19/S: Las primeras horas de angustia e incertidumbre

Por Jessica Ivette Calderón Martínez

Foto: Edgar López (Archivo)

Hoy, justo hoy, 19 de septiembre del 2017, se cumplen exactamente 32 años del terremoto que le robó la vida a miles de mexicanos, que dejó a familias sin vivienda y a viviendas sin familia…

Son ya las 7:19 de la mañana, la misma hora en que comenzó la tragedia aquel día de 1985 y, por lo tanto, se lleva a cabo una ceremonia en la Plaza de la Constitución, encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto, en donde se iza la bandera a media asta en memoria de las personas que perdieron la vida en ese terremoto.

Como desde hace dos años, exactamente a las 11:00 am, aquí en la Ciudad de México se realiza un simulacro para honrar a las víctimas. Pero durante el simulacro no hay respeto. La gente lo toma como un simple juego, sin importar que pueda llegar algún día una tragedia parecida –hace unos días, para ser precisos el 7 de septiembre a las 23 horas con 49 minutos un sismo de 8.2 grados sacudió a los estados de Oaxaca, Chiapas y Tabasco, dejando muertes a su paso, aquí en la ciudad afortunadamente no pasó más allá del susto.

A pesar de todo, es un día más, un día común y corriente como cualquier otro. Algunos van al trabajo, otros vamos a la escuela. Nada podría salir mal en este día tan brillante y caluroso.

Son ya las 13 horas. Muchas personas salen a comer, madres van por sus hijos a la escuela, algunos sacan a pasear al perro y otros simplemente regresan a descansar a sus casas después de una mañana ardua de trabajo.

Han pasado justo 15 minutos y la tierra se comienza a mover… se mueve tan fuerte que no deja siquiera dar un paso. El movimiento es más y más fuerte cada vez. Las luces dentro del edificio de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García comienzan sonar como un cortocircuito y a parpadear hasta apagarse por completo. Las paredes crujen como si estuvieran a punto de besar el suelo.

Todos huyen despavoridos pero la compañera Lucy Ferrería arriesga su vida y se regresa para activar la alarma de la universidad. Tiempo después comienzan a sonar las alarmas de la ciudad con ese infernal ruido que te taladra los oídos y esa voz escalofriante que sólo repite “alerta sísmica” cada segundo. Al salir de ahí la gente grita, llora amargamente, no entiende lo qué pasa.

De pronto se detiene y sólo se escuchan lloriqueos, murmullos, pasos agigantados de personas que corren sin saber a dónde van. El pitido de los autos, las sirenas de ambulancias y patrullas. A mi alrededor solo hay gente tratando de localizar a sus familias, pero las líneas telefónicas están saturadas y el internet ha desaparecido por completo. No hay manera de comunicarse con absolutamente nadie.

No sabría decir puntualmente el tiempo que duró este cruel movimiento pero fue eterno… Cuando la vibración de la tierra se detuvo, mi cuerpo comenzó a temblar de miedo. Se formó un nudo en mi garganta y mis ojos se empezaban a llenar de lágrimas. Me volví fuerte y no dejé que ni una saliera para que así pudiera apoyar a las personas con las que me encontraba en ese instante y estar calmada de alguna manera para saber que las personas más importantes en mi vida estaban bien.  Por fortuna lo estaban.

Pasaron los minutos y seguía sin entender una sola cosa. Mi mente se detuvo. No sabía qué hacer, sólo quería ir a casa pero no había modo. El Metro y Metrobús suspendieron el servicio. El tráfico estaba diez veces más pesado que de costumbre y la única solución viable en ese momento era irse caminando. Por fortuna, Ingrid Gómez fue mi compañera en esta cansada y triste marcha.

Comenzamos a caminar juntas, con mucho miedo y enganchadas del brazo, desde la calle Doctor Basilio Vadillo, cruzando por la avenida Paseo de la Reforma, hasta llegar a la Alameda Central. Fue cuando inesperadamente vimos que en esquina con Avenida Juárez y la calle López, hasta llegar a Eje central Lázaro Cárdenas, los edificios de los establecimientos Sears, Gandhi y Telmex, frente al Palacio de Bellas Artes, estaban llenos de grietas. Tenían alrededor pedazos de pared y vidrios que habían caído de las partes más altas. Las escaleras de la entrada estaban deshechas y se veía un hundimiento de al menos diez centímetros bajo la banqueta. No lo podíamos creer.

Cruzamos el Eje Central para atravesar por la calle Francisco I. Madero y, al voltear a ver la Torre Latinoamericana, notamos que la mayoría de sus ventanas se habían abierto por el temblor e incluso se seguían moviendo. Cada vez teníamos más y más miedo.

Seguimos caminando y todos los comercios de esta emblemática calle del centro estaban cerrados o por cerrar. El silencio dominaba la ciudad cuando de la nada una horripilante voz alteró a todos los que la escuchamos. Era un anuncio de las alarmas de la ciudad que mencionaba: “Mantenga la calma”.

Mientras más avanzábamos, más edificios dañados había a nuestro paso. Llegamos a una joyería y notamos que una persona se encontraba tirada en el suelo de la entrada. Escuchamos a varias personas decir que le había caído una piedra y se le abrió la cabeza. Cuando nos acercamos pudimos ver a una muchacha siendo atendida por un paramédico que le limpiaba una gran cantidad de sangre.

Llegamos a la Plaza de la Constitución, en donde ondeaba la bandera de México que habían colocado por la mañana, y debajo se encontraba un mar de gente que caminaba desesperada hacia todas las direcciones posibles,

En ese momento sentí como mi piel se erizó y justo enfrente, afuera de la sede del Gobierno de la Ciudad de México, se encontraba una especie de centro de acopio para llevarle víveres a los damnificados de Oaxaca y Chiapas por el anterior sismo. Además habían colocado una carpa de primeros auxilios, en donde se alcanzaban a ver varias personas heridas que se quejaban de dolor.

