Ya nada es igual en el Templo de San Hipólito

Texto y foto: Alejandra Ayluardo Gómez

 

Sus enormes muros y bóvedas de piedra de tezontle, cal y canto con acabados coloniales; su descomunal portón de madera, y las innumerables veladoras, pulseras, imágenes, rosarios, estatuillas, crucifijos, medallas, relicarios, libros y demás artículos religiosos, caracterizan al Templo de San Hipólito, mejor conocido como la Iglesia de San Judas Tadeo, el santo de las causas perdidas.

 

Este punto religioso recibe cada 28 de mes infinidad de peregrinos que viajan desde todo el país para cumplir sus mandas, conocer el monumento histórico, pedirle ayuda, comprar algún artículo o simplemente hacer presencia en la misa.

 

Juanita trabaja vendiendo boletos de lotería desde hace más de 40 años en los escalones de uno de los centros de peregrinación con más afluencia en la Ciudad de México.

 

***

Con 96 años de edad, la piel arrugada, una gran sonrisa, pequeños ojos, nariz prominente y piel canela, Juanita observa la aglomeración desde el tercer escalón de la iglesia.

 

Niños corriendo, jóvenes cantando, señoras rezando… Es lo que cuenta Juanita que vive todos los 28 de mes. “Pero en octubre, el 28 de octubre, cierran calles, traen música, se quedan toda la noche, hay mucha más gente esperando a que abra las puertas el templo para entrar. Ese día es el mero día de San Judas”, dice con voz tenue y rasposa.

 

Juanita conoció a la señora Lidia Solís en los años setentas. “Recuerdo cómo Lidia se hacía cargo de muchas cosas. Los padres la querían mucho a ella y a sus hijos”, dice Juanita con una sonrisa.

 

“¡Uy! Yo conocí a su mamá Esperanza, a Sofía su hermana, a Juan su hermano, a sus hijos… Todos aquí platicando, trabajando, riendo. Eran buenas personas”.

 

El padre Arturo de la Iglesia de María Reina, a una cuadra de donde Lidia vivía con sus hijos, le dijo que en la Iglesia de San Hipólito buscaban a alguien que fuera a cuidar a los padres.

 

Comenzó a cuidarlos, hacerles el aseo, la comida. Su mamá Esperanza se encargaba del aseo de la Iglesia, su hermano Juan y su hermana Sofía apoyaban también, aunque fue poco el tiempo que trabajaron ahí.

 

El padre Ángel era el sacerdote principal, pero también tuvo una estrecha relación con el padre Arturo, Macario y Geroncio. Los padres Ángel y Geroncio eran españoles, Macario de Guadalajara y Arturo de la Ciudad de México. Venían de la Escuela Claretiana de Santa Úrsula. Cuenta que todos los sacerdotes tenían que cumplir 8 años como mínimo en el templo para poder irse a otro lugar, o bien permanecer ahí, como el padre Ángel, que llevaba unos 20 años en el lugar.

 

***

La fachada del Templo de San Hipólito es de estilo clasicista y se compone de tres partes: la primera es el acceso principal con un arco de medio punto con frondas resaltadas, un par de nichos y columnas de estilo toscano de tres cuartos.

 

La segunda parte es en donde se encuentra San Hipólito, ubicado al centro, labrado en cantería con dos imágenes a su lado, quienes figuran ser San Antonio Abad y San Antonio de Padua. En la tercera parte se localiza la Virgen María en un colorido vitral con origen del siglo pasado.

 

En lo alto fueron construidas dos torres giradas a 45 grados respecto a la alineación del resto del templo, y en la parte de atrás se contempla la cúpula octagonal en donde se encuentra el campanario. El arquitecto José Damián Ortíz de Castro esculpió un águila levantando a un indio entre sus garras, que se encuentra en el atrio de la capilla y debajo se lee la siguiente inscripción:

 

Tal fue la mortandad que en este lugar hicieron los aztecas a los españoles la noche del día 1 de julio de 1520 llamado por esto noche triste que después de haber entrado triunfantes a esta ciudad los conquistadores al año siguiente resolvieron edificar aquí una ermita que llamaron de los mártires y la dedicaron a San Hipólito por haber ocurrido la toma de la ciudad el día 13 de agosto en que se celebra este santo. Aquella capilla quedó a cargo del ayuntamiento de México quien acordó hacer en lugar de ella una iglesia mejor, que la que hoy existe y fue comenzada en 1599.

 

El templo de San Hipólito y San Casiano fue edificado para rememorar la toma de Tenochtitlán, el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito. Se construyó donde anteriormente estaba la ermita que Hernán Cortés había mandado a construir en conmemoración de los españoles caídos durante la Noche Triste, que llevaba como nombre Ermita de los Mártires. La construcción del templo comenzó en 1599 y finalizó hasta 1740.

 

“A todos les lavaba, les cocinaba, los atendía… Ellos me querían mucho. Negrita, me decían. Me ayudaban con zapatos para mis hijos, estudios, ropa”, cuenta Lidia.

