19/S: El miedo estaba enfrente, en el aire, a un lado…

Por Daniel Lara Hernández

Foto: Rivelino Rueda

  –Seguramente es un camión– pensé.

Es realmente impresionante lo rápido que el subconsciente carbura lo que sucede. Lo efímero del todo. Lo imperceptible y al mismo tiempo abrumador.

Y ahí, en las entrañas de aquello que jamás queremos voltear a ver, gritos. Gritos ahogados. Inmediatos. Como flechas que se clavan en lo primero que tiene en frente.

¡Daniel! ¡Daniel! Eso fue para mí la llave abriendo eso que jamás quiere uno ver. Tomé a mi novia del brazo y de un momento a otro nos encontrábamos fuera de mi habitación.

No pensaba, no había tiempo. Afuera, mi hermana, con una angustia que yo no me atrevería a describir con palabras. Simplemente no podría. Y alrededor, el siniestro, la adrenalina, el instinto feral, el miedo.

Rápidamente nos condujimos escaleras abajo mientras todo cuanto nos mantenía orgullosos desde arriba se quebraba desde abajo.

El camino, Dios, el camino fue eterno. En esos momentos no estábamos en mi casa. Nos encontrábamos en otro lugar, un lugar en el que todo era desconocido. Un lugar en el que un paso hacia adelante significaba dos pasos hacia atrás.

Y ahí estaba él, vigilándonos, esperando, con una paciencia acelerada. Ahí estaba él. El miedo.

Al alcanzar la puerta que da hacia el jardín sentía que dejaba algo. Ya saben, esa odiosa sensación de que hiciste algo mal, de que olvidas algo importante. Y todo en un instante. Nunca, jamás las palabras podrán hacer el suficiente homenaje ni el reflejo de que lo significa un instante.

“¡Agáchense!”, les grito.

Y en perfecta sincronía, como piezas de Tetris que encajan perfectamente, las abrazo. Las abrazo fuerte. Las sostengo. Escuchando, pero no escuchando.

“¿Por qué no se acaba?” “¿Por qué no se detiene?” Mientras, escucho el caer. ¿De qué? No lo sé. Pero lo escucho. Una y otra vez escucho el caer. Levanto mi vista y veo.

En ese momento podría haber jurado que la danza de la muerte no estaba únicamente debajo de nosotros, estaba también enfrente, a los lados, encima. En el aire. En nosotros mismos.

– Mi madre, mi abuela – esos pensamientos rondaban cual buitres a la espera de que su presa caiga.

Y se calma. Y va muriendo. Y el monstruo que erguido mostró aterrador su continente vuelve a acostarse. Se calma. Se detiene.

El sentir en mis manos, en una a mi hermana, en la otra a mi novia, era el sentir de la vida misma aferrada a mis palmas. Nuestras respiraciones se unen, en profundos suspiros, como los de una orquesta después de haber alcanzado la nota más alta, esa que parecía imposible.

Nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida que da a la calle. Tomé las llaves e hice girar las cerraduras, vuelta tras vuelta, y como remolinos giraron como si no pesaran detenerse. O quizás era yo, no queriendo que éstas cedieran.

Abro y mis ojos se ciegan por el puño que el sol firmemente postra a esa hora. Y lo veo ahí de nuevo. Ahí está. Él me mira y yo lo miro a él. El miedo.

Volteo a mi alrededor y veo todo. ¡Veo todo y no veo nada! ¿Por qué puedo ver esto?  ¿Por qué no se esfumaba aquello que mis ojos tocaban?

Hay desesperación, hay confusión, hay gritos, hay llanto. ¿En qué momento llegamos tan alto para padecer una caída tan larga?

Mis piernas dejaron de obedecer a mi cuerpo y comenzaron a dirigirse a aquello que tuvieran más próximo. Iba aquí, iba allá.

“¿Se encuentran bien?” “Vecino, ¿necesita ayuda?” Iba aquí e iba allá, como si estuviera dentro de una mesa gigante de Pinball.  A mi izquierda y a mi derecha, cada casa se presentaba ante mí como una edificación nueva. Me parecía que en primer plano mis ojos no alcanzaban a cubrir todo y lo tuviera que estar captando a medida que lo tenía en frente.

Y ahí, en medio de lo que quería y lo que tenía, apareció un edificio. Un edificio que se sostenía más por voluntad que por capacidad. Inclinado, Triste. Roto. Y abajo, lo vi de nuevo. Ahí estaba. Parado dentro de la escalofriante imagen de gente tan destrozada como el edificio mismo. Miedo. ¡Maldito miedo! ¡Maldita vulnerabilidad! ¡Maldita sea!

La dimensión de lo que había ocurrido aún permanecía oculta para mí en su totalidad. No había comunicación. No había luz. Sin embargo, frente a mí se desbordó el río del caos.

Coches, personas, todos corriendo, buscando. Tratando de encontrar el rumbo más rápido hacia sus seres amados. O sencillamente la ruta hacia la calma. Dondequiera que se encontrara. Y mi intranquilidad, al igual que la cascada de movimiento, no cesaba de crecer. Yo no quería entender. No quería. No podía.

A lo lejos, otro edificio, fracturado. Y otro. Y otro más. Se asomaban como las heridas de una cuidad golpeada. Arrodillada. La gente era la sangre. Y ahí estaba él. Y ahí sigue él. No se piensa ir. Ahí sigue. El miedo.

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