“No fue el diablo, fue el Estado”

Por Aurora Villaseñor Mejía

Foto: Edgar López

(A un año de la vistita de Francisco)

Conforme el cochecillo blanco –cuyos asientos sostenían a un individuo vestido con sotana igualmente blanca– se desplazaba entre el laberinto delimitado por vallas, una ola de gritos ajenos ya ante la ardiente expectación se confundía con el resonar de las campanas de la Catedral.

La agitación se aglomeraba en unos cuerpos sobre otros, con los rostros transformados, sin esfuerzo alguno por contener el llanto que se fugaba de entre los lagrimales. Cuando el Papa avanzaba en medio de la multitud, sus manos lejanas acariciaban el aire, respondiendo así ante el urgente llamado de la gente desesperada.

Aquéllos fieles católicos no encontraron oportuno madrugar para acudir a presenciar el arribo del “representante de Dios en la tierra”. De igual forma, despegan los párpados cuando todavía no sale ni el sol, con el fin de prepararse y llegar puntualmente al trabajo o ir a comprar las verduras del negocio.

“Yo quiero pasar por aquí, trabajo allá enfrente, dame chance”, fueron las palabras de un anciano que intentaba cruzar cuando apenas cerraban el Zócalo capitalino a las ocho de la mañana del viernes, a lo que un policía fatigado renegó: “Éste Papa cómo da lata a la gente”.

Hombres de sombreros de paja y pies lastimados, cubiertos por huaraches, con sus mujeres de pelo trenzado y rebozo al pecho con el niño; pieles morenas absorbiendo la luz solar; extranjeros japoneses y europeos con cámaras prendidas al cuello; chamacos en hombros. Todos observando, ya sea en las pantallas gigantes del Zócalo, o buscando un espacio entre las orejas de enfrente por dónde asomar la pupila asombrada.

Un canto proveniente de gargantas joviales se manifestaba: “Queremos que el Papa nos dé su bendición”, “Eeeeeh Papa”, exclamaban otros divertidos. ”Papancho Papancho, ra ra ra”, agregaban unos últimos. La gente reía, se divertía, cargaban arreglos florales, sostenían las bolsas de plástico repletas de tortitas y sándwiches; escribían mensajes en el muro dedicado al Papa, cubierto por notitas rosadas.

Por otra parte, el espíritu de la raza renegada animaba una vociferación quejumbrosa. De gente sencilla que percibe cómo las campanas replican en las alturas y sabe por experiencia propia que Dios no quiere a sus hijos por igual.

Éstos, de fe penetrante, recordaban con pancartas que nuestro país perdió el potencial de 43 estudiantes desaparecidos. Son los menos y el resto marca su brecha ante ellos. Incluso les llama “revoltosos”.

Unas estampas moradas de letras blancas imploraban “No fue el diablo, fue el Estado”, desde postes de luz y cabinas telefónicas. Algunas despegadas por la mitad, como evidenciando un posible intento por arrancarlas. Evitando de este modo que el ploteo en tamaño real del pontífice resultara alterado, y así los fieles pudieran fotografiarse con esta imagen sagrada, ofrendando la maroma del pueblo.

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