Reseña de «Pancho Villa: El centauro del norte» (2023)

Por Alberto Erazo Castro

He aquí, quien esto lee, una serie que Disney+, esa hidra de mil cabezas que antes se llamaba Star+ y que cambia de nombre como el camaleón cambia de piel para no ser reconocido en el banquillo, nos endilga con diez episodios de entre treinta y nueve y cincuenta y un minutos, dirigidos por un tal Rafa Lara y protagonizados por Jorge A. Jiménez. 

Se llama Pancho Villa: El Centauro del Norte, y reconstruye la vida de Doroteo Arango desde su juventud como peón hasta convertirse en el mito que hoy veneran los manuales de historia y los corridos de cantina. La narración corre a cargo del propio Villa, ardid que le otorga un aire de memoria, de confesión y, al mismo tiempo, de leyenda, como si el muerto hubiera vuelto para contarnos su vida antes de que los historiadores terminen de despedazarla.

Por el lado técnico, he de reconocer, y no me tiembla la pluma al hacerlo, que la serie sabe resaltar y relucir muy bien los paisajes de México de la época. Fantástico. El sonido está muy bien, me ha gustado, y los efectos están muy pulidos. La fotografía se acerca a las batallas, el vestuario y los decorados resultan verosímiles, y se agradece que hayan evitado el filtro amarillo/naranja típico, esa gangrena cromática que Hollywood aplica a Latinoamérica como si fuera una capa de barniz barato para turistas. Por ahí no hay quejas. 

En cambio, la música de opening simplemente no me gusta; debieron elegir algo mejor. Con semejante personaje y semejante paisaje, arrancar cada episodio con esa melodía es como entrar a una cantina revolucionaria y que te reciba un organillero desafinado. La producción es ambiciosa, aunque por ratos el ritmo se siente lento, y en otros los saltos temporales son tan grandes que uno sospecha que se perdieron capítulos en la sala de edición. La serie se toma su tiempo, y eso a veces beneficia al personaje, pero a veces desconecta.

Pues bien, volviendo a lo que nos ocupa, la historia avanza con mapas, titulares, material de archivo y la voz en off de Jiménez, recursos que ayudan a seguir una revolución que no fue lineal. Aun así, es fácil perderse entre alianzas que cambian, gobiernos que caen y nombres que entran y salen, como si los guionistas hubieran decidido que la confusión también es parte del rigor histórico.

Cada episodio empieza con un aviso de que la serie está inspirada en hechos reales, y eso importa porque se toman muchas leyendas: las mujeres, los hijos, los rumores, incluso la presencia de una cuadrilla de cine estadounidense en el campo de batalla. Todo eso resulta fascinante, pero también mezcla la historia, mito y ficción sin separarlos del todo, y ahí uno ya no sabe si está viendo un documental, una novela o un comercial de tequila.

Jorge A. Jiménez sostiene la serie con una interpretación muy humana: muestra ternura, ingenuidad, furia y desencanto. Se entiende el tránsito del campesino pobre al bandido, del bandido al general, del general al político y luego a la sombra de sí mismo. Su peso es tan grande que eclipsa a los secundarios: Madero, Carranza, Urbina, Fierro y otros quedan desdibujados, convertidos en comparsas que entran y salen para que Villa tenga con quién discutir. Eso hace que por momentos la Revolución parezca una sucesión de experiencias personales de Villa más que un choque de fuerzas sociales y proyectos políticos. 

La serie gana cuando muestra la vida cotidiana, la desigualdad, el código de honor de los bandidos y cómo todo eso retrata al protagonista. La desigualdad en el México de la época y ese código de honor son muy interesantes. 

También pierde fuerza cuando quiere combinar los hechos históricos con la ficción dramática, como si la historia real no fuera ya suficientemente dramática por sí sola. ¿Acaso alguien con dos dedos de frente cree que la Revolución mexicana necesita que le añadan melodrama de folletín? La realidad, como siempre, supera a la ficción, y quienes no lo entienden terminan fabricando un tumor narrativo que no cura nada.

Aquí está una de las discusiones más interesantes. Hay quien ve en la serie un retrato necesario de la crueldad de Villa, y hay quien considera que ciertas escenas, sobre todo en los capítulos 7 y 8, presentan a Villa y a sus hombres como violadores y saqueadores, lo que sería una deformación. 

Es una acusación que merece investigarse, pero no basta con repetirla: habría que contrastarla con documentos y con biografías como las de Friedrich Katz y Paco Ignacio Taibo II. Lo mismo pasa con eso de que la serie coincide en un 60 o 70 % con la historia: sin el método, el porcentaje no es fiable, y soltarlo así, con esa precisión de encuesta, suena más a una simple consigna que a análisis. 

Lo que sí queda claro es que la serie documenta, tiene buena dirección artística y un reparto sólido, pero inventa conversaciones y detalles, y a veces la iluminación de algunas escenas es deficiente o la acción parece de cómic, como si de pronto la Revolución se hubiera mudado a una viñeta. Quien niega la complejidad del pasado, termina siendo devorado por la simplificación.

La serie deja entrever un negocio que merece más atención: los mexicanos se desangran mientras los proveedores estadounidenses les venden los medios para seguir haciéndolo. El campesino quiere tierra y el propietario quiere conservarla; el mercader encuentra clientes en ambos y escucha sus razones con la paciencia de quien espera cobrar. 

Vista así, la guerra civil mexicana me parece un campo de pruebas de prácticas que asociamos con la actuación estadounidense posterior: abastecer a fuerzas rivales, enriquecerse con su desgaste y acercarse al vencedor cuando el resultado se despeja. Entonces llegan las felicitaciones y los ofrecimientos de amistad. Qué generosidad tan oportuna: estrechar la mano del superviviente después de haber hecho el negocio con quienes intentaban enterrarlo. 

Para quienes comercian con las armas, una paz demasiado temprana puede ser una pésima noticia. La protervia del capital cabe entera en esa cuenta: cada pedido deja beneficios y cada muerto queda fuera del balance. El proveedor entrega la mercancía; las familias mexicanas se encargan del funeral.

La serie, en conjunto, me parece valiosa aunque no definitiva. Empecé con pocas expectativas y terminé recomendándola. Ofrece una mezcla entre la memoria, leyendas, dramas y un documental, sin neutralidad ni pretensión de completitud, lo cual no es un defecto en sí, aunque a veces lo parezca. 

Las anécdotas funcionan mejor como clase de historia que como entretenimiento dramático, y tantas representaciones previas del personaje reducen su capacidad de sorprender. Por momentos se diría una telenovela de época, y la puesta en escena no siempre alcanza la magnitud del hombre al que pretende retratar. Los cambios de alianza exigen atención, y la violencia requiere que uno sepa a qué se expone antes de sentarse a verla. 

La pregunta que me queda es esta: ¿la serie consigue explicar al dirigente revolucionario mediante sus contradicciones, o utiliza sus excesos personales para sustituir la explicación de su lucha política? Resolverla exigiría examinar las escenas discutidas y contrastarlas con las biografías. Mientras tanto, la recomiendo con reservas: el retrato que deja es el de un hombre que quizá fue más grande que cualquier serie capaz de contenerlo.

Fuente consultada

  • Lara, Rafa – Pancho Villa: El Centauro del Norte (2023).

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