 

“Me encariñé con algunos y a varios los cuidé cuando enfermaban o ya de grandes”. Cuando la señora Esperanza dejó de ir, Lidia se llevó a sus hijos desde chicos a trabajar.

 

Jesús, Josefina, Lidia, Sandra, Araceli y Martha comenzaron a integrarse a las tareas del templo. “Martha fue la que menos estuvo ahí, no le gustaba. Jesús se encargaba de la sacristía y las demás vendían veladoras, escapularios, rosarios, imágenes en los puestos que adecuó la misma iglesia”, recuerda Lidia.

 

***

En 1563 se funda el primer hospital de la Nueva España por órdenes del Arzobispo Montúfar, y se le atribuye su fundación al arquitecto Bernardino Álvarez, quien años más tarde agregó más habitaciones para albergar a personas de bajos recursos, problemas mentales y ancianos.

 

El lugar era dirigido por la primera orden religiosa mexicana conocida como los Hermanos de la Caridad. Históricamente el Templo de San Hipólito se divide en cuatro períodos. El primero consta de 1892 a 1917, periodo en el cual los padres Paulinos reforman la iglesia, el hospital y el convento, posteriormente pasaron la administración al clero diocesano.

 

El arzobispo de México, Alarcón y Sánchez, propuso entregar el templo a los padres de la congregación de misioneros del inmaculado corazón de María mediante un documento donde se les concedía el uso formal del templo. En 1892 el arzobispo Plegaria Labastida entregó el templo de San Hipólito a los padres misioneros Claretianos. En 1893 el interior del tiempo fue remodelado por el arquitecto Manuel Francisco Álvarez.

 

El segundo periodo consta de 1917 a 1942, en el cual el templo estaba considerado como sede provisional de México, Cuba, las Antillas y las comunidades dianas en Estados Unidos. A causa de las persecuciones religiosas en el país por la Revolución, el templo permaneció cerrado hasta 1919.

 

De 1942 a 1967 se dio el tercer periodo, en el cual la comunidad Claretiana celebrar sus bodas de oro por su estancia de 50 años en San Hipólito. En febrero de 1955 se fundó la escuela por el padre fierro para sordomudos y pobres del país con el nombre de Rosendo oye ta, y está en uno de los salones anexos al templo.

El cuarto y último periodo, se dio de 1967 a 1991, en el cual la escuela Rosendo oye ta, permaneció como la única en México organizada por la Iglesia Católica totalmente gratuita, sostenida por los donativos que recibía el templo.

 

A partir de 1986, las tareas del templo se concentraron en la modificación del escuela y la fabricación de un proyecto comunitario. En 1969, con motivo de la construcción del Metro Hidalgo, la asistencia al templo disminuyó y en mi 1985 la estabilidad estructural sufrió gravemente debido a los sismos de septiembre de ese año.

 

Cabe mencionar que en 1982 la imagen de San Judas Tadeo fue colocada, y eso es motivo por el cual hoy se conozca al templo de San Hipólito como el templo de San Judas Tadeo o San Juditas.

 

***

Lidia y su familia solían prepararse cada 28 de octubre para la celebración del Santo Judas. Los padres les pedían que se hicieran cargo de los peregrinos y cuidaran el templo.

 

“Todos los 28 de cada mes había mucha gente, todo lleno. La noche del 27 la gente comenzaba llegar, muchos artistas Como Carmen Salinas, y van a celebrar a San Juditas. ‘El Tigre’ Azcárraga solía ir seguido. Corría el rumor que anduvo con una chica que vendía billetes de lotería, Juanita debe de saber. Se dice que hasta tuvo un hijo con él y después desapareció. Quién sabe qué haya pasado con ella. La gente se quedaba a dormir en la calle para amanecer y poder entrar un rato por la mañana. Había varios estudiantes y alumnos de escuelas de sordomudos. Todos disfrutamos los 28 de cada mes”, comenta Lidia.

 

A finales de los noventas, uno de los frailes de la Divina Providencia, el contador y el secretario de los sacerdotes, me ofrecieron llevarme a la iglesia de la Divina Providencia, que está en Indios Verdes. Yo salía de San Hipólito a las tres de la tarde y me iba a lavar los manteles, purificadores, los mantos y las túnicas de los sacerdotes de la Divina Providencia.

 

Poco a poco empezaron a pedir más cosas hasta que me contrataron allá y me quede tiempo completo. Pero en Indios Verdes sólo lavaba y planchaba entre semana  y cocinaba los fines de semana. Lunes y martes lavaba. Miércoles, jueves y viernes planchaba, y los sábados cocinaba.

 

A pesar de que yo me fui a la Divina Providencia, mis hijas se quedaron en San Hipólito más años”, dice Lidia.

 

“Tengo 20 años de no ir al templo de San Hipólito, pero ya no están los mismos que antes, ya son todos nuevos. Dejé de ir a visitar porque se tiene que hacer cita para poder entrar, todo ha cambiado. Hay cámaras por todos lados, sistemas de seguridad, ya nada es igual…”

Related posts