Por José Miguel Rueda
El asesinato del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, ocurrido durante el Festival de Velas el 1 de noviembre de 2025, fue algo más que un crimen político: fue una escena pedagógica.
En un país donde la violencia se ha vuelto un lenguaje con gramática cotidiana, el hecho se convirtió en espectáculo. La repetición mediática narró la tragedia, la enseñó y la volvió lección, para que desde los medios la reiteración no pierda su eficacia.
Desde la lectura crítica de Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart —quien por cierto falleció el 31 de octubre en París—, puede comprenderse que los medios no se limitan a informar, sino también a educar.
Como en los viejos cómics analizados por los autores, las narraciones mediáticas normalizan el orden establecido: vuelven la injusticia paisaje moral y la violencia, su destino natural.
La cobertura del asesinato del alcalde siguió ese guion: se exaltó al político “valiente”, “amenazado”, “sin apoyo”, mientras el sistema aparecía como víctima de fuerzas externas —el crimen organizado, la inseguridad, “los malos”.
Así se borra la responsabilidad estructural, como si el sistema político —más allá de partidos o sexenios— fuera apenas una víctima más de la barbarie. Es el mismo truco ideológico que Dorfman y Mattelart denunciaron hace más de medio siglo: la desigualdad convertida en accidente inevitable.
Esa lógica no opera solo en la esfera del poder, también atraviesa el modo en que los medios jerarquizan la violencia. En México, seis de cada diez mujeres han sido también “valientes” y “amenazadas”, pero sin titulares ni homenajes.
La indignación mediática tiene género y clase: se enciende ante la tragedia de un hombre con cargo y se apaga frente a la violencia que habita los cuerpos de las mujeres comunes. El heroísmo masculino se celebra; la resistencia femenina se normaliza, o peor aún, se culpa.

Pero detrás de la indignación colectiva hay algo más turbio. Desde el psicoanálisis puede leerse un deseo reprimido de tragedia: una pulsión social que busca ver caer al sistema, aunque sea de manera simbólica, a través de sus representantes. No solo tememos la violencia, también la deseamos.
Esa fascinación con el desastre —entendido como colapso del poder—, enseñada desde el cine catastrófico, por las noticias montadas sin pudor ni ética y por discursos frenéticos, permite justificar el odio sin asumir la tarea de transformarlo. Cada crimen con resonancia política funciona como sacrificio ritual que purifica momentáneamente el resentimiento colectivo. Así ocurrió, también, con el asesinato de Colosio.
El problema es que esta pedagogía del horror alimenta la pasividad. Los medios presentan la tragedia como anomalía y el público la consume como catarsis. Mientras tanto, las causas estructurales —la corrupción, la economía criminal, la captura de las instituciones por intereses políticos o delictivos— permanecen fuera del encuadre. El horror se vuelve costumbre y el espectador, adicto a su impotencia.
Romper ese ciclo exige otra narrativa: mirar la violencia no como espectáculo, sino como síntoma. Si la comunicación reproduce ideología, como enseñaron Mattelart y Dorfman, habría que invertir la fórmula: narrar para desnaturalizar, mostrar para entender.
La coincidencia entre el asesinato del alcalde y la muerte de Mattelart no es una equivalencia, sino una oportunidad de lectura. Mientras uno fue víctima de un crimen con resonancia política convertido en espectáculo, el otro deja como legado una herramienta para descifrarlo.
Tal vez en esa coincidencia se abra una posibilidad de comprensión al poder leer el horror no como simple noticia, sino como síntoma ideológico; no para resignarnos a su repetición, sino para reconocer cómo se nos enseña, desde las pantallas, a mirar sin actuar.