Lo que los automóviles se llevaron

Por Varinia Loya Ramírez

 

Tenemos, al menos décadas, siendo parte de un proyecto de construcción de sociedades profundamente segregadoras, es decir, inadvertidamente participamos en prácticas cotidianas de diferenciación social que nos permiten alejarnos de los otros. No hemos crecido con el ideal moderno de vida urbana en el que el espacio público abierto y libre ocupa un lugar central. Al contrario, entre más lejos, mejor.

 

La actual forma de uso del automóvil ha sido una de las principales herramientas para la construcción de ciudades con altos índices de segregación socio espacial, y se ha vuelto un obstáculo para el desarrollo de una vida pública más rica, con la consecuente reducción de las posibilidades de encuentro e interacción entre desconocidos, es decir, el automóvil ha sido una de las principales herramientas de deterioro del espacio público de ensueño del que nos hablan con nostalgia quienes lo conocieron; las personas que pudieron jugar en la calle, quienes solían platicar con los vecinos, aquellas que podían ir a la escuela sin sus padres y toda una sociedad acostumbrada a convivir cotidianamente con personas de clases sociales diferentes.

 

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Sin bien, ese espacio público de ensueño nunca existió, sí hubo un tiempo en el que nuestra ciudad tuvo más posibilidades de reunión y de encuentro entre desconocidos de los que tiene hoy. Solemos llenarnos la boca de insatisfacción, de molestia y de enojo y cuando se trata de renunciar a un privilegio por el bien común, como dejar de usar nuestro coche un día, nos parece inadmisible. Si bien, el transporte público no es la consumación del ideal del espacio público moderno, sí se trata de un punto de partida para la transformación cotidiana de la experiencia de la ciudad.

No debemos seguir alimentando el modelo de transporte público que tiene al automóvil en el centro, eso lo sabemos, no es ambientalmente sostenible y tampoco socialmente. Lo que el modelo de transporte público centrado en automóviles nos ha quitado es mucho en términos de sociabilidad y de calidad de vida.

 

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Podemos seguir alimentando la ilusión de aislamiento hasta donde la capacidad de nuestros capitales, cada vez más empobrecidos, nos lo permitan, es decir, podemos continuar comprando coches para evadir el hoy no circula, seguir pagando taxis, comprando boletos VIP para ahorrarnos filas en bancos y centros de diversión, instalar sistemas de seguridad hasta el infinito, cerrar ventanas, oídos, bocas, encerrarnos en dispositivos electrónicos inteligentes, no leer el periódico, borrar de nuestros muros a quienes nos contravienen, hasta que el agotamiento, la tristeza y la violencia acaben con nosotros.

Es una ilusión mortal pensar que el aislamiento nos dará seguridad, el malestar, el tráfico, la contaminación, los secuestros, las violaciones y todas las encarnaciones de nuestro descontento, cada vez estarán más cerca de nosotros sino adoptamos medidas de reconstrucción de lo que algunos llaman <<tejido social>>.

 

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Hemos sido testigos de la transformación paulatina de nuestro entorno, relaciones, rutas, horarios que se ha visto afectados y determinados por el miedo. Hemos respondido saliendo a las calles, organizándonos, manifestando de diferentes formas nuestro descontento, pero también encerrándonos cada vez más. Es tiempo de que los gobiernos locales hagan su chamba en cuanto a una política pública de transporte seria y responsable, porque es una de las fuentes más grandes de injusticia y de insatisfacción social.

Desde hace algunos años, la Ciudad de México, bajo distintos gobiernos (sobre todo el anterior), se dio la tarea de diversificar su transporte público, eso hay que reconocerlo y aunque aún es muy deficiente, violento e indigno, tenemos que exigir más que tan sólo el endurecimiento del programa hoy no circula, y aprovechar el descontento que éste ha generado para articular dicha exigencia.

Un mejor transporte público implica necesariamente el incremento de unidades, la diversificación de los medios, la puesta en marcha de un sistema que vaya más allá de lo local inmediato y logre articularse con el vecino, Estado de México, que en comparación con la Ciudad de México, sí es altamente deficiente, pero sobre todo invertir en mejorar la calidad de las relaciones que en él se dan.

 

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