En Lindavista, el 19/S/17 estaba destinado a ser diferente

Por Brenda Ramírez Padilla

Foto: Edgar López (Archivo)

El martes 19 de septiembre ya estaba destinado a ser un poco diferente. Al menos, en el trabajo nos habían anunciado que debíamos hacer simulacro puntual a las 11:00 de la mañana.

Después de explicarle a mis 27 chaparros del grupo de la mañana por qué se hacía simulacro ese día y qué había pasado 32 años atrás (basándome en estadísticas y anécdotas escuchadas), trabajamos como todos los días hasta que dio la hora del simulacro. Abrí la puerta a las 10:59 para alcanzar a escuchar los silbatos que cada coordinadora o directivo suenan cuando hay que evacuar el edificio.

Así fue, a las 11:00 en punto sonaron y nos dispusimos a bajar los dos pisos que dan al patio central para después caminar “ordenadamente” al patio norte, punto de reunión.

Lo hicieron fatal: bajaban de la mano, se iban empujando, se reían. Si eso lo hacían los míos, que no tienen más de ocho años, podemos imaginar perfecto cómo lo hizo primaria superior. Lo tomaron a juego, lo tomaron a broma. Subiendo al salón, cerré la puerta y esperé que hubiera silencio.

Era mi responsabilidad hacerles saber que el simulacro no era un juego, que podían existir peligros reales. Que los temblores no avisan y tenían que estar preparados, conocer las normas de emergencia. Los vi, atentos, aterrados, calladitos. Mis palabras me retumbarían en la cabeza horas después, pero no lo sabía.

Después del receso, al mediodía, subí al salón con mi grupo “difícil”. Digo difícil porque son más inquietos, aprenden haciendo. Hicimos parte de la rutina de todos los días y apliqué examen. Después del examen, por ahí de las 12:50, anotamos la guía de estudio y di la explicación de los ejercicios que debían realizar.

Me senté en el escritorio y en lo que acababan, en silencio, empecé a calificar sus exámenes y a decirles sus calificaciones. Iba en el examen de Ximena, número 21 de lista, cuando sentí una sensación parecida al desmayo. Me puse de pie y sentí un movimiento extraño, pensé que era yo. No había ninguna alarma, ningún silbato.

En una milésima de segundo vi a mis chaparros. Me veían inmóviles, sin parpadear. Antes de escuchar los silbatos, les grité lo más fuerte que pude que había que irnos, que salieran en orden, que ya sabían dónde nos encontraríamos.

Salieron más de 20. Nuestro salón está pegado a las escaleras. Apresuré a los otros siete. Cinco salieron rápido, dos se paralizaron. Logramos salir, llegar a las escaleras. Cuando estábamos por bajar los que quedábamos hasta arriba, una sacudida violenta los tiró al suelo. Uno tras otro, como dominó.

Los niños ya no me escuchaban, ya no podían mantener la calma. Estaba segura que no alcanzaríamos a bajar, que tenía que encontrar otra manera de salvarlos.

Por un par de segundos bajó de intensidad. Cargué a los que pude. No supe si eran míos o de alguien más. Levanté a varios. Llevaba a dos agarrados en cada brazo. En el piso de abajo, primero y segundo, ya estaba por llegar al patio. Por fin llegamos, caminamos o corrimos al punto de reunión.

Los niños lloraban, no entendían qué pasaba, no entendían el movimiento, el miedo, los gritos, la angustia. Abracé a muchos. Les dije que estábamos juntos, que lo peor ya había pasado, pero me equivoqué.

Cuando estábamos todos los maestros, directivos, personal de administración, absolutamente toda la comunidad Tepeyac en conteo de niños, ocurrió lo peor: el edificio frente a nuestro patio, en Coquimbo, colapsó. Se escuchó un ruido de explosión, tronaron ventanas y nos llenamos en segundos de un humo pesado, naranja.

Cada noche cierro los ojos y lo escucho. El momento exacto en el que se condenaron las vidas de ese edificio, las manitas de los niños señalando el edificio a pocos metros atrás de ellos y sus gritos, llenos de pánico, de terror.

Cuando empezó a invadirnos el olor a gas, corrimos con todas nuestras fuerzas al patio sur, el de secundaria. Ahí, busqué un par de ojos que me tranquilizaron, que me dieron fuerza para seguir.

Los acomodamos a todos, primero por grupo, luego por grado. Cuando estuvieron asegurados, corrí unos metros a buscar a mis niñas, mis primitas, de tercero de secundaria y de cuarto de primaria. Cuando las vi, sentí que podía tomar más fuerza, que podía continuar haciendo mi trabajo.

Así, con una en la mano y con la otra colgada a mi pecho, estuve repartiendo a mis niños. Llegaban las mamás, con los ojos fuera de sí, y yo les regresaba su vida entera, a sus y mis chaparros hinchados de llorar. En breves ocasiones intentaba localizar a mis hermanas, a mis tías, a mi papá. Jamás tuve señal. Entregamos a los niños así, como estaban. Sin posibilidad alguna de regresar a los salones por sus cosas, sin nada más importante que mantenerlos a salvo.

