El tiempo se congela en la cocina de Doña Emma

Por Guillermo Efraín Vázquez Castro

Foto: Eréndira Negrete

La última vez que entré a la cocina de doña Emma parecía que todo seguía igual que hace veinte años. La misma puerta de madera –de un blanco amarillento por el paso del tiempo- que truena cada vez que la bisagra se abre por completo. En medio, a la altura de la cabeza de un adulto promedio, una ventana circular con un marco de aluminio dorado que permite ver al interior cuando la puerta está cerrada.

Al entrar a la cocina, del lado izquierdo, permanece el refrigerador blanco, desgastado y opaco de dos puertas (una arriba de otra), que ha estado en ese rincón por mucho más tiempo del que puedo recordar. En algún momento, cuando aún me parecía muy moderno, parado sobre las puntas de mis pies, apenas y podía abrir el congelador. Con la ingenuidad de un niño, esperaba encontrar algo más que hieleras vacías y algún trozo de comida convertido en piedra por el olvido.

El “refri” ahora tiene menos figurillas con imán que hace un par de años. De eso me di cuenta desde que entré, pues doña Emma solía mostrarme con orgullo el diminuto cartoncillo de leche que se parecía al de tamaño real y que había encontrado en el mercado junto con un mini empaque de sopa, y otro de arroz en una oferta de tres por dos que no pudo rechazar, y que se encontraban adheridos a la puerta de la nevera junto con otras figuras de su colección de imanes, misma que ha disminuido junto con su entusiasmo.

A un costado del refrigerador, sobre un gabinete de color “marfil”, que cruza lo que resta del muro hasta topar con la pared de frente a la entrada, se encuentran los accesorios más recientes (porque nuevos dejaron de serlo hace ya varios años), un horno de microondas que solía ser blanco y una licuadora. Sobre ellos, tras las puertitas de la alacena –que cada día rechinan más– yacen apilados decenas de platos y tazones que cada vez se usan menos.

De frente a la puerta, con la ventanita que parece una escotilla de barco, está empotrada la estufa. La misma que ha permitido que los dotes culinarios de Doña Emma fascinen a su familia por décadas.

Cuatro hornillas han visto desfilar toda clase de sartenes y ollas sobre ellas. Desde frijoles negros, que nunca faltan en la cocina de doña Emma –porque son sus favoritos–, hasta ollas de pozole y guisados con nombres rimbombantes como pipián y obispo (guiso originario de la localidad de Tenancingo en el Estado de México).

Debajo de las perillas que hacen funcionar los quemadores de la estufa, está el horno de gas. Aquel gran espacio que se supone debió ayudar a la señora Emma a cocinar exquisiteces. Ése que sólo ha servido para guardar platones, cacerolas y demás cosas que esperan ser útiles en algún momento.

En los cajoncitos, a los costados de la estufa, están los cucharones, las espátulas, los cuchillos para cortar la carne o las verduras –esos que en los comerciales de los años noventa prometían mantener su filo de por vida y sorprendentemente aún cortan “casi” todo–. Las cucharas y los tenedores también permanecen estáticos ahí y quizás sean de lo más antiguo que hay en la cocina de Doña Emma.

En el extremo frente al refrigerador, se encuentra el fregadero, ese que por buena costumbre nunca tiene trastes sucios y debe permanecer impecable. La vista desde ahí –cuando uno lava su plato después de comer– es única. Un ventanal que atraviesa desde la puerta hasta la alacena encima de la estufa, permite ver el enorme patio de la casa y las plantas que Doña Emma cuida celosamente, pues ella misma ha plantado la mayoría.

La última vez que entré a la cocina de Doña Emma todo parecía igual. Sin embargo, si se mira con más atención, se puede notar que los azulejos de un color amarillo claro que cubren las paredes de la cocina ya no brillan como antes. La ventana redonda de la puerta ya no tiene vidrio y el aluminio, ahora de un dorado opaco, apenas se sostiene con un par de remaches. El marco de la puerta es carcomido lentamente por una plaga casi indetectable de polillas. La luz blanca de la lámpara en el techo es cada vez más tenue.

El olor a comida escasea cada vez más, al igual que el tumulto de niños y adultos entrando y saliendo de la cocina con platos llenos de comida. El tiempo es inclemente, arrasa con todo a su paso y se nota en el corazón de esa gran casa que ha vivido tanto tiempo y ha visto partir a tanta gente.

Los únicos pasos constantes que aún cruzan de un lado a otro ese lugar de no más de cuatro metros de ancho por tres de largo, son los de Doña Emma, que me recuerda dulcemente que “mucho ayuda el que poco estorba” –-igual que lo hacía hace más de veinte años– cada que intento ayudarle.

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