Por Alberto Erazo Castro
¿Se acuerdan de cuando Bukele iba a mandar soldados a Haití? Bueno, más o menos. Porque lo que hubo fue un anuncio, una condición y un silencio.
Pero el 18 de octubre de 2026, cuatro aerotécnicos salvadoreños que formaban parte de la Fuerza de Supresión de Pandillas respaldada por la ONU fueron emboscados en Croix-des-Bouquets, una zona roja controlada por las pandillas Chen Méchan y 400 Mawozo.
Su vehículo blindado fue atacado con explosivos y fuego. Lograron saltar del vehículo en llamas y desaparecieron. Diez días después, siguen sin aparecer. Y en ese intervalo, la oferta que dormía en el cajón de los buenos deseos se convirtió en el despliegue militar más grande que un país latinoamericano ha hecho en Haití desde el final de la MINUSTAH.
Vamos a los hechos, que el diablo sigue estando en los detalles. El gobierno salvadoreño calificó el hecho como un secuestro por parte de pandilleros haitianos, y fuentes no oficiales apuntaron a Chen Méchan, vinculada a la coalición criminal Viv Ansanm, que Estados Unidos ha designado como organización terrorista extranjera.
Ningún grupo ha reclamado la autoría. Las pandillas controlan aproximadamente el 90% de Puerto Príncipe y alrededor de 1,4 millones de haitianos han sido desplazados. La ONU autorizó una Fuerza de Supresión de Pandillas de 5.500 efectivos, pero en el momento de la emboscada solo había entre 1.500 y 2.000 sobre el terreno.
Tres días después del ataque, Bukele se dirigió a los jefes de pandillas en criollo haitiano. Dijo que El Salvador ya había terminado con sus propias pandillas y que podía hacer lo mismo en Haití. Y acto seguido, ordenó el despliegue de fuerzas especiales en un viaje de casi 1.900 kilómetros.
Las cifras bailan, como suele pasar. Reuters habló con un funcionario de seguridad que confirmó alrededor de 2.000 soldados sobre el terreno, con un tope inicial de 2.500. CNN señala que esa cifra es más grande que el ejército haitiano completo, aproximadamente un cuarto de la huella urbana de la Policía Nacional de Haití, y muy superior a los contratistas militares privados que operan en la fuerza de tarea secreta del gobierno haitiano.
La Fuerza de Supresión de Pandillas, que llevaba más de un año intentando desplegar sus 5.500 efectivos, vio llegar a los salvadoreños en diez días. Diez días. Lo que la ONU no pudo hacer en un año, Bukele lo hizo en una semana y media. Y eso, se mire por donde se mire, es un dato que incomoda.
Ahora pongamos la lupa en el mapa, que es donde la cosa se pone interesante. Haití no es un país cualquiera en el tablero del hemisferio. Es la primera república negra del mundo, la que se atrevió a independizarse de Francia en 1804 y pagó ese atrevimiento con un siglo de deudas, ocupaciones y castigos. Estados Unidos lo ocupó de 1915 a 1934, apoyó a los Duvalier durante décadas, y ha intervenido, directa o indirectamente, en cada crisis desde entonces.
La MINUSTAH, liderada por Brasil entre 2004 y 2017, dejó un tendal de promesas incumplidas, un brote de cólera traído por cascos azules y una sensación amarga de que la comunidad internacional llega, gasta, se va y deja el problema igual o peor.
La misión actual, la GSF, llegó en abril de 2026 con un mandato de cinco veces el tamaño de la anterior misión de apoyo, con poderes de arresto, operaciones de inteligencia y autonomía para trabajar sin coordinar con la Policía Nacional. Su costo anual estimado es de 400 millones de dólares.
El fondo dedicado ha recibido 194 millones. La cuenta no cierra. Y las tropas siguen llegando con cuentagotas. Seis naciones han aportado efectivos. El comandante de la misión es de Mongolia. Los chadianos patrullan en vehículos blindados. Los salvadoreños vuelan helicópteros con ametralladoras listas. Y en medio de ese rompecabezas, Bukele decide enviar dos mil hombres por su cuenta.
