Por Noé Vázquez
A Minerva Contreras
Se puede decir que, en general, la mayoría odia a Digger (Iñárritu, 2026). Si pensamos en la mayoría como esa entidad abstracta cautiva de la esclavitud del scrolling y embelesada por la parafernalia de fuegos artificiales de la franquicia de Marvel, podemos decir que existe esperanza de redención para la cinta de Alejandro González Iñárritu, a la que puedes odiar profundamente o amar sin reservas.
Es posible que la película se convierta en una obra de culto, aunque tal vez es demasiado pronto para decirlo. Aquí, pretendo dar mis razones por las cuales debemos ubicarnos entre los segundos. Vamos a olvidarnos de la taquilla, del conflicto con los ejecutivos de la Warner, de nuestras ideas preconcebidas sobre Iñárritu y Tom Cruise.
Cada vez que un director de cine anuncia un nuevo filme, se presume que éste romperá todos los supuestos preestablecidos sobre el arte, que llevará sus fronteras a territorios no explorados, siderales, interplanetarios.
El cineasta, en su ego desproporcionado, semejante a un demiurgo engendrador de mundos y realidades, abordará su obra maestra para que la multitud embelesada y los críticos redefinan los conceptos y los paradigmas, los nuevos modelos de apreciación cinematográfica. Iñárritu, en su narcisismo desmesurado (que todos agradecemos), en su ego desmedido (del cual queremos sacar ventaja como espectadores), concibe una historia que funcionará como parodia, metarrelato, homenaje, teatro guignol y Digger buscará ser todo lo anterior.
Iñárritu concibe la biografía de un hombre poderoso, un petrolero de molde texano, capaz de influir en la presidencia de su país, una especie de citizen Kane petrolero, inmoral y extractivista, al cual le podemos añadir capas y capas de complejidad, de relaciones con el dinero y el poder, de facetas sentimentales, para dar como resultado a Digger Rockwell.
Las empresas de Digger, ubicadas en la lejana Groenlandia, crean el inicio de lo que será una catástrofe ecológica de proporciones bíblicas. Y aquí es donde la sátira se vuelve real y empieza por incumbir al espectador sentado en esa butaca de cine donde la curiosidad lo atrajo como esas polillas al Big casino. Porque ahí, en plena oscuridad, nos damos cuenta de que Digger es sobre nosotros, y sobre esa estructura de poder y aparato de comunicación y desinformación que nos rodea.
Es sobre nuestra realidad en su pulso de discursos de odio y afán explotador y extractivista, líderes de extrema derecha que nos arrebatan derechos fundamentales, empresarios billonarios anarcocapitalistas, gigantescas empresas tecnológicas que dirigen la narrativa cultural.
Seguro que el espectador comienza a ver la cinta y piensa en Sam Altman, Peter Thiel, Larry Ellison, Mark Zuckerberg, Elon Musk y un largo etcétera de hombres poderosos.
Donald Trump usa el eslogan: we will drill, baby, drill para indicar que los ambientalistas wokistas y zurdos no lo van a detener en su intento de abrir Alaska a la explotación petrolera y que obtendrá permisos para abrir un gasoducto en Alaska.
El poder de los grandes capitales empuja como una entidad zombi hacia adelante: usaremos fracking, destruiremos miles de hectáreas de bosque amazónico, no firmaremos o desconoceremos todos los tratados medioambientales: la realidad de este proceso es casi cómica, si no fuera porque sabemos que es trágica. Alaska y Groenlandia serán importantes en esta narración distópica de Iñárritu.
Digger inicia su concepción sin ni siquiera un guion. Fue en plena pandemia, en año 2019, cuando el director llamó a Tom Cruise para proponerle el proyecto. Fueron horas de conversación telefónica y más tarde, en persona, para pergeñar lo que sería el guion definitivo.
El actor y el director se aislaron para aportar ideas y darle una forma definitiva a esta cinta que, a la fecha, es de los proyectos más arriesgados y caros que ambos han realizado. Al principio, Digger fue una película secreta: no se habló de ella, no se envió a festivales, se cuidó de que no se filtrara información para tomar a la crítica y al espectador por sorpresa.
El resultado sí fue sorpresivo, aunque derivó en un desastre en la taquilla. A la fecha, es uno de los fracasos más importantes del estudio. La llegada de Tom Cruise al proyecto no fue casual. El actor quedó hechizado veinte años antes cuando vio Amores perros (2000) por su estructura, su diseño de arte, la puesta en escena, el color. Amores perros desborda identidad y una voz autoral imposible de ignorar.
Vinieron otras obras que consolidaron a Iñárritu como uno de los directores mexicanos más importantes en el extranjero: Birdman (2014), The Revenant (2015), entre otras. Luego de varios años, Cruise logró por fin realizar un proyecto con un director que admiraba. Cruise e Iñárritu tienen algo en común a pesar de tener trayectorias distintas: son perfeccionistas al extremo, apasionados en sus proyectos y profundamente ególatras.
Digger es una comedia, esa podría ser la forma simplista de definir una cinta que, por momentos, no es condescendiente con el espectador ni le ofrece soluciones fáciles o simplonas con el fin de proveerle un entretenimiento vacuo para pasar la tarde y olvidar esa obra audiovisual como un producto desechable en un frenesí compulsivo de consumición de contenido, muy al estilo Netflix. No es eso.
