Lucas: réquiem por un perro

Por Luz Imelda Ferreira de Loza

Lucas llegó a nuestras vidas con las fuerzas justas para respirar. Estaba sucio, cansado, con una herida que iba de media cabeza hasta la nariz y otra en el cuello. Lo auxiliamos, con cuidado levantábamos su cara para que tomara agua y supusimos que no tendría fuerzas para masticar algo duro, así que le dimos todo el jamón que pudo comer.

No pudimos llevarlo al doctor porque estaba pesado y cualquier intento por moverlo lo lastimaba, tampoco pudo ir uno a atenderlo, porque llegó justo antes de que cayera una tormenta torrencial que hizo que se inundaran las calles y se fuera la luz por horas. Pusimos en práctica lo poco que sabíamos sobre curación. Esa tarde no sólo Lucas puso a prueba su resistencia. Mi mamá, que a la primera gota de sangre se marea, resistió deteniéndole la cara para que yo, que siempre me he negado a provocar dolor, le limpiara las heridas al moribundo Lucas.

Lo único que teníamos a la mano para curarlo era agua caliente de una cafetera eléctrica, curitas que en esos momentos eran innecesarios. No nos atrevimos a ponerle alcohol, teníamos miedo de que al lastimarlo nos mordiera, y teníamos miel, que es un excelente cicatrizante y ayudaría a que no se le infectaran las heridas. Esa noche fue larguísima. Lo tuvimos que dejar solo para ir a casa y ver los estragos que había provocado la tormenta. Pensamos que lo encontraríamos muerto y que si corríamos con mejor suerte, lo llevaríamos al veterinario que encontráramos abierto más temprano.

A la mañana siguiente fuimos a ver a Lucas, creyendo que estaría agonizando, pero cuando abrimos la tienda, el traste con comida que le servimos un día antes estaba vacío. Casi se había terminado el agua y dormía tranquilamente sobre unos cartones que él acomodó a su gusto. Se levantó y salió de la accesoria para ir a hacer sus necesidades al árbol más cercano. Nunca hizo en ningún lugar que no fuera en las calles. Lo llevamos al veterinario para asegurarnos que estaría bien y que no necesitara puntadas en las heridas, pero la verdad es que lo que habíamos hecho un día antes lo había ayudado.

Preguntamos a clientes y proveedores y a clientes si conocían al perro que se la pasaba echado afuera de la puerta y nadie lo conocía, así que después de unos días de darle alimento y cariño, él decidió adoptarnos.

***

No sólo nos adoptó, sino que nos cuidaba cuando salíamos a la calle. Siempre nos seguía cauteloso, nunca se adelantaba. Siempre caminaba unos pasos atrás de nosotros y si lo corríamos para que se regresara a la casa o a la tienda, él desviaba su camino por otras calles y aparecía más adelante. La gente de la colonia lo ubicaba como nuestro perro, pero nadie lo llamaba Lucas. Chato, Flaco, Concho… cada que iba con él y le llamaban me enteraba de sus nuevos nombres.

Nunca agredió a nadie, aunque tenía una gran aversión hacia las motocicletlas y cuando pasaba una, se dejaba ir a ladrarle a las llantas. Al ser un perro que al parecer era cruza de pitbull con bóxer, pues sí que imponía, y hacía que los conductores se espantaran y quisieran patearlo. Más de una persona nos amenazó con demandarnos por nuestra bestia agresiva. Los marihuanos y teporochos tampoco eran sus personas favoritas.

Siempre fue un ser libre. Nos hizo saber que si nos cuidaba, aceptaba nuestra comida y nuestro techo, era porque él así lo quería y porque teníamos una perra llamada Café que llegó antes que él con un pasado triste.

Cuando Lucas tenía cuentas por saldar con los perros de la colonia, era capaz de acompañarnos hasta la puerta y, cuando esperábamos que entrara, él desaparecía e iba a buscar camorra con los perros que no soportaba.

Si dejábamos la puerta de la calle abierta, él cuidaba la entrada hasta que alguien la cerrara. Cuando sacábamos o metíamos los carros, él vigilaba. Si teníamos que salir temprano a tomar el camión, nos acompañaba hasta la parada y no se iba hasta que nos subíamos. Si alguien tocaba el timbre, él, echado cerca de la puerta, ponía sus patas sobre los pies de quien tocaba e iba empujando poco a poco hasta que los quitaba de la puerta.

Los carniceros del mercado se hicieron sus amigos. En las mañanas que llegaban los camiones a descargar la carne, él era el único perro que dejaban subir a juguetear y a cuidar los trozos de reses que colgaban de los techos. Lo recompensaban con jugosos trozos de carne que no siempre se comía, se los tragaba, y cuando regresaba a casa y entraba a la cochera comenzaba a toser y a regurgitar para dárselos a Café. Era un perro proveedor.