¿Y qué pasó con aquella condición original? La de “solo vamos si la ONU lo autoriza y alguien pone la plata”. Bueno, resulta que ahora Bukele asegura que El Salvador cubre “el 90% de los costes con nuestras propias y pequeñas arcas”.
¿De dónde sale ese dinero? ¿De un país que vive de las remesas, que tiene una deuda pública abultada y que no nada precisamente en oro? La respuesta incómoda es que ese 90% es, cuando menos, una hipérbole.
Reuters registró una veintena de vuelos chárter entre San Salvador y Puerto Príncipe del 22 al 29 de octubre, según FlightRadar24 y AirNav Radar. Ninguna de esas aeronaves había pasado por San Salvador en los doce meses anteriores.
El Pentágono confirmó el envío de al menos dos aviones militares a Puerto Príncipe para apoyo logístico la semana pasada. El Departamento de Estado no ha emitido comentarios.
Y una veintena de estructuras, que podrían ser tiendas de campaña, se instalaron en la base militar internacional del aeropuerto Toussaint Louverture, según análisis de imágenes satelitales de la AFP. La misma cuenta del vecino que no te ayuda a mudarte gratis, pero que aparece como un rayo cuando se trata de rescatar a su gato del árbol. Solo que aquí el gato son cuatro aerotécnicos y la mudanza es una intervención militar.
Hablemos de las potencias que miran de reojo. Haití reconoce a Taiwán, no a Pekín, y eso en el tablero del Caribe es una ficha que pesa. China ha ido cortejando a los vecinos, y cada país que cambia de bando es una derrota para la Casa Blanca.
Una intervención liderada por un aliado ideológico de Trump, que no oculta su afinidad con el magnate, en un país que reconoce a Taipéi es, cuando menos, una coincidencia que merece un segundo análisis.
La Casa Blanca guarda silencio o aplaude con la boca chica. Le conviene: un policía regional que hace el trabajo sucio sin que los marines tengan que desembarcar es un regalo que no se rechaza. Pero hay más.
La administración Trump puso fin a las protecciones migratorias para unos 350.000 haitianos. Irwin Stotzky, experto en derechos de la Universidad de Miami, lo dijo sin anestesia: “Tenemos que hacer que parezca que es seguro enviar a 350.000 personas de vuelta a Haití, cuando en realidad temen por sus vidas”.
¿No es una ironía magnífica que la misma potencia que financia parte de la misión de seguridad sea la que necesita que Haití parezca seguro para deportar? Es el bombero que vende gasolina.
Y está el otro lado de la isla, que también cuenta. La República Dominicana construyó un muro en la frontera, deporta a haitianos a mansalva y su presidente, Luis Abinader, ha hecho de la mano dura con Haití su bandera.
La isla está partida en dos, y la parte que nada en dinero y turismo no quiere saber nada de la parte que se hunde. Mientras tanto, las armas que matan en Puerto Príncipe salen de Florida. Los fusiles que alimentan a las pandillas haitianas cruzan la frontera estadounidense con una facilidad que avergonzaría a cualquier aduana. ¿Y nadie lo menciona? Claro que no. Porque mencionarlo sería tanto como admitir que el problema tiene una pata en el patio propio.
¿Y Bukele? Bukele no es un improvisador. Es un tipo que ha construido su imagen de líder regional a fuerza de resultados, reales o exagerados, en materia de seguridad. Su estado de excepción lleva más de cuatro años, con más de 90.000 arrestos, una mega prisión construida para 40.000 reclusos y 82 homicidios registrados en 2023.
Los grupos de derechos humanos denuncian miles de detenidos sin juicio, y el propio Bukele ha reconocido que 8.000 de esos detenidos eran inocentes. En 2021, el Tesoro estadounidense sancionó a dos funcionarios salvadoreños por reuniones secretas en prisión con líderes de pandillas para pagarles y que mantuvieran los conteos de homicidios a raya.
