Sin despertar del sueño profundo de Ayotzinapa

Por Argel Jiménez

El hecho que desencadena la imagen es una historia que en estos momentos se encuentra en puntos suspensivos, esperando a ser contado el final. Empezó un fatídico viernes 26 de septiembre de 2014.

La consecución de varios sucesos de extrema violencia que se han venido repitiendo a lo largo de la guerra contra el narco, que empezó en el sexenio de Felipe Calderón y que continúa en el actual, han hecho que acontecimientos que degradan la vida cotidiana de los que viven y transitan de paso por México se vean como cosas “normales”.

La capacidad de asombro ha pasado umbrales que jamás nos imaginamos cruzar y que solo veíamos y escuchábamos en la Guerra de los Balcanes, a principios de la década de los noventa del siglo pasado.

Es el día jueves 20 de noviembre del 2014, la sociedad mexicana parece salir de un sueño profundo en el que ha estado por varios años.

En las redes sociales, entre los analistas políticos, en algunos noticieros, en las pláticas de café, en las escuelas y en los centros de trabajo hay una sola indignación  que no se recuerda por mucho tiempo. Todos se preguntan ¿dónde están los 43 normalistas de la escuela Isidro Burgos de Ayotzinapa?

La respuesta no la van a encontrar en la marcha, lo saben, pero buscan que su indignación por ese hecho y otros iguales se junte en un solo grito.

La caminata va salir desde tres lugares distintos de la Ciudad de México. El destino final es la plaza del país que ha sido testigo de la inconformidad permanente en la que viven los mexicanos, por un modelo económico que les ningunea sus derechos más elementales.

La marcha transcurre de manera festiva, a pesar de que el hecho que la convoca no lo sea. La vibra que emana de todos esas personas no se ha sentido en ninguna otra que ha tenido el país.

Ahí están reunidos oficinistas, estudiantes, obreros, familias enteras, ancianos y niños. Cantan, gritan consignas, aplauden y ríen, en fin, se desahogan de las frustraciones colectivas que tienen como sociedad.

Muy pocos alcanzan a llegar al Zócalo capitalino, pero son los suficientes para llenarlo y que los ríos de gente se desborden  por las calles de todo el Centro Histórico.

El sonido por donde hablarán los padres de los desaparecidos resulta de pocos decibeles. A lo mucho se escucha su discurso a unos veinte metros a la redonda. Pero a la gente que los acompaña no les importa escuchar las palabras, se conforman con estar junto al OTRO que sufre igual o más en la vida diaria.

Termina el mitin. Las provocaciones de los “anarquistas gubernamentales” hacen que se desplieguen las fuerzas del orden del gobierno federal y capitalino para reprimir la indignación fugaz que logró reunir a más de dos millones de personas, según datos periodísticos.

La saña con la que actúan los uniformados no tiene límite. Arremeten contra mujeres, jóvenes, ancianos, familias enteras, estudiantes y niños.

Uno de esos niños (el de la foto), que es cargado por su padre, resulta la metáfora perfecta de la sociedad mexicana, que en muchos casos todavía son “bebés de pecho” en materia de cultura política.

Esa sociedad civil aporreada que sigue las reglas del juego de la clase política y empresarial dominante tiene todas las de perder.

Pasará mucho tiempo para que ese niño crezca y se cultive en las diferentes áreas del saber humano, principalmente en el político. Muchos morirán y no verán ese cambio, pero se sigue soñando con que en la siguiente marcha de la sociedad civil salgan a la calle adultos mentales con espíritu de niños.

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