#0112MX Las primeras gotas de sangre de un sexenio autoritario

Por Mónica Monserrat Ramírez Rivera

Foto: Edgar López

Primero de diciembre de 2012. Enrique Peña Nieto toma protesta como presidente de la República. En ese día frío, Juan Carlos Salas se prepara como voluntario en la Cruz Roja Mexicana para cubrir el evento. Salas es asignado a la Central de Bomberos que se ubica atrás del Mercado de Sonora.

Se encuentran ahí estratégicamente para responder en caso de los disturbios que se tenían previstos afuera de la Cámara de Diputados, en San Lázaro. Salas está más ansioso que nervioso. Como paramédico y operador de la ambulancia 26, a la que fue asignado ese día, espera el servicio que lo sacie de adrenalina.

Los bomberos suben a su camión, un camión grande. Salas va tras de ellos para responder al servicio en San Lázaro. Las sirenas suenan desesperadas. Las torretas prenden y apagan.

Salas y la ambulancia son uno. Se conectan a través del volante y toma el control mientras recorre tras ellos la avenida Fray Servando, Congreso de la Unión, y el Eje 1 Norte para llegar a la calle San Antonio Tomatlán.

Juan Carlos lleva más de 20 años como voluntario. Su experiencia permitió que viera la escena con una toma panorámica. Observó a cada uno de los manifestantes que atacó al camión de bomberos.

“Empecé a ver cómo le aventaban bombas molotov. Empezaron a romper los cristales del camión y es cuando yo pido por la frecuencia de radio apoyo de más unidades.”

Juan Carlos Salas frenó 50 metros atrás como precaución. Sabía que la ambulancia no aguantaría como el camión de bomberos. Enseguida llegó otra ambulancia junto a ellos.

Rodeados por los protestantes, quienes pensaban que abordo había policías, avanzaron unos metros donde requerían atención médica. El recuerdo de Salas está intacto. Las dos ambulancias llegaron al punto donde estaban los heridos.

Murrieta, su compañero de la ambulancia se adelantó. Juan Carlos Salas sabe controlarse, pero es inevitable el caos que ocasiona la gente alrededor. Salas recuerda que la misma gente subió a heridos que se encontraban estables a la otra ambulancia.

Pero cuando Salas bajó de su asiento, no pudo dar más de cuatro pasos. “La gente traía arrastrando una malla metálica y encima un herido a manera de camilla improvisada.”

Salas de inmediato supo la gravedad del herido llamado Kuy. Presentaba un impacto en la frente, por encima de un ojo. No supo con exactitud qué lo provocó. Kuy,  inconsciente, con fractura de cráneo y exposición encefálica. Su vida ahora estaba a cargo de Salas y su tripulación.

No fue todo. No había más ambulancias para todos los heridos. Subieron a otro herido a la ambulancia de Salas. Uriel presentaba impactos en ambas piernas. Impactos que no eran de un calibre pequeño. Impactos que ponían en riesgo su vida.

Salas actuó rápido. Tenía que hacerlo. Tomó el volante y la gente le abrió paso para ayudar a quienes iban a bordo. Siguió la orden de sus jefes y trasladó a ambos al Hospital Central de la Cruz Roja Mexicana, en la colonia Polanco.

A Juan Carlos Salas lo invade la adrenalina. Se siente como si consumiera opiáceos. Llegó a la rampa de urgencias del hospital. El público lo esperaba como si fuera a haber un show. Periodistas, amigos, paramédicos y doctores los esperaban.

Salas dejó a los pacientes en manos de los médicos. Salió del hospital y se liberó.

“Me han tocado cinco o seis servicios de ese tipo de impacto”, dice ansioso por el siguiente. Salas supo que tenía que regresar al punto donde se suscitó lo anterior. Sabía que en ese momento le pasaba lo mismo a sus demás compañeros. La historia no tiene fin.

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