Jonathan, el niño astronauta

Por Karina Maya

 

Historias no contadas es el nombre de este nuevo espacio para Reversos.mx, donde hablaremos de un sin fin de historias sobre los seres más importantes de este mundo.

Cada minuto hay una niña o un niño haciendo ruido, ya sea con un grito, una carcajada, un llanto, decenas de enojos o frustración. Que se escuchen, da cuenta de que están vivas, vivos. Llegaron a este mundo ruidoso a ponerle su toque particular. Cuando una niña o un niño no dice nada, viene el silencio, para algunos puede resultar maravilloso porque la cabeza descansa, para otros, significa quitarle color a la vida.

 

Las niñas y los niños, son la razón de vivir de un padre o una madre, la alegría de los abuelos, el entendimiento entre generaciones, la sencillez y lo natural de la vida.

 

Ellas y ellos son cuestionamiento. A todos cuestionan, su naturaleza es así, ¡para qué quedarse con la duda cuando tienen tanto por descubrir!. Si no encuentran respuesta satisfactoria, no se inmutan, por el contrario, ellos mismos se responden, disponen de información necesaria para construir aquello que resuelva la inquietud.

 

También, cada minuto hay una niña o un niño sin decir nada. Imposibilitados por su entorno, por quienes se encuentran a su alrededor. El silencio se les ha impuesto como regla, una regla no consensuada, aquí, la niña o el niño son inferiores; al ser niñas o niños, carecen de capacidad de decisión, desconocen lo bueno y lo malo, lo que les favorece o necesitan, por lo tanto, alguien adulto debe ser quien decida por él o ella. Así, para que pueda saberse, es imperativo que guarden silencio, el adulto debe hablar.

 

En esos minutos, detrás de esos silencios (y también de los gritos) hay historias no contadas, palabras que no miramos pero que son necesarias para comprender la importancia de la vida, de esas vidas. Es la oportunidad de abrir una ventana y ver lo que ocurre del otro lado, apreciar lo que allí existe, descubrir, sorprendernos, sensibilizarnos y decidir.

 

En esta ventana, este espacio, queremos brindarles tiempo a ellas y ellos, conocer pedacitos de historias de niñas y niños y tal vez, de algunos a su alrededor. Se trata de guardar la memoria para recurrir a ella tantas veces sea necesario, de tal manera que podamos reflexionar juntos las vidas de ellas y ellos o de quienes están a nuestro alrededor. Mirar a través de la venta a esas personas, entonces, salir y darles la oportunidad de ser feliz.

 

Esta es la primera de muchas:

 

 

Jonathan, el niño astronauta

 

 

A partir de septiembre, cada año, Antonia acude por la tarde-noche a la estación del metro Romero Rubio. Antonia es una mujer joven, su cabello color rojizo lo lleva suelto en esta ocasión. Tiene grandes ojos y un timbre de voz grave. Lleva consigo un bote grande, agua, galletas, celular con batería recién cargada, algo de abrigo y unas flores. Se trata de claveles y rosas de diferentes colores, algunas envueltas en papel, otras sueltas.

 

Este día, como tantos otros, la acompaña su hijo Jonathan, caminan sobre las banquetas amplias, recién colocadas por la delegación, hacen acto inaugural sobre ellas. Jonathan no puede darle la mano a su madre, ella camina complicada con todos los elementos, sin embargo, él sabe que debe ir atrás de ella, mientras caminan, Jonathan mira las líneas y las formas de los cuadrados que forman las banquetas, piensa, -quiero dejar mi huella-.

 

Cuando llegan a la estación, suben las escaleras, se ubican en el segundo descanso, Antonia coloca las flores dentro de la cubeta con agua. Jonathan por su parte se alista a esperar, a veces paciente a veces estresado, a que Antonia cumpla con su misión.

 

Una vez todo en su lugar, en cada arribo de tren, Antonia dice algunas palabras, aprovecha que la gente regresa a sus hogares. Ella les ofrece flores, la época es un buen momento para el negocio, es víspera de fiestas. Transcurridos algunos minutos, no aguanta la tentación, su ofrecimiento de flores lo hace en automático, sin poner atención de sus prospectos, la atrapó su celular. Son alrededor de cuatro horas las que yacen ahí, llega un momento que toma asiento en el suelo frío, se toma el tiempo para mirar lo que ocurre desde su celular.

 

En tanto, Jonathan de tres años, rueda por el pasillo. Su ropa ya de por sí sucia y vieja, atrapa la mugre que la gente deja a su paso. A través de su nariz le escurre una sustancia viscosa, reacción necesaria ante un otoño frío. Llega un momento que ríe y juega, imagina que ese espacio es el universo y él un astronauta, es por ello que, todo aquel que pasa a su lado lo ve en el suelo, asemeja su tránsito en la luna, ahí verifica qué nuevo orificio le han hecho los ratones, comprueba, en efecto, se trata de un gran queso. Luego, algo le interrumpe, entonces regresa a su realidad, su estómago le dice hambre y su cuerpo le dice frío y sueño. Entonces, incesantemente llora, nadie le hace caso, Antonia su madre sigue atenta a su celular al mismo tiempo que grita -flores, lleve sus flores, para su esposa para la novia-. Los transeúntes, algunos conversando, otros pensando en solo llegar, no se han dado cuenta que ahí está él, solicitando atención.

 

Jonathan no aguanta más. Es suficiente. Piensa que ha sacrificado la posibilidad de estar en cama, cobijado, luego de haber tomado su leche y pan, tal vez, con un cuento leído o un arrullo. Se desespera, grita a su madre, ella no lo escucha o lo escucha a medias, nadie le entiende, no lo atienden, no lo escuchan, el asunto se ha vuelto normal, él es parte de la vida diaria de las personas y de su madre, pero al mismo tiempo no lo es.

 

Se harta. Jonathan hace berrinche, Antonia reacciona, le grita, lo regaña y le pide que se calle. Mientras sostiene su celular con una mano y grita -flores, lleve sus flores, para su esposa, para la novia- saca con la otra unas galletas dentro de una bolsa, no las mira, se las da a Jonathan, él desesperado, rápidamente lleva la primera a su boca, es urgente; entonces, guarda silencio, la noche transcurre.

 

El futuro astronauta siente la delicia de lo dulce, luego, regresa a la luna, se recuesta, cruza los pies mientras mira al mundo girar, ve personas ir y venir, algunos corren, gritan, se empujan; sigue saboreando la galleta, entre en medio, cientos de estrellas se cruzan en su mirada, le roban una sonrisa, sabe que cuando sea grande su imaginación lo llevará a la realidad, abordará una nave espacial y crecerá tan alto como pueda, total, nada se lo impide, ¿o sí?

 

Para la reflexión:

 

El Artículo 13 de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes advierte: Tienen derecho a la prioridad, a vivir en condiciones de bienestar y a un sano desarrollo integral, a la salud, al descanso.

 

 

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