Van Hensbergen: Picasso y el icono más poderoso de todos los tiempos

Por Rivelino Rueda

Del rostro de Pablo Picasso escurren gruesas gotas de sudor. En cuclillas da los últimos retoques a lo que se convertirá en uno de los iconos más poderosos del Siglo XX. El genio se encuentra arrinconado en su estudio parisino de la rue des Grands-Agustins.

Los esbozos y anotaciones del malagueño de los últimos dos meses quedan plasmados en un enorme lienzo que presenta figuras ensortijadas de seres humanos y animales (divinos y mitológicos) desmembrados por el terror de la atrocidad humana.

Picasso retrata imágenes a la velocidad de un rayo. Picasso tiembla de impotencia y lleva al arte un desgarrador grito de protesta. Picasso huele el óleo y el lienzo virgen… Picasso plasma en unas semanas una de las más grandes obras de arte de todos los tiempos…

En la cerrada oscuridad de la noche euskera del 26 de abril de 1937 una parvada de aviones pardos realiza maniobras implacables. La primera detonación es nítida y desgarradora. De ahí sigue el terror de tres horas de bombardeo aéreo en contra del pueblo indefenso de Gernika.

La Legión Cóndor de la fuerza aérea nazi arranca de raíz un pequeño poblado del País Vasco, no tanto porque signifique un enclave estratégico de las fuerzas republicanas, sino para advertirle al mundo entero lo que el fascismo está dispuesto a hacer en un conflicto de mayor envergadura.

Guernika es el ensayo desolador de lo que un desquiciado régimen totalitario realizaría a lo largo y ancho de Europa un año y medio después… Es el laboratorio atroz del martillo franquista machacando a civiles con el primer “bombardeo de saturación” en la historia, con un infierno a dos mil quinientos grados centígrados de temperatura, pulverizándolo todo a su paso.

Gijs van Hensbergen, escritor, historiador de arte y arquitecto de origen holandés, narra en el libro Guernica. La historia de un icono del Siglo XX, los orígenes, los periplos y el legado de esa magistral pieza cumbre del movimiento cubista… Su presentación en la Exposición Mundial de París, en julio de 1937; su exilio involuntario (a petición de Pablo Picasso) en el Museo de Arte Moderno en Nueva York, y su regreso a España tras la muerte del dictador Francisco Franco, como lo había ordenado el genio malagueño.

El Guernica y su fuerza. El Guernica y su desgarrador mensaje. El Guernica y su potencia visual. El Guernica, siempre el Guernica, el de sus siete figuras centrales: el toro (o Minotauro) representando a la República Española; la madre del alarido ensordecedor con su hijo desvencijado en los brazos; el guerrero de la espada rota y la flor en la mano derecha; el caballo (o el Pegaso) con su estremecedor relinchido de fuego; la mujer que implora al cielo con la metralla incrustada; la mujer que corre entre la locura con los senos al aire; la dama que estira el brazo hasta el fin de los tiempos para alumbrar la barbarie… Y en medio el foco en forma de ojo que todo lo observa…

Y Van Hensbergen recuerda que “mientras el prolongado sonido de las sirenas que advierten de un ataque aéreo recorra una ciudad amenazada extendiéndose hacia la lejanía, cada nuevo conflicto, cada nuevo bombardeo, cada acto de devastación total plantea la misma pregunta: ¿Será ésta la Guernika de nuestra era?”

Pero el gran Picasso, en 1949, lo planteó de otra manera, muy al estilo del genio: “Los artistas somos indestructibles; aun en la cárcel, o en un campo de concentración, yo sería todopoderoso en mi propio mundo artístico, aunque tuviera que pintar mis cuadros con la lengua mojada sobre el polvoriento suelo de mi celda”.

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