Me acerqué y entre algunos curiosos alcancé a ver a una señora que gritaba muy fuerte pero no notaba herida alguna, hasta que desvíe la mirada a sus pies y vi el hueso de su tobillo saliendo de su carne. Cerré los ojos un momento y me aparte del lugar.

Doblamos en la calle José María Pino Suárez hasta llegar a la calzada San Antonio Abad, en donde en lo alto se veían los daños en las ventanas y paredes de la mayoría de los edificios que quedaban a nuestro paso. Faltaban ya unos minutos para que dieran las cuatro de la tarde. Decidimos parar a descansar un momento y comprar un poco de agua en una tienda que estaba a un lado de una gasolinera.

Entramos a la tienda y nos sorprendió que casi estuviera vacía. No había ni una sola botella de agua. El área de comida estaba casi vacía. Sólo alcanzamos a comprar dos botellas de agua mineral saborizada. La bebí como desesperada mientras reposaba en una sucia banqueta.

Mientras estábamos ahí, intentamos comunicarnos con nuestras familias, amigos y compañeros, pero era inútil. La señal regresaba unos segundos y desaparecía horas.

Estábamos por llegar a casa de Ingrid y con temor bajamos por un paso a desnivel sobre calzada de Tlalpan.

Al salir vimos un edificio muy elegante y recién construido a punto de caer. Seguimos andando y justo en la calle Alfredo Chavero, vimos otro edificio, este era bastante viejo (al parecer del IMSS), al borde del colapso. El cuarto piso ya no existía y sólo se escuchaban de nuevo los ruidos de las ambulancias y la gente que lloraba desesperada.

Por fin llegamos a su hogar y mientras ella tomaba cosas importantes, ropa y todo lo que podía, insistía en comunicarme con mi familia. A mi celular se le acabó la batería.

Nos fuimos lo más pronto posible de ahí y seguimos caminando sobre Tlalpan hasta llegar a la estación del Metro Chabacano. Habían reanudado el servicio. Nos abrazamos fuerte y nos despedimos, pues ambas íbamos hacia rumbos distintos. Ahora estaba sola, sin compañía, sin batería, cansada y con sed, mucha, mucha sed.

El primer intento de subir al vagón del Metro fue inútil. Después de media hora logré subir a otro vagón. No sé cómo, pero entre. El Metro y cada uno de sus vagones estaban a una persona de reventar. Pude notar que mucha gente perdió un zapato. Encontré gorras tiradas, suéteres, chamarras, una mochila y un cinturón en el piso. La gente pasaba sobre cada uno de estos objetos y no le molestaba nada.

Eran ya las 7:00 pm. No había ni una sola chispa de luz por las calles y, ya cansada, sucia y muy impresionada, con el cuerpo, la voz y la boca que me temblaban, entré corriendo y sólo grité desesperada: “¡Agua! ¡Agua!”, como si estuviera muriendo de sed y me alegré de ver a mi mamá y a mis pequeñas hermanas.

Me enteré por las noticias que en la calle Bretaña –a dos calles de donde vivo– un edificio había colapsado. Tenía tantos sentimientos encontrados… Unos minutos después un familiar llegó con el brazo hinchado. Al parecer estaba fracturado y en ningún hospital lo pudieron atender.

Salí a buscar ayuda y caminando por la calle me encontré a unos paramédicos. Les comenté que tenía un familiar lastimado, que me ayudaran por favor a atenderlo. Me respondieron amablemente: “Nosotros no somos especialistas en fracturas, pero en el calle de Bretaña me parece qué hay alguien que lo puede atender”.

Les di la agracias y corrí para avisar que alguien lo podía atender. Llegamos a la calle de Bretaña. Sólo se escuchaba el movimiento de los escombros, gritos y llantos desesperados. Veía en cada esquina caras angustiadas. Caminaba con la cabeza agachada y preguntaba en todas las ambulancias pero no pasaba nada, hasta que un paramédico cedió y lo confirmó.

“¡Familiar con fractura!”, le gritó a sus compañeros que llegaron inmediatamente. No pudieron atenderlo porque necesitaba radiografías.

Seguíamos en la calle de Bretaña. Empezó a llover y a la gente no le importaba. Hacían una cadena humana para remover los escombros y salvar la vida de las personas que habían quedado atrapadas. Me acerqué y, en ese momento, los civiles que se convirtieron en héroes pedían silencio, pues al parecer habían escuchado alguna voz bajo los escombros. Yo temblaba. La piel se me erizaba de nuevo y, bajo la lluvia, no pude ser fuerte. Dejé correr algunas lágrimas al escuchar un llanto e inmediatamente mil aplausos. Un momento que nunca borraré de mi memoria.

Aproximadamente a las 9:00 pm por fin llegó mi papá, a quien habíamos estado esperando todo el día, pues atorado en el tráfico y al verlo llegar sentí un enorme alivio. Él llevó a nuestro familiar al Hospital General Xoco, donde finalmente lo atendieron.

Unas horas después, en la madrugada, regresamos a casa. Me quité los zapatos, estaba cansada. Desde mi habitación se escuchaba todo lo que pasaba en la calle de Bretaña. No pude dormir y lloraba de lo mal que me sentía, de la tristeza que me daba ver todo lo que pasaba a un par de calles, pues nunca  imaginé pasar por  algo como esto, por esta tragedia que ni siquiera sé cómo llamar.

Hoy agradezco el seguir aquí, escribiendo y preguntándome lo mismo sobre este día inolvidable: ¿Por qué hoy? ¿Por qué justamente hoy, 19 de septiembre?

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