Por Edwin Sánchez
La escritura poética de Natalia Padilla modifica el canon que define la novela haciéndola estallar por los cuatro vientos literarios, es una escritura influida por nuestra época que hace envejecer la literatura precedente. La autora crea un cuerpo expuesto en su desnudez a la lectura, esculpe el destino con palabras, renglón a renglón, conduciendo a la protagonista por el camino que abren sus letras. Parto de palabras que fueron fecundadas. Ella es el personaje principal, ella la protagonista, separada inevitablemente del cuerpo literario del que se desprende para volver a él siendo otra.
La aventura del viaje se torna liberadora al dejar atrás lo que aparece como conocido, lo propio y los lazos familiares. El encuentro con lo radicalmente distinto permite destejer las fantasmagorías del incesto imponiéndole una distancia. El paisaje abierto y extenso de la aventura deja atrás a la familia y la alteridad abre sus puertas a las promesas de un futuro azul. Era necesaria la distancia para interrogar lo inasible del ser femenino.
Asistimos a las ceremonias cotidianas de una transformación de mamífera en mujer. Como una hazaña que contradice el hecho biológico, el embarazo pareciera paulatino, primero un poco embarazada, luego medio embarazada y después plenamente embarazada. Y así la protagonista se encarga de atravesar impúdicamente el tabú del embarazo y la maternidad de una manera poética, donde la fisiología trasmuta en cuerpo e imagen y el líquido amniótico en un océano de bastas profundidades.
La protagonista decide narrar su aventura de transformaciones para dar cuenta de esa experiencia silenciada que es la maternidad. El vínculo con la criatura ajena que se convertirá en parte de la propia vida no es algo dado de antemano, será así descrito, narrado, arrancado del mutismo de la noche estrellada. Un amor que prodiga y abre su cauce a la memoria y al nombre, al ancestro y al descendiente, al padre y al esposo.
La autora decide tomar la palabra, la maternidad es también el asalto del cuerpo, una hazaña a la que no hay forma de anticiparse. Y es que nada hay ni habrá que garantice a la buena madre y aleje para siempre a la bestia desenfrenada, ni el instinto ni la naturaleza ni los dioses. Ella lo vive y lo narra en esa tercera persona que deja de ser sí misma, se transforma en ajena y retorna a la primera persona para hacer suyo lo que es de ella.
La hija, la madre, el amor que succiona, el hambre que se alimenta de fantasmas, el hombre que se acerca y que fornica. Lazos genealógicos, familia y urdimbre de vida sostenido por lo que no se dice, se calla y se oculta. Decirlo de otra manera, de mil maneras en un libro que gotea toda clase de fluidos, un texto que conjura las muertes necesarias y los designios con una creación insurrecta que viola poéticamente el tabú de la maternidad.
La madeja de las líneas de una escritura que no cede y trasgrede felizmente las complicidades del silencio y la subordinación. No hay tono ominoso sino luz abierta, enceguecedores amaneceres y el murmullo de la vida que comienza. Ella se toma el derecho de hacer justicia con la propia mano y la propia palabra. El bien decir de ser mujer no podía ser sencillo. Debían abrirse las compuertas para crear esta novela.