Los rostros de Lupita Benítez

Texto y fotos por Priscila Alvarado Solana

La banqueta se perfila con dos hileras de mujeres y salpicados hombres que dibujan el umbral contrastado con lonas rosas, azules, negras y blancas.

Las paredes del estrecho pasaje congelan el tiempo y los recuerdos con el rostro estampado de Lupita Benítez y otras mujeres que persiguen a los peatones con la mirada. Docenas de reflejos en un solo tiempo.

Las imágenes esculpen un palacio de memoria, al que tarde o temprano todos hemos de acudir. Una edificación de violencia levantada con casi dos mil feminicidios desde 2015.

El jueves 22 de marzo el acceso a los Juzgados de Control, Juicio Oral y Ejecución de Sentencias Distrito Judicial de Tlalnepantla Estado de México, en la colonia de Barrientos, fue silueta del terror y la injusticia que la familia de Lupita describe atormentada en tribunales. Conferencias de prensa, entrevistas, manifestaciones y charlas íntimas: Lupita fue asesinada, la encontraron con 17 lesiones provocadas con arma blanca. Le mutilaron el cuerpo y le deformaron el rostro con piedras. Dejó huérfano a su bebé de tres meses.

El recuerdo de Lupita se graba en gestos sombríos con heridas demasiado profundas en el corazón. El reflejo de ánimos mutilados se pintan en rostros desencajados que exhalan consignas desesperadas: ¡HOMBRO CON HOMBRO! ¡CODO CON CODO! ¡LUPITA, LUPITA, LUPITA SOMOS TODOS! ¡JUSTICIA PARA LUPITA!

¡CÁRCEL A LOS AGRESORES!

¡LUPITA, SOMOS TU VOZ!

¡NI UNA MÁS, NI UNA MÁS, NI UNA ASESINADA MÁS!

¡NO A LA IMPUNIDAD!

El sonido de cada grito desprende en el aire un grabado que proviene del desgarre más profundo.

La muerte camina entre el mitin, con rostro humano y corazón envenenado. Luis Ángel, detenido el seis de julio, está cerca. Algunas paredes y el encierro de barrotes lo separan de la familia, los amigos y cualquier figura sin rostro que demanda justicia.

Las fábricas espolvorean el ambiente y los cielos ceniza esconden la calidez del sol. La piel cristalizada resguarda el calor de la esperanza: “¡Justicia para una madre! ¡Justicia para una estudiante!”

El 6 de julio de 2017 fue hallado en San José El Vidrio, Nicolás Romero, el cuerpo sin vida de Lupita. Ocho meses después Lupita estaba en el aire. Su familia peleaba en un juzgado. Su familia lloraba bajo la mirada distante y desinteresada de funcionarios, empleados y policías.

Lupita estaba en el aire. Abrazando en playeras, gorras, carteles y fotografías a todos los que la necesitan. Rosando con la lucha grietas de impunidad y rencor.

Víctor Caballero, abogado de Lupita, cruza la puerta monumental de tubos grises. Atrás, Juana, la hermana, compañera de infancia y consumida luchadora. Luego, Jesús, el padre, envejecido, con los ojos nublados y la mirada perdida. Los tres miran al mitin buscando palabras que no existen.

Víctor suspira, se aferra en el aire y declara: “Quiero hacer una precisión. La familia del sujeto que está siendo procesado dictaminó que las personas que vienen a la protestar en la exigencia de justicia para Lupita los agredieron. Asegurando que la audiencia pasada (7 de marzo) habían sufrido agresiones, lo cual negamos categóricamente. Ellos fueron los provocadores de esas situaciones. Nosotros procuramos ni siquiera mencionar el nombre del hombre para no darle ningún tipo de publicidad. Sabemos que él lo hizo, pero tenemos que esperar a que las autoridades cumplan con su deber, agilicen el procedimiento y le dicten sentencia”.

Jesús murmura con voz ahogada: “Ellos agredieron a mi hija”.

Juana se inunda en rabia, pero sin perder la calma describe: “En la audiencia pasada, el 7 marzo, la familia de Luis dijo que era una chismosa. Me querían golpear y dijeron que Lupita no era estudiante de la UNAM… Sí era”.

El horizonte se delinea con policías federales que resguardan la entrada del juzgado. Armas largas, cascos y celulares se pretenden justos.

Uno de ellos apunta con la cámara redondeada de una tabla plastificada conectada a Internet. Dispara: ¡Tac-Tac!… atravesando rostros y condenándolos a un registro amenazante, reservado para aquellos que luchan.

Cuando la fuerza se agota llega el silencio. Todos enmudecen y el sonido de automóviles, patrullas y portones se apoderan de la escena.

Todos lloran, nunca dejan de llorar. Algunos con ojos humedecidos, otros con el alma hundida.

¡LE DESTROZARON LA QUIJADA CON UN BLOQUE DE CONCRETO!

¿Por qué mataron a Lupita?

¿Por qué le destrozaron el rostro?

¿Por qué dejaron a un bebé sin madre?

¿Por qué no está aquí?

Las filas se deshacen, hoy ha terminado la sesión.

En la banqueta sólo quedan las manchas del hule de zapatos que rosan con el paso cansado, desesperado e inconsolable, miles de historias que buscan esperanza en un juzgado del Estado de México, sí, en el epicentro de la mayor barbarie de feminicidios cometidos en el país en los últimos años.

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