“¿Que qué vamos a hacer? Vivir hija… Vivir”

 

Por Brenda Ramírez Padilla

 

A sus 88 años, Margarita Becerra González conserva una sonrisa traviesa y la habilidad de viajar en el tiempo cada vez que cuenta una historia. Madre de 11, abuela de 21 y bisabuela de siete. Es también responsable de un arroz blanco sin fallas y todo tipo de comidas reconfortantes. Por eso Alondra, una de sus nietas, me dice que su abuela la ha enseñado que a veces el amor también se come.

 

Viste de negro, a veces de gris. Se recoge el cabello en un chongo casi todas las mañanas y cuando hay eventos familiares, aún pinta sus canas. Tiene muchos años sin dientes y su cara se acopla mejor. Camina con pasos marcados por la edad pero siempre fuertes, decididos.

 

Desayuna café, pan, atole o huevo. No sigue órdenes de nadie, es testaruda y tiene una voz que lo cura todo. De calzado, siempre anda cómoda. Sus “chanclitas”, dice ella. Usa lentes, de esos que intensifican la mirada y rozan su lunar de la nariz. Da la impresión de asentir cuando te escucha, poniendo toda su atención en cada una de tus palabras.

 

A Margarita la podrían definir muchas cosas. Primero, sus historias de la infancia. Nació en San Miguel el Alto, Jalisco. Es la quinta de seis hermanos y siempre tuvo un carácter pícaro. Cuenta, sin antes atacarse de risa, cómo hacía maldades a su hermana mayor.

 

Platica ella y cuentan sus hijos, también, de la vez que a los ocho o nueve años de edad (cuando ya se iba a trabajar a la granja de su madrina), que su mamá la mandó a comprar comida. En vez de esto, usó el dinero para comprar su cuaderno y su lápiz, pues estaba decidida a inscribirse a la primaria.

 

Terminando las clases estaba atemorizada. Sabía el fuerte regaño que la esperaba, así que el director la acompañó hasta su casa para abogar por ella. Eso, me dice Dolores, una de sus hijas mayores, “es lo que realmente la define como Margarita Becerra González”. Así fue como empezó su vida académica. Cursó toda la primaria y la secundaria, hasta que se casó y se vino a vivir a la ciudad. Aun así, prometió enseñarle a escribir a Saturnino, el afortunado.

 

La fuerza de Margarita es algo que deslumbra. Cada vez que menciona su edad, la gente se sorprende. ¿Cuántos ancianos dejan de sentirse productivos muchos años antes? Pero ella no.

 

Aunque tiene una pierna que la traiciona al dar el primer paso, se rehúsa a usar silla de ruedas y mucho menos la andadera. A Margarita le gusta andar de arriba abajo, ir al mercado, cocinar, jugar con su gato y no dejar de asistir a misa. Su relación con dios es otra de las cosas que se mantienen como roble.

 

Entrevisto a sus hijos y nietos, al menos a la gran mayoría. Todos tienen anécdotas, palabras de amor y entre relatos, un poco de nostalgia. ¿Qué es, entonces, lo que más admiran de Margarita?  Me describen una mujer inteligente, de una pieza.

 

Ingeniosa para resolver problemas, inquebrantable ante el dolor, ante las adversidades. Me platican de una Margarita traviesa, llena de energía y de vez en cuando, colérica. Hablan de su generosidad, de su manera de adaptarse con los años a un lenguaje moderno, como cuando responde que algo le es “equis” o agradece con un cálido “Thank you”.

 

Dolores, que tiene más de una historia, me cuenta de la vez que con nueve hijos, su padre decidió cruzar la frontera y buscar el sueño americano. Mandaba muy poco dinero y Ana, la hija mayor, trabajaba para aportar un poco. Las dos siguientes cursaban la secundaria, cuatro más la primaria y dos más eran muy pequeñas. Era inicio de ciclo escolar y aunque se pudieron cubrir algunos uniformes, aún faltaban los útiles.

 

Con muy pocos recursos y muchas bocas que alimentar, la familia temió sufrir un reajuste. Primero, porque significaba dejar de estudiar y trabajar para salir adelante. Por supuesto, Margarita no lo permitió. Aseguró que sólo estudiando tendrían acceso a una vida mejor, así que sacó unas colchas tejidas blancas, las planchó y las almidonó con una perfección que podría definirle y las vendió para comprarle a sus hijos lo que necesitaban. Una vez más, enseñándoles siempre a resolver problemas.