Ese es el modelo que Bukele quiere exportar. ¿Y a quién le conviene? A él, desde luego. Una encuesta de CID Gallup del miércoles mostró que el 86% de los salvadoreños aprueba la misión en Haití, aunque el 82% también expresó preocupación por sus compatriotas. El respaldo es alto. El costo político, bajo. Y el rédito, enorme.
Maria Fernanda Arocha, analista de ACLED, lo resumió con precisión: “Esto podría ayudar a aumentar el apoyo a Bukele si contribuye a su narrativa de ser una fuerza anti pandillas en la región y de obtener resultados”.
Pero añadió la frase que todos los aduladores omiten: “No sabemos si esto traerá los resultados que él espera”. Jake Johnston, del CEPR, fue más lejos: “Con 2.000 soldados, cifra que podría aumentar en los próximos días, esto no tiene nada de una operación de búsqueda”.
Ve “una forma de despliegue a largo plazo” para combatir a las pandillas, además de la GSF. Y señaló que Bukele tiene “interés en exportar y vender” su modelo. El problema, y aquí está la ironía que se muerde la cola, es que su modelo se sustenta en una premisa que él mismo se encarga de desmentir: la de que la seguridad se impone desde afuera, por la fuerza y sin pedir venia. Pero eso, en Haití, es precisamente lo que ha fracasado una y otra vez.
Pongamos esto en perspectiva, que la memoria es frágil. En 2025, un policía keniano de la misma misión internacional fue emboscado y desaparecido en Haití. La noticia circuló, hubo condolencias, la misión confirmó el incidente y el mundo siguió girando. No hubo un ultimátum en criollo, ni un despliegue de fuerzas especiales, ni un presidente prometiendo “acabar” con las pandillas.
La vida de un policía keniano, como la de cientos de haitianos secuestrados cada año (1.494 solo en 2024, según la ONU), no detona una misión de rescate con miles de soldados. La de cuatro salvadoreños, sí. No digo que la respuesta sea desproporcionada por el valor intrínseco de las vidas: toda vida merece el mismo esfuerzo. Digo que la desproporción revela la verdadera jerarquía de intereses.
El secuestro de los aerotécnicos no fue la causa de la intervención; fue la excusa. La causa, como siempre, era la política.
Y luego está la joya del discurso de la temporada: “Esto no es una invasión”. Bukele lo dijo de todas las formas posibles. Que no es una misión de ocupación, que no hay intenciones neocolonialistas, que no vienen a dominar ni a apoderarse de las riquezas de Haití. “No somos una gran potencia”, insistió. “Quizás las futuras generaciones de haitianos nos recuerden como amigos que vinieron a ayudar”.
Es una frase magnífica, porque en el mismo aliento en que la pronuncia, tiene a más de un millar de soldados con fuerzas especiales en el terreno y ha prometido “acabar” con las pandillas haitianas si no le devuelven a sus hombres. La negación es tan enfática que uno no puede evitar preguntarse a quién pretende convencer.
¿A los haitianos, que ven llegar los blindados? ¿A la comunidad internacional, que asiste al despliegue unilateral más grande desde 2017? ¿O a nosotros, los espectadores, que ya nos sabemos el guion? Porque cuando alguien siente la necesidad de aclarar tres veces en un mismo comunicado que no está invadiendo, lo más probable es que la palabra “invasión” ronde todas las conversaciones.
El problema de fondo es que Haití ya no tiene un solo mando. Tiene cinco fuerzas separadas: la Policía Nacional, el ejército, una fuerza de mercenarios extranjeros, los 2.000 agentes de la GSF y ahora los salvadoreños. Diego Da Rin, analista del Crisis Group, lo dijo sin rodeos: “Ahora tienen cinco fuerzas separadas sin un verdadero mando unificado”.
