Un Trato Sellado con la Muerte

Por María Fernanda Rueda Frías

Ilustración: Joel Rendón

Hace unos meses conocí a la Muerte. Hablamos cara a cara, de iguales. Es mujer, es calculadora. No es de muchas palabras. Huele a humo y a recuerdos. Huele a soles, a mares infinitos y a barro recién mojado.

     Huele a la piel recién rasurada de papá y a sus hermosos sombreros; al chal azul de lana de mamá, ese de flores blancas bordadas por doquier, con el que me cubría de niña de las heladas invernales o de las despiadadas fiebres.

     Tiene la Muerte el aroma de los libros viejos que fueron leídos una y otra vez por mis tíos; a la botica de la doctora Ofelia; a la sangre que no paraba de brotar de mi barbilla después de aquel brutal golpe, hace casi 50 años; al café, el tabaco y los ojos violetas de la abuela…

     La Muerte huele a las sábanas blancas que habitó mi padre en sus últimas horas, donde en aquella tarde remota y dolorosa de abril se quedó su silueta imborrable, cuando se lo llevaron para siempre.

     Antes de que el cáncer llegara a mi vida, esos recuerdos eran el eco de lo vivido, esos aromas que la memoria guarda y trae en momentos de calma. Pero cuando recibí el diagnóstico, todo cambió. Los olores de la infancia y los rostros del pasado se mezclaron con el miedo y la incertidumbre del presente, y fue ahí cuando la Muerte dejó de ser una esencia lejana. Su presencia se materializó de golpe, y entendí que todos esos recuerdos no eran solo memorias; eran la conexión con lo que siempre había sido mi vida. Cada olor me anclaba a la tierra, a mis raíces, a lo que significaba estar viva.

    Una noche, mientras dormía, fui visitada por una gran figura oscura. Fue entonces cuando la presencia de la Muerte dejó de ser una redolencia lejana para convertirse en una figura tangible e imponente. La habitación se llenó de un frío penetrante y, al abrir los ojos, la vi: la Muerte, vestida con una capa negra, una capucha y portando una afilada hoz que reflejaba una luz tenue.

     Su aroma, que siempre había estado ahí, de repente se volvió tan real. Se sentó junto a mi cama, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre, como si hubiera seguido mis huellas desde aquellos días de la niñez, cuando en mi primer año de vida fui desahuciada y mi hogar fue una cama de hospital y mis juguetes las sondas que colgaban de mis fosas nasales; como aquellas madrugadas eternas en mi pequeño cuarto, desbordado de peluches y muñecas impávidas que alguna vez fueron confidentes, de vidrios colmados de vaho soñoliento, de espejos fracturados por imborrables travesuras y de un arco moribundo que era la entrada y la salida de mi cosmos.

     Ella me despertó con un susurro helado.

     «Maryfer» –dijo la Muerte–. «Ha llegado tu hora.»

     Sin mostrar miedo, me incorporé y la miré a los ojos. Su presencia era intimidante, pero yo no estaba dispuesta a rendirme. «No estoy lista para irme» –respondí con firmeza–. «Quiero vivir».

     La Muerte, sorprendida por mi valentía, decidió escucharme.

     –Hagamos una negociación –propuse.

     –¿Qué estás dispuesta a ofrecer a cambio de tu vida?», preguntó.

     Pensé por un momento. Sabía que no podía ofrecer nada material que la Muerte deseara, pero estaba dispuesta a sacrificar lo que fuera necesario para seguir viviendo. Con un profundo suspiro, dije: –«Te daré a cambio mi mama izquierda.»

    La Muerte me miró con esos ojos vacíos que parecían ver a través de mi alma.

     –¿Estás segura? –repitió, como si quisiera asegurarse de que entendía el sacrificio que estaba a punto de hacer. Mi corazón latía con miedo, pero con mucha fuerza, la respuesta fue firme.

     –Sí. Estoy segura.

     La Muerte consideró la oferta, acariciando su barbilla mientras meditaba. –«Es un trato justo» –respondió finalmente. «Pero recuerda, este sacrificio no será fácil. Habrá dolor, miedo y muchas pruebas. ¿Estás segura de que podrás soportarlo?»