 

Margarita lleva más de la mitad de su vida viviendo en la colonia Progreso Nacional, del lado norte de la ciudad, en la delegación Gustavo A. Madero. En las calles, la gente la saluda, la cuida y la conoce. En el mercado, en la iglesia. En los locales goza de cierta preferencia, pues su bondad y generosidad es reconocida en todos lados. Esto empezó cuando su marido, Saturnino perdió su trabajo en la imprenta, después de que ésta quebrara cuando el dólar saltó de 8.50 a 12.50 pesos.

 

Celedonia, hermana de Margarita, le sugirió vender leche. Así empezó, con unos botes de 10 a 5 litros. Tiempo después fue comprando tres becerritas: Lucero, Estrella y Rayo de Luna. Las engordó, las vendió y con esto, ella y Saturnino tuvieron el capital suficiente para lograr lo que se habían propuesto para sacar adelante a sus hijos: construir una tienda dentro de casa. Consiguieron un traspaso y fue por ahí de 1961 cuando “La Escondida” abrió sus puertas. Puertas que cerrarían tiempo después, en 1995. al morir Saturnino.

 

Aunque la vida no siempre ha sido justa con Margarita, ella se ha encargado de serlo con la vida. Uno de sus nietos mayores, Gerardo, me cuenta cómo recuerda a su abuela enseñándole las tablas de multiplicar antes que cualquier niño de su grado las supiera. Su dedicación para estudiar con ellos, su paciencia y su exigencia.

 

Cointa, por su parte, recuerda la rutina de los domingos en la mañana con mucho amor. Ir por churros y pan a la esquina, regresar a casa y desayunar delicioso. Después ir al mercado, pelar chicharros para el arroz y tomatitos para la salsa. Acompañarla a tender y a llenar de agua sus lavadoras. Margarita también la enseñó a tejer.

 

Los nietos, así como sus padres, ven en Margarita muchas cualidades. Quizá un poco ablandada por los años, pero siempre con sus ideales definidos. Otra de las palabras que usan constantemente es “generosa”.

 

Mariana, de 28, me platica una anécdota que recuerda constantemente: Viajando a Guadalajara, parando por La Piedad, bajaron a comer barbacoa y cuando iban de regreso al coche vieron unos niños muy pobres y mal vestidos. Sin decir nada, Margarita bajó del coche y se abasteció de dos bultos de carne maciza, tortillas y refrescos. Cuando hizo entrega de lo dicho a estos niños, aseguró estar lista para continuar su camino.

 

De los recuerdos en común entre sus nietos está lo bromista que Margarita lleva dentro. Cuando sentaba a sus nietos en el comedor y les lanzaba tortillas desde la cocina para acompañar su comida. Eso sí, con una puntería inequívoca. Verónica, la nieta que más se parece a ella, recuerda entre sonrisas cuando, caminando por las calles de la colonia, Margarita tocaba timbres y se echaba a correr, invitando a sus nietos a jugar con ella.

 

Margarita es una persona que siempre tiene ganas de aprender. Dania, la menor de sus hijos, me asegura que lo que primero que su madre le enseñó fue el deseo de descubrir cosas nuevas y de siempre procurar tener una vida mejor.

 

Es fácil describir a Margarita cuando ha dejado tanta huella a su alrededor, cuando hay tantas historias encerradas en un mismo lugar. Me quedo con ganas de entrevistar a una de sus hijas, la que llevaba su nombre. Murió hace casi ocho años a manos del cáncer y le dejó tres hijas a su cargo.

 

Después de esto, la vida de Margarita volvió a dar un giro completo. Adaptó su casa para adoptar a tres mujeres más, esperándolas siempre con comida caliente, con una sonrisa y con la certeza de que en ella existiría siempre un hogar. Margarita mantiene, después de tanto tiempo, a una familia numerosa unida.

 

La última historia me la cuenta Fernanda. Poco tiempo después de que murió su madre, llegó de la preparatoria a casa de su abuela.

 

Vio el pequeño departamento que estaba siendo construido para ella y sus hermanas y, al verlo todo en ruinas, se echó a llorar. No entendía su lugar en el mundo, se sentía perdida. Su abuela, quien acababa de perder a una hija, se sentó junto a ella.

 

“–¿Qué vamos a hacer, abuelita?”

 

 “–Vivir hija.”

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