Los XV años

 

Hoy, despiertas a la vida

Hoy, dejas de ser una niña

Eres como una mariposa que sale de su capullo

Como una rosa que abre sus pétalos al aire

A partir de hoy, con la ayuda de tu papi y de tu mami

Te empiezas a forjar como mujer

Hoy, ya no eres una niña

A partir de hoy…

-Los Lagartos

 

 

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

 

Que yo recuerde, como a los ocho años asistí a la primera fiesta de quince años de mi vida, creo que fue de una prima. Tenía su vestido grande, pomposo y brillante. Su peinado era como de esos de antes, con un gran copete. Sus chambelanes con unos smokings negros con sus fajas y moños rosas, del color del vestido de la festejada, todos bien bañaditos y nerviosos.

 

Ya estando en el patio de la casa en donde se llevó a cabo dicho evento, los invitados empezaron a decir que hiciéramos espacio en la pista de baile porque ya iba a llegar la quinceañera y no sé qué más chingados, pero andaban desesperados, como si fuera a pasar el Santo Papa por el Eje Central Lázaro Cárdenas, todos corriendo y alborotados.

 

Yo no comprendía muy bien qué es lo que iba a pasar o estaba pasando, pero en ese momento empezó a sonar Pompa y circunstancia, y entraron los chambelanes, primero dos, luego la quinceañera, y después los otros dos. Se sentían como guaruras, bien derechitos, con la mirada al infinito. Todavía les brillaba la cara de la Nivea que se pusieron después de bañarse. La quinceañera ni se diga, parecía que flotaba. El vestido le cubría sus pies y pues más bien como que andaba levitando.

 

Los padres no podían con el llanto de ver a su niña ahora, como toda una señorita, y esa fiesta era el motivo para presentarla a la sociedad como una señorita. Después bailaron un vals, no recuerdo bien, pero supongamos que El Vals de las flores, que es el más común. Cuando terminaron, ella quedaba en el aire cargada por sus cuatro chambelanes. El público rompió en aplausos y pidieron que lo volvieran a interpretar…

 

–¿Otra vez?

–¿Qué no lo acaban de ver?

 

Así que tomaron de nuevo sus posiciones iniciales y va de nuez… Tara rara tara ra ra raaaa.

 

Después de que terminaron, la hueva que yo traía ya me llegaba al piso. El del sonido me espantó con su voz chillante y gritando por el micrófono

 

–¡¡Claro que siiiiii fuerte el aplauuuuuuuso¡¡ ¡Solicitamos la presencia del padre de la festejada para abrir el vals familiar!

 

–¿Vals familiar? ¡Vale madre!

 

Y así empezaron a pasar los tíos, los primos y todos, que lo que hacen cuando están bailando es platicar ¿De qué platican? ¿En tan poco tiempo? Luego dijo mi nombre el del micrófono, que además se equivocó…

 

–No es Alfonsito, es Alonsito… ¡Pendejo!

 

No me hice mucho del rogar y pasé a bailar con la quinceañera. No sé qué tienen esos vestidos que, cuando tomas por la cintura a la cumpleañera, se les siente una cinturita bien formadita. Pues ahí andaba yo, ya pensando en otras cosas, cuando le llamaron a otro güey para que tomara mi lugar.

 

Con una reverencia me despedí de los chambelanes, ya que ellos, a cada persona que pasaba le hacían una reverencia y así también lo despedían. El vals familiar cerró con el padre otra vez y yo les preguntaba a mis papás si también tenían que repetir ese vals. Es que yo era chico e inocente, entonces no entendía si habíamos ido a una fiesta o habíamos ido a ver bailar a mi prima con sus cuatro guaruras.

 

Después todo el mundo andaba en su onda, sin música. Unos iban de aquí para allá, otros fumaban, tomaban, reían, cuando apagaron la luz y se encendieron unas de colores, y volvió a salir mi prima con los cuatro güeyes esos, pero ya vestidos con playeras pegadas y pantalones de mezclilla. Bailaron El tiburón, de Proyecto Uno. Estuvo divertido, pero cuando terminaron, la multitud de aproximadamente 50 personas comenzó a gritar:

 

–¡Otra! ¡Otra!

 

A lo que yo pensé: ¡Me lleva la chingada!

 

Y otra vez que la vuelven a bailar.

 

Después de más de una hora de bailes y aplausos, regresó con su vestidote puesto de nuevo e hicieron un ritual bastante bizarro en el que a ella le entregan su última muñeca, en un cojín o algo así medio cenicientesco. Hubo más lágrimas y aplausos.

 

Luego sus padres tomaron el micrófono y agradecieron a todos los invitados por estar con ellos en ese momento tan importante de sus vidas. Luego nos dieron de cenar y hubo más baile. Ya a entradas horas de la noche ya muchos de los adultos desvariaban y los trajes y corbatas ya no existían. Todo era fiesta y felicidad.

 

Años después a mí me tocó ser parte de esas tradiciones. Ser de los 15 chambelanes, junto con 14 damas, y la quinceañera obviamente, que es la que se tiene que lucir, sí, yo también estuve en esos eventos no una, sino como siete veces, hasta le puse los pasos a varias quinceañeras y a mi hermana.

 

Pensé en poner una escuela de baile y alquilarme como chambelán, pero solo fue un sueño guajiro. Lo mío no era eso, lo mío es ir a las fiestas de XV años a beber y bailar.

 

Los tiempos han cambiado mucho. Ahora las quinceañeras ya parecen de 25 años y los chambelanes de 30 y ya muchos parecen «chambelanas». Los del show y los que se lucen son ellos.

 

Aun así era muy divertido formar parte de esas tradiciones que se han ido perdiendo año tras año. En los próximos XV años que participaré, serán en los de alguna hija probablemente.

 

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