Leer fantasía no es inútil

 

Por Astrid Perellón

 

 

Varios han ahondado en el tema de cómo la ciencia ficción contribuye al surgimiento de los científicos. Es decir, el niño que lee ciencia ficción cree en su mente que todo lo descrito en su libro es posible y se pregunta <<cómo>>, resultando muchas veces inspirado a estudiar y dedicarse a la ciencia.

 

Tales reflexiones me hicieron considerar un caso paralelo. ¿Qué pasa con los que no prefirieron la ciencia ficción sino la fantasía? Un terreno no tan distinto excepto porque no admitimos libremente que todo lo descrito pueda ser realidad aquí y ahora (tal vez en otras dimensiones, quizá en el mundo de los sueños). El niño que lee fantasía sostiene una pregunta en su mente más o menos como ésta <<Si todos estos seres en verdad existieran, ¿cómo me relacionaría con ellos?>>

 

Por ello concluyo que el niño que lee fantasía, resulta muchas veces inspirado a estudiar y dedicarse a las humanidades. Podría ser cierto también que, ya de adulto, secretamente anhela hallar el ladrillo que le de acceso al mundo de Harry Potter en un callejón de su vida cotidiana. Pero no por eso es menos valioso que los científicos que contribuyen a la civilización, inspirados por sus lecturas futuristas de la infancia.

 

Es fascinante reconsiderar que los libros de dos géneros que parecen nada más apreciados porque cultivan nuestra imaginación, en realidad es lo único que necesitan hacer para gestar grandes pensadores. <<Mejor que el niño lea libros de texto, historia, ciencias naturales, filosofía; cualquier cosa que lo conecte con la realidad>>, podría pensar el precipitado docente o padre. A ellos les recuerdo que, gente ilustre por sobresalir en su rama, frecuentemente subraya como punto importante para su vocación aquellas lecturas de evasión infantil. Lecturas donde las cosas no son tal como son en la realidad y, precisamente por ello, permiten al individuo imaginar un mundo diferente y más interesante, llenándose de convicción para contribuir a crearlo.

 

Incluso me atrevería a decir que, quien menosprecia el poder de este tipo de literatura, es porque no la conoce en su esplendor, ignorando cómo grandes autores de ciencia ficción fueron realmente científicos. Quienes sí han probado las dulces mieles de los mundos creados (futuristas o fantásticos) reconocen que los escritores detrás de esos universos no tienen un cerebro ordinario, captando nuestra atención por sus detalles, logrando magistralmente llevarnos a admitir un hecho poderosísimo:

Lo leído no existe… aún.

 

Y esa sola frase es principio y fin de la mayor fábula del aquí y el ahora.

 

 

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