Mis días como inquilino en la Narvarte (Segunda Parte)

Por Armando Alemán Salazar

 

Foto: Eréndira Negrete

 

¡Aaahhh!, se escuchó un grito agudo por todo el edificio. Nuevamente la preocupación reinó los pasillos del edificio rústico y grisáceo. Rogábamos porque no fuera más que otro mal entendido, pero el golpeteo siguió y siguió y, de pronto, un silencio muerto…. ¿Qué había pasado?

 

Después de aquel incidente de la pareja gay que se había subido a la azotea para poder ver las estrellas y pasar un momento romántico, en el que una de las vecinas se asustó y llamó a la policía, no había sucedido nada más. La paz y la tranquilidad ya habían regresado. Eduardo se veía contento con su nuevo compañero de cuarto, Fernando.

 

Fernando, como ya sabíamos, era un chavo alto. Más o menos 1.77 de estatura, cabello negro, lacio, piel bronceada y ojos verdes. Era un joven alegre. Siempre que me topaba con él me saludaba con una enorme sonrisa y con un tono de voz femenino que, aunque uno puede llegar a pensar que eso sería, algo desagradable para la gente mayor que vive ahí, por su manera de pensar y costumbres más tradicionales. Era algo agradable por la buena vibra y alegría que este muchacho transmitía.

 

Todos los días, sin falta alguna, Fernando se salía del edificio a las 6:00 de la mañana y regresaba a las 8:00 de la noche. Trabajaba en uno de los tantos restaurantes Chili´s de la ciudad y, al parecer, le iba muy bien. Pero era un trabajo muy cansado, porque cuando llegaba venía despeinado, con cara de cansancio y con los pies arrastrando.

 

Era viernes y, como era de esperarse, la música del departamento 203 estaba a todo volumen nuevamente, pero no importaba. Aún era temprano, más o menos como las 10:30 de la noche, y como últimamente la música no duraba más allá de las 12:00, no me preocupe. Efectivamente, transcurrida la noche, la música se apagó a las 12:00 en punto y las risas y gritos de emoción se escuchaban por los pasillos del edificio. Al parecer era Fernando y algunos amigos que iban de salida del edificio.

 

–No güey, vamos a Jannis, me caga ir a Rodhesia…

 

–Ayy no mames. Es el cumpleaños de Zara y a ella le encanta ir a Rodhesia.

–Aunque la neta es que a mi tampoco me fascina la idea de ir, pero pues es su cumple y no le podemos fallar, además, equis. Nos la vamos a pasar de huevos ahí. Dicen que como esta en la Condesa van muchos extranjeros, así como te gustan– dijo Fernando a unos de sus amigos que iba gritando muy molesto por los pasillos del edificio, mientras el resto reía y decían bromas tontas de borrachos, porque claramente no habían salido sobrios del departamento.

 

4:53 de la mañana. Se escuchó cómo se cerró de un gran golpe la puerta de la entrada del edificio. Los gritos de dos muchachos (uno de ellos Fernando) cada vez se hacían más y más fuertes. Al principio pensé que sólo venían borrachos y aún enfiestados de su salida al antro, pero no, eran gritos de enojo. Venían peleando y sólo se lograban diferenciar mentadas de madres y groserías entre su conversación. Al parecer no tuvieron una buena noche.

 

Los gritos iban aumentando y las groserías y mentadas de madre también. Me preocupé y decidí acercarme a la puerta para poder escuchar mejor y verificar que todo estaba bien. Al parecer no fui el único… incluso algunos vecinos se asomaban por sus puertas para saber qué sucedía, hasta que de pronto se escuchó cómo la puerta del 203 se azotó con gran fuerza.

 

Aunque Fernando y sus amigos ya se encontraban dentro del departamento, los gritos se escuchaban igual de fuerte a como si estuvieran todavía en los pasillo. De pronto se empezaron a escuchar golpes de muebles, como si estuvieran moviendo los sillones o reorganizando el departamento, pero claro… ¿qué harían aquellos muchachos moviendo todas las cosas a altas horas de la madrugada?

 

La pelea y los gritos siguieron un rato más. Todos los vecinos ya estábamos preocupados. Nos encontrábamos todos afuera de nuestros departamentos, escuchando la pelea de estos muchachos, preguntándonos si todo estaría bien, o si era necesario que tocáramos la puerta para saber si necesitaban ayuda o algo, hasta que de pronto se escuchó el grito de una mujer.

 

Fue un grito muy fuerte, como si algo le hubiera pasado. De pronto, un silencio total. En ese momento nos volteamos a ver entre todos los vecinos, preguntándonos qué hacer, pero como después de eso ya no se logró escuchar nada, decidimos regresar a nuestros departamentos, reconciliar el sueño y encargarnos de eso al día siguiente.

 

Ya eran las 11:30 de la mañana y, sin falta alguna, ya nos encontrábamos todos los vecinos en la puerta del departamento de Eduardo. Tocamos la puerta y rápidamente salió Eduardo a atendernos. Le comentamos que estábamos muy preocupados porque anoche escuchamos muchos ruidos y golpes y queríamos saber si todo estaba bien.