Como las almas libres son imposibles de detener, él podía desaparecer días para ir a hacer guardia afuera de la casa de alguna perrita en celo. Peleaba con los perros que iban con el mismo propósito que él.

Chaparrito, fornido, galante pero corriente, le decíamos que era como ayudante de chofer de microbús. Seguramente, de haber sido humano, al darnos paso, nos habría dicho, “Pásele, damita”.

Cada que peleaba por su dignidad o por la de alguna perra llegaba malherido. Había veces que creíamos que no amanecería, como el día que llegó a nuestras vidas. La segunda vez que llegó casi de muerte, había sangre en la banqueta. El último tramo lo avanzó arrastrándose. Una vez más no había veterinarios que lo atendieran, así que recurrimos a los fomentos con miel y, a falta de alcohol, le pusimos un chorro de whiskey al agua. No supimos si fue lo calientito del trapo con el que lo curábamos, o la miel, o al whiskey, pero revivió al contacto con su piel y comenzó a lamer el pedazo de tela.

Había ocasiones en las que llegaba con una pequeña herida, pero se tiraba triste y moribundo para que aplicáramos el remedio mágico del whiskey.

Nos reíamos de él porque nunca lograba nada con ninguna perra, hasta que un día el vecino vino a acusarlo porque ese día iba a cruzar a su perro con una bóxer de raza, y en lo que el dueño de la perra se descuidó bajando unas cosas de su carro, Lucas le dio baje con su perra. Nos reclamaba como si tuviéramos la culpa. Estaba furioso y en ese momento más pobre, porque no podría hacer negocio con los cachorros, ya que “no serían de raza pura”.

Cuando murió Café, la que fuera su compañera perruna durante cinco años y la cual se estaba quedando ciega por carnosidades inoperables en los ojos, él fue quien se dio cuenta de que la habían atropellado. Fue corriendo a casa a avisarnos. No dejaba de ladrar y cuando abrimos la puerta seguía ladrando y brincaba en dirección a donde quería que lo siguiéramos. Por más de un mes sólo salía a la calle a hacer del baño y regresaba a dormir.

Estuvo deprimido hasta que llegó a su vida Bruna, una perrita greñuda que mi mamá salvó de ser atropellada en una avenida. Lucas rejuveneció y volvió a ser juguetón. Regresó a dar paseos por el mercado para que le dieran comida y traérsela a Bruna. Fueron compañeros casi dos años.

***

Cuando Lucas nos adoptó tenía aproximadamente seis años. Estuvo con nosotros por casi seis más. Desde que Bruna llegó a su vida siempre llegó a dormir y a jugar con ella, hasta que una noche que nos pareció raro que no llegara, fuimos a preguntar por él con la gente que tenía negocios cerca del mercado y que lo conocía. Alguien dijo que lo había visto unas horas antes y al parecer estaba haciendo guardia afuera de una casa a dos cuadras de ahí.

Volvía a sus andadas de galán de barrio. Ese día y al día siguiente lo buscamos donde dijeron haberlo visto. Fuimos a la perrera. Nadie sabía de él. Preguntamos a cada persona que lo conocía y le tenía cariño y nadie supo decirnos nada. Lo buscamos en la colonia y en todas las que están cerca. Pusimos carteles y anuncios en redes sociales ofreciendo dinero.

A la semana de desaparecido mi hermana decidió venir desde Tijuana a ayudarnos a buscarlo. Ella había leído que a veces los perros se desorientan y pueden caminar hasta ocho kilómetros sin rumbo. Buscamos cada día a diferentes horas, por diferentes rutas.

Nadie hablaba sobre la posibilidad de que estuviera muerto, pero de ser así y de haberle pasado algo, los únicos que podrían saberlo era los barrenderos, ellos son a quienes les toca recoger a los animales que mueren en las calles. Ningún barrendero pudo darnos informes. Si alguien nos hubiera dicho que lo habían encontrado muerto, lo habríamos aceptado, pero nada.

Aun tres meses después de haber desaparecido, cuando salíamos, volteábamos hacia todos lados buscándolo. Uno de los barrenderos a los que hacía meses le preguntamos por Lucas nos dijo que sabía lo que había pasado, pero que no quería meterse en problemas y que nos contaría porque nunca vio a alguien tan angustiado por un animal.

A Lucas se lo llevaron personas que crían perros de pelea. Usan perros viejos para entrenarlos, dan pelea, pero es imposible que ganen. Quien nos dio información no nos lo dijo antes, por miedo y por protección nuestra y de él.

Espero, si es que existe la reencarnación, encontrar a Lucas en otra vida. Y deseo para cada persona que se ha compadecido y hecho algo bueno por un animal necesitado, que la vida los compense con un Lucas.

 

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One Thought to “Lucas: réquiem por un perro”

  1. ana

    🙁
    Que gente tan mala se lo llevó a una muerte segura y dolorosa.
    Cuanta crueldad…

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