Rabia a una puerca

Por Luz María Aguilar Vallejo

Foto: Eréndira Negrete

Todos los días una puerca me viene a visitar a la casa. Chilla y se lame el hocico. No hace nada. Sólo chilla y se lame el hocico.

Llegó hace ya muchos años, cuando era una simple lechona. Su llegada coincidió con el día en que vi que mataron a un perro.

No hubo día en que el can no fuera amable. Cada tarde jugaba con los niños en la calle. Lo alimentaban con las sobras de la comida y le rascaban la panza. Se quedaban con él hasta que sus madres los llamaban  para lavarse los dientes.

Lo mataron unos niños a palazos. Le fracturaron las costillas, las patas, la mandíbula, hasta terminar con el cráneo. Lo mataron sin razón y yo lo vi, lo permití, no hice ningún sonido, solo me quedé allí mirando hasta que todo terminó. Después me eché a correr para que la sangre no tocara mis pies y las miradas asesinas no encontraran al testigo.

Corrí a casa. Nunca dije nada a nadie. Nadie supo quién lo mató. Nunca dije nada.

La puerca llegó esa noche corriendo, chillando e incomodando, para sólo mirarme y lamerse el hocico.

La puerca se expande a medida que el vecino golpea a su mujer y yo decido no escuchar.

La puerca crece cada vez más y más cuando permito que me toquen en el metro, cuando veo acoso y  decido callar.

La puerca se acuesta cuando le volteo la cara al pobre.

La puerca me aplasta cuando la gente tira la basura en la calle y yo me quedo sin voz.

La puerca caga cuando veo al triste y lo ignoro, cuando me piden ayuda y me excuso.

La puerca se ríe cuando matar se vuelve un juego anónimo permitido.

La puerca apesta cuando golpean a los homosexuales, cuando se margina a los indígenas.

La puerca me mordió las entrañas cuando me violaron en la calle, con ojos de lamento todos me vieron y nadie hizo nada.

La puerca se vuelve infinita cuando ellos callan y yo también, cuando se reflexiona pero no se actúa. Cuando hay contradicción en la conciencia.

La puerca me enoja y ella sólo se lame el hocico. Sabe que no haré nada, más que permitir que me siga ahogando.

La puerca es la sociedad: inmóvil, quieta, pesada, chillona, ociosa. La puerca soy yo.

La puerca me da rabia, la puerca es mi reflejo. Soy yo por no hacer nada. La puerca es la sociedad. La rabia es para la sociedad en la que estoy, en la que nazco, me formo y muero.

Veo y  oculto.  Quiero aparentar dignidad en la indignidad, estar en la perfecta  imperfección.

La puerca me da rabia. La puerca me inquieta pero no hago nada. La puerca se queda, me incomoda, me da rabia pero se queda. Sigue en la habitación, destruyendo, asfixiando, cagando, y yo solo observo, mientras nada pasa y pasa todo.

Dejé entrar a la puerca desde el momento en que vi la injusticia, desde que mataron a un perro, a un niño, a una mujer, a una familia.

Pero yo me volví muda y ciega, y la sigo dejando pasar. Esa perenne sensación de no hacer nada frente a las cosas. La mediocridad colectiva e individual es mi reflejo y me estoy muriendo en la inmovilidad.

La puerca me está matando y la rabia no cambia nada

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