Por María Alejandra Yáñez Navarrete
Foto: Edgar López (Archivo)
El 19 de septiembre de 1985 un terremoto azotó la Cuidad de México. En esa tragedia mil 912 edificios acabaron derrumbados, 463 escuelas quedaron con daños estructurales y 13 estaciones de Metro cerradas. 32 años después, otro terremoto de 7.1 grados sacudió nuevamente la capital.
El movimiento telúrico revivió aquella pesadilla a tan solo unas horas de haber sonado la alerta sísmica en conmemoración a aquella tragedia.
El reloj marcaba las 7:19 en la colonia Condesa de la Cuidad de México, en la Avenida Veracruz. Pilar y Luis iban a empezar sus actividades diarias.
Pilar
Me estaba bañando y empiezo a sentir que se me mueve el mundo. Mi esposo me gritó: “Viejita, está temblando”. Salgo en la primera bata que encontré en mi camino y yo ya no me detuve hasta llegar a la calle. Después de que terminó el temblor subimos por un cambio de ropa.
Luis
La diferencia entre el terremoto de 1985 y el de 2017 es que el del año 85 fue amaneciendo y la gente estaba en su casa, dormida. Era muy poca la gente que estaba en la calle, por eso el número de personas que murieron es mayor que la de hora.
Afortunadamente ahora el sismo fue un poco más bajo en cuanto a su intensidad, pero una gran diferencia fue la hora.
En mi caso estaba dormido. Me despertó el movimiento. En ese tiempo no sonaba la alarma sísmica porque no existía. En mi caso, por la educación sísmica que tengo desde niño, mi primera reacción fue abrir la puerta en lo que alertaba a mi esposa.
Muy importante abrir la puerta porque las puertas se traban con los desajustes del movimiento y la vecina se quedó encerrada y la tuvieron que sacar con el escándalo pertinente.
Con el pelo mojado, el cuerpo aún enjabonado, Pilar se encontraba al lado de su esposo subiendo las escaleras del edificio para buscar unas pertenencias de manera rápida, ya que el olor a gas se empezaba a propagar por todo el edificio. Al subir las escaleras unos gritos de ayuda se empezaron a escuchar desde el departamento continuo al suyo.
“No sé qué pasó, no sé qué pasó, no sé qué pasó”.
La mujer repetía esas palabras completamente en shock. Al momento del temblor la señora limpiaba su casa con un trapo. El trapo se cayó detrás de la lavadora y hubo un corto circuito en donde empezó a salir humo y chispas, al momento de sacarla la señora mantenía el trapo quemado en sus manos.
Pilar
Yo le grité “No te hagas el héroe Luis” y lo jalé para que entráramos al departamento y sacáramos mudas de ropa para irnos a casa de mis padres. En ese momento nos fuimos caminando debido a las fugas de gas. Desde la Condesa hasta la Narvarte. En la Narvarte afortunadamente no pasó nada y mis padres pensaban que había sido apenas un temblor pequeño.
No había luz, lo que había era una humareda que cubría la ciudad y con un radio a pilas nos pusimos a escuchar lo que estaba ocurriendo.
Luis
Dejé a mi esposa en la casa de sus padres y en ese momento yo tenía que ir a Coyoacán a ver si mis hijos estaban bien. La falta de comunicación instantánea, como ahora, realmente te jugaba una mala pasada. Y es que la noche del 18 de septiembre de 1985 mi esposa y yo hicimos una cena para festejar la Independencia de Chile con nuestros amigos.
En esa fiesta estaba una amiga de mi esposa que por más que insistimos que se quedara con nosotros ella prefirió que la dejáramos en su casa, en la colonia Roma. Al día siguiente, al pasar por su edificio camino a casa de mis suegros, vimos aquella estructura colapsada. La muchacha murió en las escaleras.
El terremoto despertó a todos esa mañana. Muchos fueron los que no dudaron en salir corriendo debido al fuerte movimiento. Esa mañana Maru fue una de esas personas, a pesar de que su madre le gritó que no varias veces, que la trató de sujetar.
Ella corrió a las escaleras y de un segundo a otro el edificio se desplomó. Ella murió al momento en que la estructura se colapsó sobre ella, mientras su madre se salvó al colocarse debajo de la mesa del comedor, logrando que los militares la salvaran.