Algunas colaboran, pero “no es muy ortodoxo”. Romain LeCoeur, de la Iniciativa Global contra el Crimen Transnacional Organizado, añadió la frase que debería estar en la pared de cada cancillería: “La respuesta de seguridad de Haití ya no descansa en una sola estrategia, sino en una yuxtaposición de actores multilaterales, nacionales y privados, cada uno operando bajo sus propias reglas.
Mientras nadie pueda decir quién decide y quién rinde cuentas, cada operación corre el riesgo de sumar a la confusión en lugar de a la seguridad”. ¿Y quién decide en el caso salvadoreño? Nadie lo sabe. La estructura de mando no se ha establecido, según una fuente cercana al asunto citada por CNN.
Las reglas de enfrentamiento no se han hecho públicas. El mandato es opaco. Y los salvadoreños ni siquiera se alojan en la base principal de la GSF en Puerto Príncipe. ¿Dónde están? Es un misterio. ¿Quién los comanda? Otro misterio. ¿Hasta cuándo se quedan? Bukele dice que hasta recuperar a los cuatro. El Congreso salvadoreño extendió la misión hasta octubre de 2027. Un año más. Y la GSF tiene un mandato que expira en cinco meses. Hagan las cuentas.
Los secuestrados, mientras tanto, siguen desaparecidos. El sábado se encontraron restos que se sospechaba eran de los cuatro hombres, pero no se ha hecho identificación positiva, y Bukele dijo que no parecían ser ellos.
La operación de rescate continúa, con helicópteros que han recibido disparos de grueso calibre. Tras el ataque al helicóptero, la fuerza y la policía haitiana respondieron desde el aire, reportando al menos siete pandilleros muertos y cuatro efectivos heridos. Lanmò Sanjou, un líder de pandilla en la zona donde se llevaron a los salvadoreños, publicó un video en el que se refiere a Bukele y muestra cubetas llenas de balas.
“Lucharemos para seguir vivos”, dijo. No es una amenaza vacía. Es la respuesta de un adversario que conoce el terreno, que lleva años combatiendo en esas calles y que no va a entregar a cuatro extranjeros porque un presidente le hable en criollo.
Y aquí está la pregunta que nadie quiere hacer en voz alta. ¿Puede Bukele ganarle a las pandillas haitianas? La revista Small Wars Journal lo planteó sin anestesia: “Si los mejores soldados de El Salvador no pueden recuperar a cuatro de los suyos, las perspectivas de arrebatarle la ciudad a las pandillas siguen siendo sombrías”.
Es una frase que debería leerse dos veces. Porque el modelo salvadoreño funcionó en un país pequeño, con un territorio compacto, con una población acostumbrada a décadas de violencia y con un gobierno dispuesto a encarcelar a 90.000 personas sin juicio. Haití es otra cosa.
Es un país donde las instituciones han sido carcomidas por la corrupción, donde las prisiones están hacinadas, donde el sistema judicial está paralizado y donde muchos reclutas de las pandillas son menores de edad. Es un entorno “profundamente diferente”, como advirtió Reuters. Y Sam Vigersky, del Council on Foreign Relations, lo resumió con una frase que vale más que mil informes: “El panorama general de seguridad no apunta hacia una estabilización, apunta hacia una escalada”.
Louis-Henri Mars, del Instituto de Investigación y Acción por la Paz en Puerto Príncipe, calificó la situación como “un toque de atención para la comunidad internacional, para Estados Unidos, para todos”. “Hemos estado jugando aquí, y esos tipos no están jugando. Vamos a ponernos serios”. Es una frase reveladora. Porque sugiere que la llegada de Bukele, con toda su opacidad y su desproporción, ha tenido al menos un efecto: sacudir la modorra de una misión internacional que llevaba meses arrastrándose.
La GSF, que llevaba un año sin operar en Croix-des-Bouquets, ahora está operando allí. No porque la ONU lo haya decidido, sino porque cuatro salvadoreños desaparecieron y su presidente mandó dos mil hombres.