El sol, el olor a gas, las lágrimas, la incertidumbre los debilitaba cada minuto más. Cuando llegó mi tía por las niñas, me sentí concentrada, me sentí tranquila. Las abracé como si no supiera si lo iba a volver a hacer y se fueron a casa, a ponerse a salvo. Volví a contar a los niños, volvimos todos y cada uno de los maestros a auxiliar a los familiares desesperados, incapaces de buscar fríamente a los suyos.

Mi jefe, el director, estaba desencajado. La corbata floja, el sudor escurriendo. Nosotros, esperando indicaciones, manteniéndolos juntos, consiguiéndoles agua para su boquita o su cabeza, para evitar la insolación. Pasamos más de tres horas en el patio, intentando entregar a todos.

Un poco más tarde, metimos a los pequeños en el gimnasio de la escuela. Volvió a tronar otro tanque de gas cercano, de nuevo corrimos al patio. Cuando parecían ser menos los niños, nos indicaron que subiéramos por nuestras cosas a los salones, de tres en tres. Tenía que ser rápido.

Sentí adrenalina. Sentí una energía que juré que ya se había acabado y corrí, temblando, a abrir mi salón y sacar mis cosas. En cuanto acabé, bajé al patio y esperé un poco más.

Para salir, pasadas las cuatro de la tarde, miré al alrededor y vi las calles acordonadas, las ambulancias, la gente. No había paso, ningún civil debía pasar. No podía procesarlo, no lo podía entender. Me subí a la camioneta y fui a casa de una amiga, a pocas calles del trabajo. No había luz, pero ya tenía señal.

Hablé con los míos y sin tener acceso a las noticias, revisé mis redes sociales. No podía creer lo que veía: lo edificios colapsados en segundos, las explosiones, la cantidad de videos que había sólo de la Ciudad de México. Luego, regresó la luz. Conecté rápido mi celular, con esperanza de saber más de cómo y dónde me encontraría con mi familia. Prendí las noticias, mismas que no he vuelto a apagar.

Cuando volví a mi casa, revisé algunas grietas menores y busqué los documentos importantes. Me cambié y noté que mi blusa estaba rota de varios lados. Bajé a la cocina e intenté servirme de comer.

Minutos después, se me notificó que mi amado Tepeyac, del cual me siento más orgullosa que nunca, se había inaugurado como centro de acopio y albergue para los damnificados del edificio vecino y que necesitaban manos, herramientas, comida, materiales de curación.

Corrí a la tienda, me acompañaba mi tía y mi hermana. Compramos agua, alcohol, vendas, gasas, comida enlatada, una pala y un par de cubetas, lo más urgente.

Cuando llegamos, me impresionó la cantidad de gente, de vecinos, de entusiastas. Manos de sobra, puertas abiertas, cadenas humanas. Gente guiándote, diciendo dónde podías dejar tus víveres, qué necesitaban, en qué podías ayudar. Vi caos, vi movimiento, pero también vi solidaridad, vi ganas de ayudar, vi gente lastimándose manos y pies para buscar vida, para mantener la esperanza.

El terremoto del 19 de septiembre me ha cambiado la vida. El del 85 cambió la de mis papás y el del 2017, cambió la mía. Cambió mi percepción, mi sentido de responsabilidad, de supervivencia. Creció mi amor por los míos, los de sangre y los que están bajo mi cuidado. Creció mi amor por mi México, crecieron mis ganas de darlo todo y cambiar nuestra crisis de valores, nuestra crisis social. Vi cosas que jamás había visto pero que espero ver todos los días de mi vida: la unión, el respeto, la dedicación y la interminable ayuda.

Dos días después, la ayuda no era requerida ya en Lindavista. La gente estaba entorpeciendo un poco los trabajos de la Marina y el Ejército. La comida recaudada ahí, la mandaban al Hospital 1° de Octubre, donde se juntaban camionetas para llevarlo a municipios afectados en Morelos.

Supe que un conocido, exalumno de donde trabajo, juntaría víveres para llevar a los más afectados de Morelos. Ese día me encontré con diferentes sentimientos. Ver a mis primitas sacar sus juguetes nuevos, peinar a sus muñecas para donarlas. Me enfrenté a qué se sentía sacar por primera vez los trajes de mi amada abuela. Sabía, dentro de mí, lo feliz que la hacía compartir. Juntamos muchas más bolsas de las que yo esperaba y se llenó mi corazón.

Ahora, he visto las fotos de la gente a la que le fue entregada la ayuda, e imagino que aún después de perderlo todo, encuentran un poco de esperanza.

Las cosas no han vuelto a la normalidad. Ni volverán. El terremoto del 19 de septiembre cambió algo en todos nosotros, en todo mi alrededor. Espero que al volver a trabajar, mis niños estén más tranquilos y que nunca se les olvide lo que pasó, cómo ayudó la gente, y la responsabilidad que cae en sus manos y en las mías, para ahora que sentimos más nuestro que nunca a México, no lo soltemos jamás.

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