo yo, y eso nunca va a cambiar… o, por lo menos, eso fue lo que pensé hasta hace un par de noches.
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Como siempre en mi miserable vivir, hay días regulares, malos y peores.
Y este 7 de octubre parecía uno regular, pero resultó ser el peor de toda mi vida.
Regresé tarde a casa, después de una jornada larga en la fábrica y un par de cervezas.
Quiero aclarar e insistir en esto: ese día NO estaba borracho.
Tal vez más aletargado que cuando estoy sobrio, pero para nada al grado de perder la conciencia, como ese vago que dormía entre heces y orina bajo el puente, a dos calles de mi casa.
Si que odió a ese vago.
No es que haya cruzado palabra alguna con él en la vida.
Pero su sonrisa macabra, sus dientes podridos —me perturban en lo más profundo de mis huesos.
Camino a casa crucé la calle cerca del puente —es un sendero oscuro, con un aire de melancolía y tristeza—, y ahí estaba, el inmundo vago, siempre amable, siempre sonriente.
Levantó la mano y me saludó.
Seguí mi camino sin voltear a verlo, pero me llena de ira su sola presencia.
Aunque debo decir que no soy un tipo violento.
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Llegué a casa y miré el viejo arco gótico que da la bienvenida a la vecindad.
Fue al momento de cruzarlo que me sentí miserable y asustado. Una presión invadió mi pecho. (No confundir con un ataque de ansiedad; esos los conozco bien).
Esta fue más bien una advertencia de que algo terrible iba a pasar. Todo me decía que no debía cruzar ese maldito arco gótico.
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Del otro lado, algo me reconfortó: fui recibido por el maullido de ese gato negro callejero al que diario le doy de comer, mi único amigo en la vida.
Un animal fantástico: grande, fuerte, mantiene a las ratas alejadas de mi casa.
Cuando por fin entré, fui directo al refrigerador para servirle hígados crudos al gato. Fue en ese momento, cuando olí los hígados crudos, que la angustia regresó a mí.
En la casa había algo diferente… algo no natural… algo maligno que me estaba acechando.
Eran poco más de las once de la noche y estaba cansado, así que me recosté en un viejo sillón.
Al mirar mi reflejo en el vidrio de la ventana, fue que todo sucedió.
Desaparecí de este plano existencial.
¿Veinte o treinta minutos? Tal vez tres horas.
¿Cómo lo iba a saber?
Estuve perdido en la nada, encerrado en la oscuridad.
Aunque para mí el tiempo no tuvo sentido, lo que encontré al despertar me enseñó que el tiempo fue más de lo que pensé…
y que el maligno había cumplido su cometido.
Cuando regresé a la vigilia, estaba tirado en el piso del baño: aturdido, golpeado, adolorido y en un charco de sangre que no era mía.
¿Qué hice? ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué aquí?
Estaba recostado en el sillón, y un momento después estaba tirado en el baño, con un machete que no es mío, la cabeza decapitada de mi amigo gato… y una mano cercenada de no sé quién.
Me incorporé como pude.
Estaba alterado y confundido.
Con un temblor incontrolable, me alejé de la mano y de la cabeza de Plutón, y corrí a mi habitación.
Con la imagen de la sangre, la mano y la cabeza decapitada, me dejé caer en la cama e hiperventilé, intentando comprender la situación… y elucubrar los hechos.
Conclusión: alguien, o algo, se apoderó de mí. Decapitó al gato. Mutiló al vago del puente.
Desde ese momento, he decidido contener el sueño, mantenerme en vigilia y no dormir nunca más.
Nunca más.
Dos días después aquí sigo aturdido, sin dormir y vigilando, siempre atento.
Si bien últimamente todo lo que hago ocurre sin pena ni gloria y he estado al borde del suicidio.
Me aterra la idea, de que la próxima vez que el maligno tome el control, sea para siempre… y yo deje de existir.
No me importa si él sí quiere vivir, si él sí va a ser feliz, o si él hará un mejor papel que yo en este mundo.
No me voy a quedar encerrado en la oscuridad.
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Por lo pronto, aquí seguiré.
Atento.
Sin dormir.
Vigilando.
Y protegiendo mi miserable existencia.