Hay algo más: hay identidad, voz autoral, temeridad, asunción de riesgos creativos. Y eso es algo que notaremos en cada fotograma de la cinta. Cuando empezamos a verla notamos algo inquietante: las actuaciones son exageradas, los ademanes y gesticulaciones de los actores parecen redundantes, los diálogos resultan demasiado explicativos, la escenografía es irreal: como si fuera de tapiz falso, cartón y papel maché; una puesta en escena como salida de un sueño de gelatina, demasiado artificiosa y que nos genera sospechas; queremos entrar en el juego propuesto, pero nuestra intuición nos pide estar alerta, estamos en los reinos del valle inquietante.
Nuestro ojo nos engaña. Tal vez no vemos en este momento Digger, sino los ensayos de una obra teatral, una puesta en escena en las ruinas de nuestro mundo devastado por una catástrofe ecológica provocada por Digger Rockwell, pero veinticinco años después, cuando la catástrofe nos alcanzó a todos: el ensayo final de Fossil Fools en una Manhattan oscura, grotesca, inundada, calurosa, en donde todos tienen que usar mascarillas para protegerse de los gases tóxicos.
Para Iñárritu: «El teatro no es únicamente el espacio donde transcurre la acción, sino el dispositivo narrativo con el que cuestiona la propia construcción de la realidad».
El teatro hace parodia de lo que pasó, nos enseña a reír, a reconstruir los pedazos que lograron salvarse del hundimiento de nuestra historia en un planeta devastado por nuestra voracidad hiper capitalista y nuestra ambición.
La crítica encuentra referencias a Luigi Pirandello en Seis personajes en busca de autor: la representación dentro de una representación, la necesidad de ser representados, la exhibición de los entretelones, los cortinajes, las tramoyas; en fin, los engranajes que le dan forma a la construcción de la realidad.
Iñárritu hace una representación múltiple que abarca distintos planos: el plano donde somos espectadores del cine y somos actores y sujetos de una realidad compleja con ideas pesimistas ante los peligros ambientales como una espada de Damocles sobre nuestra cabeza, el plano distópico que habla de nuestro planeta años después cuando queremos establecer una reconciliación con el pasado que nos destruyó y comenzar a verlo como un mal chiste o un mal sueño del que algún día despertaremos, el plano teatral: con sus exageraciones, su sentido del humor macabro, sus escenografías casi de juguete y un gata animatrónica y zombi que nos inquieta, y por último, el plano de las relaciones conflictivas entre los actores que interpretan Fossil Fools.
Tom Cruise interpreta a Curtis Markson, quien tiene ciertas preocupaciones dado que su hija desapareció en un vuelo; a su vez, Curtis interpreta a Digger Rockwell. Un rocambolesco juego de identidades en donde, como espectadores también somos cómplices.
Digger es el diálogo con una presentaneidad que se presume histórica. Una conversación con el espectador de la sala de cine en tiempo real, con la plena conciencia de que los temas que se abordan coexisten en entornos múltiples: el cinismo y la avaricia de las plutocracias, el extractivismo descarado, el miedo y la paranoia sobre la destrucción ambiental, la avaricia de los grandes capitalistas: todo ello presente en las metaficciones que se abordan.
La cinta establece un diálogo con el arte teatral en una puesta en escena paródica que abarca planos distintos como un recurso metanarrativo: una puesta en escena contiene otra y ambas oscilan entre la exageración y la gesticulación teatral, y las formalidades del clasicismo cinematográfico y los homenajes al neorrealismo italiano.
Ahí están esos espacios coreográficos, circos grotescos, entornos caricaturizados, concebidos con precisión milimétrica que Fellini utilizó en 8½ (1963) o en Amarcord (1973).
Digger le debe mucho al neorrealismo italiano y al teatro de Bertold Brecht en el sentido de que a Brecht no le gustaba que te olvidaras que estás en un teatro. Iñárritu busca en todo momento romper la continuidad de la trama: de repente un árbol de la escenografía se cae, rompiendo la ilusión ficticia recién construida; de súbito, el actor Curtis Markson recibe una llamada telefónica que le informa el destino de su hija perdida en un vuelo interoceánico.
Una frase de Gaston Bachelard lo ilustra: «Lo único que hace soportable la vida es su discontinuidad».
Iñárritu nos dice a cada momento que todo es ilusión, toda realidad histórica no es más que una representación más o menos grotesca y juega con la idea doble de que el apocalipsis ambiental, tanto está sucediendo, como que es algo que ya pasó y nosotros somos testigos de su representación teatral como una forma de catarsis que nos permitirá canalizar nuestra frustración y descontento.
Juega con la idea que podemos romper la frontera entre actor y sujeto histórico de una realidad que ya se percibe en el ambiente. La cinta nunca deja de referirse tanto al espectador de la sala de cine, como al espectador teatral de esta farsa o sainete que pretende hacer escarnio de los estúpidos hombres blancos que destruyeron el equilibrio ambiental.
Iñárritu nos hace cuestionarios si nosotros estamos dentro de su película o si Digger radica en nosotros, en la pulsación de un presente y un planeta que se agota.