Trump en México, o la alegoría de la estulticia

Por Melchor Arellano

Nuestro sufrido México, no podía esperar otra cosa de su presidente con poca inteligencia para interpretar los avatares que impone la realidad actual y su constante transformación, que invitar a un personaje megalómano y estridente, como el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump. Carente de la exégesis más elemental de sentido común y sumido en la debilidad y total descrédito, Peña Nieto invitó a un candidato que implica en sí mismo la antítesis del diálogo culto, franco, convivencia y bien común (partenaire de Tomas Moro en su eximia obra, Utopía).

Un presidente de México, que vive una siniestra parodia del poder: de hinojos en su macabra soledad y debilidad, no tiene empacho en arrastrar a todos los mexicanos al cadalso. Trump, quien llamó a los mexicanos “asesinos y violadores” representa en todos los escenarios posibles, el bastión del más encumbrado insulto. Si Peña Nieto fue capaz de invitar a Trump, es porque comparte con él, además de ignorancia, un confundido retruécano “intelectual”.

Seguramente, porque los dos perviven en medio de la total e inevitable ausencia de dignidad, virtud e inteligencia. En esta épica posible, Peña Nieto aparece convertido en una triste fábula de la soledad del poder (mal haríamos en acercarlo al dictador que García Márquez describe magistralmente en el Otoño del Patriarca, porque ni siquiera ese título se ha ganado).

Ambos, son personajes sin ética: un plagiario (Enrique Peña) y un xenófobo (Donald Trump), que confunden negociación con imposición, impunidad con justicia. Pero, para desgracia de los mexicanos, resulta que hacen un quiasma perfecto de sus vidas: mezclan de modo inefable ineptitud, ignorancia y rechazo social: Peña Nieto tiene acaso, un vergonzoso 20 por ciento de aprobación de los mexicanos y se empeña en exhibir una funesta condición de arrinconamiento, incapacidad de gestión nacional y falta de visión hacia el exterior.

Aun cuando Trump ofreciera una imagen hipócrita de humildad (cosa que no ocurrió), con ello no compensa en lo más mínimo, las agresiones y humillaciones que ha proferido contra los mexicanos de aquí y de allende nuestras fronteras del norte. Peña Nieto y Donald Trump, son dos cómplices indignos del fanatismo de la estulticia, pero no de la que habla Erasmo de Rotterdam (en El Elogio de la Locura), exenta de vacío y pasión, sino de la real, terrenal, cotidiana que ambos profesan, en dos sociedades sumidas en el escepticismo y miedo.

El presidente mexicano, se soslaya en la simulación siniestra de la incapacidad para gobernar y dirigir los destinos del país. Galopa en medio del caos, convertido en analfabeto funcional, falto de ética, orgullo, dignidad e inteligencia para hacer frente a los desafíos de la nación y prevenir las amenazas externas, entre ellas el propio Trump. Con la invitación a este último, apostó la nada por la nada y exhibió la puerilidad como esterilidad de la dignidad nacional. Un personaje que arrastra a una sociedad ya sumida en la zozobra, hacia mayor angustia y desazón.

El cónclave celebrado con el estridente (por decir lo menos) candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, es un fiel reflejo de su innata incapacidad para comprender el juego del tiempo, circunstancias y coherencia de objetivos. Una gestión, que traiciona a compatriotas y mexicano estadounidenses, que luchan por hacer oír su voz, mientras su presidente lucha por desconocer y denostar esa batalla. Acaso será porque ambos personajes representan la antesala de funestas dictaduras militares. Como sea, lo cierto es que Peña Nieto con la invitación a Donaldo Trump, no ganó nada, en tiempos en que debe prevalecer la dignidad, mesura, cordura y razón.

Evidenció en el encuentro, lo que no ha sido capaz de hacer en México: en lugar de tener mayor cercanía en los conflictos y necesidades ingentes de los mexicanos, ha optado por el aislamiento y desdén por estos (CNTE, plagio, Casa Blanca, Tlatlaya, Nochixtlán, Tanhuato, Ayotzinapa, gasolinazos, devaluación y muchos más).

Peña Nieto (quien antes dijo que México colaboraría con quien gane la presidencia de Estados Unidos) y Donald Trump, no dijeron nada nuevo, sino repetir los clásicos clichés en tópicos como: migración, donde Peña reiteró que ambos países comparten la frontera más transitada del globo, por la que cruza más de un millón de personas y 400 mil vehículos y requieren proteger a mexicanos que viven en Estados Unidos. O sea, los va a proteger invitando y soliviantando a su enemigo o estimulador. Donald Trump insistió en detener la inmigración ilegal, de Centro y Sudamérica que vulneran la seguridad nacional.

Muro en la frontera: para Peña se requiere enfoque integral para atender tráfico de indocumentados y drogas, armas y dinero. No manifestó un rechazo tajante a las injusticias cometidas todos los días contra mexicanos, a los que se acusa de delincuentes y transgresores de la ley. Según él, la frontera debe verse “como una oportunidad conjunta (…) invertir más en ella para hacerla más segura y eficiente”, lo seguramente se logrará con la muralla de Trump.

Este último, fue tajante en su postura de edificar un muro en la frontera binacional, lo cual “tiene que ser un objetivo compartido». Por cierto, no dijo quien aportará los recursos para hacer el muro, lo que hubiera sido bueno saber. Trump diría a un medio gringo que se habló de esta muralla, «pero no de quién lo va a pagar». Peña Nieto, ni siquiera aludió (menos condenó) la construcción de esta obra.

Batalla contra cárteles: Peña habló de preocupación bilateral sobre narcotráfico e inmigración ilegal (él la llamó ilegal, que no lo es: son indocumentados, o personas sin documentos) en insistió en una solución integral, sin definir lo que entiende por ello. Para Trump, eso se haría “compartiendo información de inteligencia y actuando de forma colaborativa», cuando la información la tienen ellos y es facilitada por los mexicanos, sin obtener nada a cambio.

Para Peña, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), le ha hecho bien a México y Estados Unidos, porque «más de 6 millones de empleos en EU dependen de las exportaciones a México (…) -lo cual no implica que-  dicho tratado “no pueda ser mejorado en beneficio de ambas partes”, sin decir en qué rubros debe ser mejorado. Al respecto, Trump dijo que mejorar el TLCAN, implica actualizarse “para que refleje la realidad actual».

Empleo: Peña adujo que se trata de “oportunidades para ambos países (…) y – se deben aprovechar- juntos como verdaderos amigos, aliados estratégicos y basados en una relación de respeto mutuo”. Jamás habló de desacuerdo en el diferencial salarial, explotación, educación y salud sin derechos, al igual que condena a mexicanos a la total indefensión. Vamos no siquiera mencionó la Ley Obama (que, por cierto, no prosperó), sobre adquisición de la residencia estadounidense, tras una década de estancia en aquel país.

Trump volvió a decir que es importante evitar que las personas se vayan en busca de empleo a otros lugares, en abierta alusión a Estados Unidos. En suma, no se obtuvo como se ve, ninguna ganancia con dicha reunión entre un primer mandatario sumido en el descrédito nacional e internacional y un candidato que atesora la hipocresía, banalidad y convierte su discurso en alegoría de la sumisión de los demás al coloso del norte e intereses personales.

 

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