La libertad del diablo, una realidad difícil de ocultar

Por Karina Hernández

Todo el tiempo, de día o de noche, en el norte, centro o sur, niñas y niños, jóvenes y personas adultas desaparecen diariamente. Su paradero, en muchas ocasiones, jamás es conocido y la incertidumbre invade a quienes buscan desesperadamente a sus seres queridos.

Everardo González muestra en su documental La libertad del diablo uno de los lados más oscuros de México: las desapariciones forzadas.

Las cifras han llegado a un nivel crítico que sigue en aumento. En 2015 fueron 26 mil 128 personas desaparecidas, poco más de 71 por día, pero en 2017 estas cantidades se elevaron a 30 mil 942, es decir, más de 84 vidas cada día del año.

La voz es lo que atrapa a los espectadores, la incertidumbre de quiénes están detrás de esas máscaras quirúrgicas y cómo han sido marcados. Los ojos que suplican una explicación. La mirada de resignación, odio y compasión. La expresión de aquellos que vieron al diablo en persona y, por un momento, visualizaron su cuerpo abandonado, ensangrentado y formando parte de la estadística.

¿Los actores de esto? Los mismos cuerpos militares y cárteles. ¿Los motivos? Ajustes de cuentas, deudas económicas o sin razón alguna, mala suerte, quizá, pero está presente en el país. Es un problema grave al que no se le ha dado solución alguna, de lo contrario, las cifras no aumentarían.

El 16 de noviembre de 2017, el presidente Enrique Peña Nieto presentó la Ley contra desapariciones forzadas, sin embargo, en lo que va del año ya se han conocido casos en los que veracruzanos fueron desaparecidos y se encontraron fosas con restos humanos en Jalisco, apenas en el tercer mes del año.

Niñas que vieron partir a un ser querido, hombres que buscaron con desesperación a sus familiares arriesgando su propia vida. Una madre resignada, un hombre que “la libró” no sin antes ser torturado, y el contraste con los actores de todo ese sufrimiento, “órdenes son órdenes”, mataban o morían y ahora serían capaces de pedir perdón por todo el daño.

Ganadora del premio Fénix en 2017 a la mejor música, el mejor largometraje documental y la mejor fotografía documental. Una película que no necesitó de sangre porque ya estaba presente en cada una de las declaraciones, sangre que es derramada diariamente en México.

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