¿Es eso una buena noticia? Depende de para quién. Para los haitianos que llevan años esperando que alguien haga algo, tal vez. Para los que temen que la cura sea peor que la enfermedad, no tanto. Bill O’Neill, experto en derechos humanos de la ONU para Haití, avisó: “La situación es volátil y podría volverse más violenta con personas inocentes siendo dañadas”. Romain Le Cour Grandmaison, de la Iniciativa Global, señaló que los residentes reportaron “fuertes disparos, ataques con drones y posibles muertes de civiles”, y que no tenía conocimiento de corredores humanitarios para ayudar a la gente a escapar.
“Los líderes de las pandillas no quieren que la gente salga del área porque probablemente quieren usarlos como escudos y asegurarse de que la población frene las operaciones contra ellos”.
Al final, la historia de Bukele y Haití ha dejado de ser la de una oferta que se quedó en el aeropuerto. Ahora es la de una intervención que aterrizó con fuerza, pero que sigue debiendo explicaciones.
Y la explicación más honesta es que Haití, como tantas veces en su historia, es el escenario donde las potencias del hemisferio dirimen sus asuntos. Kenia pone los policías, Mongolia el comandante, Chad los blindados, Estados Unidos los aviones de carga y el silencio cómplice, la República Dominicana su muro y Bukele, el presidente más famoso del momento, pone los soldados y la foto.
Los haitianos, como siempre, ponen los muertos. La solidaridad, cuando es de verdad, no necesita ultimátums. La otra, la de los blindados y los discursos, siempre encuentra una excusa para llegar tarde, pero con mucha parafernalia.
Y mientras los reflectores apuntan al presidente que promete “acabar” con las pandillas, los verdaderos protagonistas de esta historia, los secuestrados, los haitianos que llevan años esperando justicia, los familiares que no tienen un ejército que los respalde, siguen en el mismo lugar donde los dejó la indiferencia del mundo: en el limbo.
Fuente:
- (22) Consejo Presidencial de Transición de Haití — comunicado de Alix Didier Fils-Aimé
- (21) Congreso de El Salvador — extensión de la misión hasta octubre de 2027
- (20) Video de Lanmò Sanjou, líder de pandilla, difundido el jueves 29 de octubre
- (19) Registros de la ONU sobre el fondo fiduciario de la GSF (194 millones de 400)
- (18) Departamento del Tesoro de Estados Unidos — sanciones de 2021 a funcionarios salvadoreños
- (17) Departamento de Estado de Estados Unidos — ausencia de comentarios
- (16) Departamento de Defensa de Estados Unidos (Pentágono) — confirmación de los C-130
- (15) FlightRadar24 y AirNav Radar (plataformas de seguimiento de vuelos citadas por la AFP)
- (14) Encuesta de CID Gallup
- (13) Irwin Stotzky — University of Miami
- (12) Louis-Henri Mars — Institute for Research and Action for Peace, Puerto Príncipe
- (11) Bill O’Neill — experto en derechos humanos de la ONU para Haití
- (10) Romain LeCoeur / Romain Le Cour Grandmaison — Global Initiative Against Transnational Organized Crime
- (9) Diego Da Rin — International Crisis Group
- (8) Sam Vigersky — Council on Foreign Relations
- (7) Maria Fernanda Arocha — ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project)
- (6) Jake Johnston — Center for Economic and Policy Research (CEPR)
- (5) Why El Salvador’s strongman is directing threats at Haitian gangs — The New York Times (reproducido en The San Juan Daily Star)
- (4) ¿Misión de rescate o despliegue de largo plazo? Las dudas en torno al envío de tropas salvadoreñas a Haití — AFP (publicado en La Nación)
- (3) Bukele adds a wildcard to Haiti’s fractured security landscape — CNN
- (2) Analysis-Bukele’s gang offensive goes abroad as El Salvador rushes troops to Haiti — Reuters (publicado en ThePrint)
- Can Bukele Beat Haiti’s Gangs? — Small Wars Journal by Arizona State University