Centro de Arte Dramático, un camino sin retorno

Por Daniel Lara Hernández

 

Al cruzar Río Churubusco de norte a sur, la transición entre Cuauhtémoc y Centenario es siempre fascinante. Comparable al momento en que uno realiza el beso entre la carretera y algún poblado.

Como se diría en aquellos lejanos pueblos gaélicos: “Ve y que el camino se levante para conocerte”.Y es así. Cuando las coloridas fachadas y la folclórica arquitectura de Coyoacán comienzan a hacerse presentes, es inevitable sentir un escozor de cierta familiaridad y comodidad.

El arte, manifestación de nuestros más grandes dolores y anhelos. Los olores, nuestra piel plasmada aquí y allá.  La gente, esa gente, ese México de mil caras. Los sonidos, fieles acompañantes de nuestros pasos. Es una orquesta que toca al unísono para dejar su marca profundamente dentro de nuestra memoria.

Sin embargo, como cualquier zona, aún tiene secretos que se escabullen hasta del más agudo de los observadores. Es que, claro, habrá los que digan que estoy siendo algo injusto. Que quizás estoy pidiendo que se encuentre la aguja dentro del pajar. Pero les puedo asegurar que injusticia no hay ninguna más que para el lugar del que les voy a platicar.

Avanzando sobre Centenario, llegando al corazón del mapa, hay un tesoro que no ha gozado de los mismos cariños que sus similares.

No puede presumir de vanidad, puesto que no hay nada que la alimente. No puede presumir de atención, puesto que no hay nadie que la atienda. Es una perla dentro de la más hermosa ostra. Tan hermosa que no es menester abrirla.

Un lugar que rinde homenaje a lo que se le escuchó decir alguna vez a Moliere: “La hermosura sin gracia es un anzuelo sin cebo”.

El Centro de Arte Dramático, ubicado en la esquina de Centenario y Belisario, es uno de los últimos bastiones de teatro puramente independiente y bohemio que aún quedan en pie en la ciudad de México.

“Nosotros consideramos que la labor que hacemos en CADAC es muy diferente a la que se realiza en otras partes, no por demeritar el trabajo de los demás, pero nuestro interés es meramente cultural”, dijo Rabindranath Espinosa, uno de los directores de la institución, al ser cuestionado acerca de lo que distingue a dicha institución.

CADAC fue fundado en 1975 por el dramaturgo mexicano Héctor Azar, quien fuera director general del departamento de teatro y difusión cultural de la UNAM. La idea principal de Azar era la creación de un espacio meramente independiente que se avocara a la promoción, difusión y capacitación del arte teatral en la cuidad.

“Uno de los principales retos que afrontó el maestro Azar fue tratar de romper con el esquema institucional que siempre ha regido al arte”, señala Rabindranath. “No se traba únicamente de fundar una escuela o un teatro, se trataba de crear un espacio libre de cualquier intervención y que pudiera abogar por el arte”, agregó.

Una de las grandes innovaciones que supuso la incursión de CADAC en el panorama teatral fue el diseño de su escenario principal, denominado “Espacio C”. Esta propuesta es la que posteriormente inspiró los esbozos de famosos recintos como El Granero y El Galeón. El diseño supone una estructura de grada de 190 grados de visibilidad, algo que destacó del formato tradicional frontal.

“Uno de los mayores aciertos en la construcción de CADAC fue el diseño de su teatro. El espacio C permite una mayor integración e interacción entre actores y público, creando una atmósfera más íntima”, mencionó Cecilia Loaiza, una de las profesoras de la institución.

CADAC se presenta ante uno como una clásica construcción colonial. Pasillos adornados con caricias barrocas. Salones y cuartos que recuerdan aquellos andares de Chaplin en busca de inspiración. Un jardín que circunda a una fuente de piedra cuyo sonido pareciera un llamado para sentarse y leer algún libro de aquellos que nunca logramos terminar.

Y al fondo del recorrido, la entrada de madera, porque claro que debía ser de madrea, que da hacia el foro principal. Todo dentro del lugar es como una pintura a gusto de lo que significa la vida banal, efímera y artística.

“Hay un cierto aire de cultura dentro de CADAC, cada que viene gente a ver alguna obra o alumnos a tomar sus cursos, es lo primero que nos dicen”, menciona entre risas Rabindranath. “Digamos que nos gusta pensar que los actores aún requieren de alguna inspiración genuina que solo se encuentra en lo sublime”, concluyó, lanzando una mirada de anhelo seguida de un suspiro profundo, de esos que ocultan un deseo que cada vez se aleja más.

Y es que esas demostraciones subliminales por parte de Rabin tienen un porqué bastante bien definido.

Desde el 2012 CADAC se ha visto inmerso en un mar de situaciones adversas, desde las recurrentes cuestiones económicas, derivadas de los bajos índices de interés por el teatro en México, y quizás por el arte en general, hasta auténticas luchas por la renovación del contrato de comodato que administra el Instituto de Administración y Avalúos de Bienes Nacionales (Indaabin).

Proceso fue uno de los medios más destacados que dieron cobertura directa a todo el desenvolvimiento de estos conflictos. “Nosotros buscábamos que la voz se esparciera, afortunadamente hubo algunos medios que se interesaron por lo que ocurría aquí”, explica Rabindranath.

Obviamente los recursos monetarios de los que dispone CADAC no están siempre a la altura de lo que, en palabras del Indaabin, es una “esquina privilegiada”.

Otros recintos culturales enfrentan el mismo problema. El Foro Shakespeare es uno de ellos, que pese al apoyo mediático y de artistas como Bruno Bichir, ve la necesidad de cambiar de locación como una realidad cada vez más cercana.

“Aún no estamos libres de que en cualquier momento nos puedan mover. Lo que pasa es que por ahora hemos conseguido conservar los permisos y prestaciones suficientes para poder solventar esta situación”, asegura el director de la institución.

La realidad de que la corriente comercial que domina la arena cultural en nuestro país únicamente fluye en una sola dirección es una afirmación irrefutable. La gran mayoría de las instituciones artísticas independientes están sujetas a adversidades de carácter económico y de percepción social. Es decir, esta contraposición de su ideología con la institucionalización cultural está siempre latente y culmina de manera irremediable en la completa desaparición de todos aquellos organismos ajenos a lo que se denomina “mainstream”.

El escenario en el que México se encuentra es un escenario en el que el arte necesita colgarse de intereses publicitarios o mercadotécnicos para sobrevivir, un escenario en que la población no encuentra la motivación suficiente para tomar un libro, asistir a una obra o acudir a un museo. Un escenario en el que el arte encuentra su sitio en los últimos peldaños del escalafón social.

Todo esto es lo que provoca la desaparición de lugares como CADAC. Lugares que una vez idos, jamás se volverán a ver erguidos. En palabras de Rabin, “No solo se trata de salvar una escuela, un teatro, una librería, se trata de salvar un estilo de vida”.

 

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