Pilar
Después de que mi marido fue a ver a sus hijos regresó a la casa de mis padres, en donde se bañó y se arregló. Ahora lo que seguía era ir a su trabajo. Realmente no sé porque fui con él, quizás el estado de shock no me hacía reaccionar bien todavía, pues caminamos desde la Narvarte hasta Palacio Nacional.
En el trayecto le señalé a un hombre que, según yo, estaba limpiando la ventana, pero en realidad estaba pidiendo ayuda pues había quedado atrapado en el edificio.
Ver aquel panorama fue realmente impactante. Al llegar al Centro los militares ya se habían puesto como una barricada. No dejaban pasar gente. Pasamos con puro charolazo y hubo un momento en que el rifle de un militar quedó a centímetros de mi rostro. Se lo empujé y le dije: “¡Óigame, no sea imprudente, no se le vaya a ir una bala!”
En ese momento la ciudad ya era un caos enorme, la gente ayudaba a sacar a los demás entre los escombros. Las personas no daban crédito a lo que estaba pasando en la Ciudad de México, ni los mismos extranjeros.
Santiago de Chile, Patricia Yáñez
Pensábamos que la ciudad había desaparecido, eso estaban diciendo y comunicarse era realmente muy difícil. Yo confiaba que todo lo que sabía mi hermano sobre sismos lo hubiera aplicado. Yo ya he visto desaparecer una ciudad por un temblor, en Valparaíso. Pasó eso y temía que realmente lo que decían fuera verdad. Horas de angustia pasé antes de saber que mi hermano estaba bien.
México quedó muy dañado y se perdieron muchas vidas y es que las construcciones no se planearon para estos eventos.
Luis
Al día siguiente, la cantidad de muertos que se acumularon en el Zócalo era inimaginable. La ciudad ya empezaba a oler mal.
Pilar
En esos momentos nos encontrábamos de nuevo en Palacio Nacional. Yo estaba tejiendo, sentada en la ventana del subsecretario de Hacienda, viendo cómo llegaban las bolsas de cadáveres ya en estado de descomposición. No sé cómo mi esposo lograba trabajar en ese ajetreo, con ese olor.
Nuevamente sentí que todo se me movía. Por un momento pensé que eran los nervios hasta que varios guardias pasaron corriendo por el pasillo mientras gritaban “¡Hay que evacuar! ¡Muévanse! ¡Hay que evacuar!”
No me lo dijeron dos veces y cuando pasé por la Puerta Mariana, por donde está la campana, que me tratan de agarrar. Me zafé y me gritaron “¡Se está cayendo la campana!”
Pero yo ya la escuche cuando la campana dio el golpe en el piso.
Luis
El movimiento de este año lo sentí más fuerte. No sé si fue porque estaba en la oficina. No sé si fue porque vi todos los muebles en el piso, las ventanas rotas o los colapsos de histeria de mis compañeras de trabajo. Sin duda se cayeron menos edificios pero nunca es fácil vivir una tragedia de esta magnitud.
Pilar
Este temblor fue a la 13:14. Yo estaba en el trabajo, en la Glorieta de La Palma y esta vez me caí en las escaleras por el movimiento. Apenas logré agarrar mi bolsa a la salida, lo cual fue una suerte porque después ya no nos dejaron entrar al edificio porque las escaleras habían quedado muy dañadas, al igual que la estructura.
Lo sentí sin duda más fuerte y el caos lo volví a vivir, la ciudad estaba vuelta una locura. Aun así, cuando pasamos por la Ciudadela, había un grupo de adultos mayores practicando danza de salón.
Estos dos terremotos sacudieron la Ciudad de México el mismo día, a diferentes horas y con diferente intensidad, pero el miedo se sintió igual. Ayudó a un pueblo a unirse, a los más grandes a recordar lo que había ocurrido hace 32 años, y a los más jóvenes los dejó marcados, pero aun así México sigue en pie, con su pueblo ayudando a levantarlo.
Sin duda algo que marcó el terremoto del 2017 y el de 1985 fue el internet, esa inmediatez que ayudó a rescatar personas entre los escombros, a movilizar y organizar la ayuda en diferentes puntos del país.