     Asentí con determinación. –‘Estoy segura. Haré lo que sea necesario para seguir viviendo, para luchar por quienes amo y para sentir cada latido de esta vida que todavía me pertenece’.»

     La Muerte extendió su mano huesuda y fría. La tomé, sellando el trato. — «Muy bien, Maryfer» –dijo la Muerte–, con una voz tan antigua como la misma eternidad.

     –«Este no es nuestro final. Nos volveremos a encontrar, pero hoy, hoy no es ese día.»

    Desperté de mi sueño, sabiendo que lo que había vivido no era una simple fantasía. Con renovada fuerza, me enfrenté a mi tratamiento con calma, soportando cada dolor y cada prueba con la determinación de quien ha sellado un trato con la Muerte misma.

     El proceso fue muy fuerte y complejo. La reconstrucción física y mental fue intensa. Pero cada vez que sentía que ya no podía más, recordaba mi trato. Sabía que había algo más grande por lo que estaba luchando: la vida misma.

    Meses después, salí victoriosa, vencí al cáncer.  Había perdido mi mama izquierda, pero a cambio había ganado mi vida. Mi mama se fue, pero con ella también se fue el miedo, la duda, la incertidumbre. En su lugar, quedé yo, más fuerte, más consciente de la finitud, la fragilidad, y con una nueva comprensión de la vulnerabilidad, esa que aprendí a abrazar no como una debilidad, sino como una fuerza transformadora, me enseñó a descubrir que en los momentos más oscuros es donde reside mi mayor fortaleza.

     La cicatriz en mi pecho no es solo un recordatorio del sacrificio, sino del pacto que sellé con ella, un acuerdo que me recuerda lo efímera, finita y preciosa que es la vida, lo frágil que es la línea entre estar y no estar. Ese trato no solo me devolvió la vida, sino que me enseñó a vivirla con una intensidad renovada, eligiendo cada día la vida. Cada vez que la Muerte se acerca, sé que ella también está atada a ese pacto, pero mientras espera, yo elijo vivir, saborear cada instante, abrazar cada emoción y respirar profundamente el aire de cada día.

     Y cuando ingenuamente creí que nuestro trato tenía una tregua, la Muerte volvió a ponerme a prueba. Esa misma sensación, ese mismo miedo, ese frío que se infiltra como un susurro helado, calando hasta lo más profundo de los huesos. Los mismos olores que me devolvieron a mi infancia. Ella volvió a visitarme, pero esta vez no estaba sola. La rodeaban sombras familiares, ancestros que habían cruzado al otro lado, mientras yo flotaba en un estado hipnótico, sudorosa como si la esencia misma de mi ser se deslizara por mi piel, atrapada entre lo tangible y lo espiritual. No venía por mí; su presencia anunciaba que venía por alguien a quien amo profundamente. La reconocí en la quietud de las sábanas que arropaban su cuerpo enfermo, como aquellas que un día envolvieron a mi padre en sus últimas horas.

     Su visita, más personal y profundamente cruel, como una epifanía me reveló que siempre caminará a mi lado, como un bálsamo persistente en el aire, silenciosa y paciente, esperando su momento. Me reafirmó que la vida y la muerte no son enemigas, sino compañeras de viaje, entretejidas en la misma trama, caminando juntas en cada paso. Aunque la Muerte y yo habíamos sellado un trato, su sombra seguiría rondando mis días, siempre esperando, siempre acechante, siempre paciente.

    Me puedo llamar “sobreviviente”. Conozco varios casos como este, incluso en mi propia familia. Hoy puedo contar una historia como esta, con el dictado diáfano de voces lejanas, pero aferradas a la vida, a la memoria.

     Son mensajes nítidos o pequeñas señales:

La palabra calma que aparece de la nada, como un halo de luz en las horas definitorias;
la incesante lluvia de plumas de miles de aves;
los colibríes que revolotean con destellos hipnóticos;
el arrullo de las olas y las poderosas mareas;
los crepúsculos de fuego;
la palmera del jardín que nos arropó con su sombra;
la infinita carretera recta en los desiertos del norte;
el aroma de unos rizos oscuros que danzan en buscan la hermosa libertad en tierras remotas…

El apretón de manos, el pacto sellado con la Muerte, pero también con la Vida.

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