 

Eduardo estaba con cara de desvelado y enojado al mismo tiempo. Sabíamos que no había tenido una buena noche, pero aun así, de una manera muy amable, nos dijo: “De verdad una gran disculpa, no quería que ustedes se preocuparan. La verdad es que yo tampoco tuve una buena noche y entiendo que estén molestos o enojados, anoche tuve un problema enorme con mi compañero Fernando”.

 

En ese momento todos los vecinos nos sorprendimos porque pensamos que el problema se había suscitado entre Fernando y Eduardo, sin embargo, una vez que Edu vio nuestras caras de sorpresa, nos aclaró rápidamente que él no tuvo nada que ver con la pelea, pero con mucho gusto nos iba a explicar qué era lo que había sucedido anoche y el por qué sucedió.

 

“Anoche que llegó Fernando con sus amigos, se pusieron a tomar tequila súperagusto, y cuando dieron las 12:00 les pedí que si se podían retirar porque no quería tener problemas con ustedes… Entonces, a mí, Fernando me dijo que iban a ir de fiesta por el cumple de una amiga a un antro en La Condesa, pero al parecer tuvieron un problema con el coche de uno de los amigos de Fernando en el Vallet Parking, y por eso llegaron gritando y mentando madres”, dijo Eduardo.

 

Después de dicha explicación, le preguntamos si no necesitaba algo, o si ya todo estaba resuelto, para lo que él nos dijo que no nos preocupáramos, entonces, sin más necesidad de otras explicaciones, cada uno de los residentes se despidió y regresó a sus actividades cotidianas. No fue mi caso.

 

Ya cuando todos los vecinos se habían retirado, le pregunté a Eduardo qué había sucedido anoche con Fernando y por qué estaban tan molestos.

 

Con cara de disgusto, me comentó que había sido una «tontería», ya que anoche, cuando Fernando y sus amigos salieron del antro, uno de sus amigos pidió su coche al vallet parking, y cuando éste llegó, no era su coche, sino el de otra persona… ¿Cómo es eso posible?, le pregunté.

 

Y me comentó:

 

“Sí, resulta que uno de los amigos de Fernando llevaba un Tiida blanco, el cual había dejado en el vallet, y cuando recogieron el coche, Fernando fue a abrir la cajuela para verificar si estaban los objetos de valor que había dejado, y sucedió que ya no estaban ahí. Al principio pensó que se habían robado sus cosas, pero no, más bien resultó que la gente del estacionamiento se había confundido y le dieron el Tiida blanco a alguien más, y el coche que ellos recibieron era de otra persona”.

 

En ese momento decidí interrumpir a Eduardo y pedirle que me acortara la historia, ya que se veía muy cansado y molesto. Me respondió que, en resumen, lo que había sucedido fue que el amigo de Fernando se dio cuenta que no era su coche, ya que el Tiida de su amigo era automático y el coche que les entregaron era manual, entonces estos muchachos se pusieron a discutir con el personal del estacionamiento hasta casi llegar a los golpes”.

 

Sin embargo, tuvieron mucha suerte, ya que cuando estaban a punto de descontrolarse por el enojo, el Tiida blanco de su amigo había regresado y venía siendo manejado por otro chavo más o menos de la misma edad, quien les ofreció una disculpa por confundirse.

 

Pero eso no explicaba el motivo de los gritos y los golpes de anoche, o por qué hubo tanto drama y pelea al regresar al departamento.

 

Resultó que el amigo de Fernando es novio de Zara, la chica del cumpleaños por la que habían ido a Rodheisia, y ella necesitaba estar en su casa a las 3:00 de la mañana, pero a causa del conflicto del Tiida, Zara no pudo llegar a su casa y se tuvieron que regresar a dormir al departamento de Eduardo.

 

“Cuando llegaron estaba dormido y me despertaron con todos sus gritos, porque el amigo de Fernando no dejaba de reclamarle que todo era su culpa, y Zara no pudo regresarse a su casa y ahora él tendría muchos problemas con los papás de su novia”, dijo Eduardo volteando los ojos, como si lo ocurrido se le hubiera hecho algo irrelevante.

 

Le pregunte: “¿Y Fernando está bien?

 

–No lo sé. Anoche lo corrí del departamento junto con su amigo

 

–Pero ¿por qué lo corriste?

 

–Cuando regresaron de la fiesta, Fernando, Zara y su amigo, durante la pelea, Fernando empezó a empujar e insultar a su amigo, pero éste le respondió con golpes. Durante la pelea entre ellos dos, Zara, sin saber qué hacer, se metió a la pelea para intentar separarlos…

 

“No me importó que estuvieran peleando, pero cuando escuché a una niña gritar, no tuve de otra más que salir”.

 

Eduardo salió de su cuarto y vio cómo Fernando, accidentalmente, había golpeado en la cara a Zara. Les gritó que se tranquilizaran. Le pidió a Zara que se fuera a su cuarto y a Fernando y su amigo les exigió irse o, de lo contrario, llamaría a la policía y esta vez él se encargaría que no tuvieran tanta suerte como la vez pasada…

 

Aquí puedes leer la primera parte:  Mis días como inquilino en la Narvarte I

 

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