Unos minutos en el infierno

Por Roselia Barragán Garduño

Foto: Eréndira Negrete

En cuanto cruzó la puerta, las palabras de su madre, que aún dormía, le resonaron en la cabeza: “Minifalda en el Metro, no”.  Recordó  las veces que habían discutido acerca de su vestimenta para salir en transporte público. Dudó un poco del atuendo que eligió, pero siguió su camino, convencida de que no cometía ningún error. “Hace mucho calor. Llevo minifalda, ¿y qué?”, se dijo a sí misma la joven de 26 años.

El pronóstico de la temperatura para ese viernes  19 de mayo superaba los 30 grados en la Ciudad de México. Toda la semana había incrementado el calor, situación por la que Daniela decidió usar una minifalda negra de mezclilla para ir a la escuela.

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Liz tiene 23 años, el cabello castaño oscuro, la tez blanca, unos brillantes ojos cafés y le fascina utilizar vestidos, medias y shorts, sin embargo, “ese día iba para natación, llevaba el pants más mugroso y feo que tenía y una chamarra enorme”. Cuenta su historia con la voz entrecortada, a pesar de que han pasado casi cuatro años.

“Mi clase empezaba a las 7. Tengo mucho la sensación ese día de haberme levantado con un presentimiento de esos que te dicen que tal vez no deberías hacer las cosas. Mi presentimiento sólo terminó en pedirle a mi familia que me acompañara a la calle de Río Frío, que era donde pasaba la pesera, para poder llegar a  Velódromo, pero nadie de ellos pudo porque estaban muy ocupados esa mañana.

“Así que salí pensando en que esta cosa que sentía se iba a acabar en algún momento. Iba caminando sobre una calle que está muy cerca de mi casa y sentí que alguien estaba detrás de mi, pero voltee y no alcancé ver a nadie y cuando seguí caminando escuché el sonido de una bicicleta. Lo que pensé en primera instancia fue ‘no puedo regresarme porque está ahí’, y me atravesé del otro lado de la acera para ir en sentido contrario. Creo, fue un poco tonto porque a esa hora no había coches, ni gente, ni nada”.

Un hombre en bicicleta interceptó por la espalda a Liz. “El tipo me agarró por detrás con un cuchillo que puso en mi cuello. Saqué mi celular, mi cartera y extendí mis manos para que los tomara. Llegó una camioneta negra y se cerró. No me había dado cuenta que había una camioneta”.

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Para Daniela era un día más en el que iba tarde, con la diferencia de que el Metro estaba repleto, más que otros días. Nunca le importó estar o no en el “área reservada para mujeres”. En esa ocasión le pareció una pérdida de tiempo desplazarse hasta esa sección.

Desde que abordó en la estación Taxqueña no pudo ni aproximarse a los asientos. Se quedó casi pegada a la puerta. Las cuatro estaciones que transitó de ida debieron ser 15. Pero en Ermita, justo cuando se abrieron las puertas, un hombre de camisa blanca y pantalón de vestir (es lo único que recuerda del agresor) le apretó una nalga. Luego, “así, como si nada, salió del vagón.”

Fueron segundos, sin embargo, recuerda con impotencia la parálisis y la indignación que vivió. “Le pude haber gritado o lo pude haber perseguido, pero estaba impresionada. No podía creer lo que acababa de ocurrir, sólo me quedé ahí parada, atónita, rodeada de gente. No sé si alguien más vio, pero nadie hizo nada. Las puertas se cerraron.”

Daniela se sintió tan agredida que decidió regresar a su casa. “Me sentí culpable por llevar minifalda. Me sentí vulnerable y herida. Tenía que cambiarme de ropa. Ya no quería estar en la calle.”

Recorrió a la defensiva el camino de regreso a su casa, ya sin pensar en la escuela ni en los problemas que le provocaría ausentarse.

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Dos tipos se bajaron de la camioneta. Liz, que hasta el momento creía que era un asalto, se percató de que la situación era más grave: “Nadie me decía nada  sobre mis cosas, pero luego me dijeron qué me callara y qué me subiera y me intentaban agarrar. Me dio un ataque de no poder dejar de gritar y yo sólo gritaba ayuda y nadie salía en la calle. Seguí gritando ayuda muchas veces y el tipo de la bicicleta, que era quien me tenía agarrada del cuello con el cuchillo, ejercía cada vez más presión  para que me callara.

“Yo sólo sentía que me jaloneaban, pero era más la presión de no saber qué estaba pasando. Quise aventarme al piso y vi pasar a un chico que vio lo que estaba sucediendo, pero ellos le gritaron que siguiera caminando, que no se detuviera. Él agachó la mirada y siguió caminando. Yo le gritaba que por favor me ayudara, pero eran cuatro.”

Los gritos de Liz dieron resultado. Gente comenzó a gritar desde sus ventanas: “¡Déjenla malditas ratas, malditos idiotas!”, y otros insultos, que ella no recuerda con precisión. Sólo tiene la claridad de que la tocaban lascivamente mientras forcejeaban para subirla y luego sintió un golpe muy fuerte en la espalda, justo antes de quedar casi dentro de la camioneta. De pronto, se acercó gritando una pareja en un auto rojo.

Un hombre y una mujer de aproximadamente cuarenta años lograron amedrentar a los agresores. Inexplicable y afortunadamente los dos hombres que se bajaron, el tipo de la bicicleta y el conductor, se fueron cuando el coche de la pareja se aproximó a la camioneta.

“La señora se bajó del coche, se acercó, me abrazó y yo no me había dado cuenta hasta en ese momento que me dijo: ‘Tranquila’. Yo seguía gritando lo que había venido gritado todo ese tiempo. Creo que sí, no pude dejar de gritar por un rato más. Ella me abrazó y me subí al coche dónde venía con su esposo y me preguntó que dónde vivía. Me llevaron hasta la reja de mi casa.

“Sólo recuerdo haber llorado todo el día sin parar, sin hablar nada.”

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“¿Por qué saliste así a la calle?” Fue la frase con la que recibió su madre a Daniela. Ella no le contó nada del ataque. Se encerró en su cuarto, llena de culpa, una culpa que se convertiría en coraje, un coraje que derivaría en preguntas, preguntas que se convirtieron en una certeza: “No fue la minifalda, fue la educación del sujeto”.

***

El daño físico y emocional que le provocaron a Liz, es una de las cosas con las que aún hoy lidia:

“Tuve que enfrentarme a mí misma porque yo creí haberlo superado y resultó que me quedé afónica y me desgarré el brazo derecho. No podía hablar, era como querer pedir ayuda porque no tienes una extremidad y no poder hacerlo.

“Yo creo que cuando hay algo mal en ti  se refleja físicamente.

“Todavía pasar por esa calle me da miedo y me estreso mucho. Me costó mucho trabajo darme cuenta que no iban a regresar. Corro por esa calle si voy sola, aunque no me permito mucho estar sola en esa calle.

“Agradezco profundamente que esas dos personas hayan salido en ese momento y que todo haya salido bien, pero es imposible pensar en todo lo que no sale bien para otras personas.”

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De acuerdo con el INEGI y el penúltimo informe de Amnistía Internacional (AI), en México, todos los días, siete mujeres son víctimas de feminicidio. En la mayoría de los casos no es tratado como tal, quedan impunes los crímenes o se culpa a la víctima.

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