Por Roque Juan Carrasco Aquino
“La ‘naturaleza humanizada’ de la que Marx habla enfáticamente en sus primeras obras puede ser también entendida como una naturaleza hecha por el hombre. Nos referimos también al medio ambiente construido, es decir, las calles, los puentes, los puertos, los aeropuertos, las ciudades…”
(Altvater; s/f: 11)
Desde que la humanidad se asienta en los espacios construidos para los intercambios comerciales, culturales, de convivencias y la administración y gestión de la ciudad, además, se reconstruye la posibilidad para concentrar y centralizar las formas diversas de reproducción social.
Con el paso de los tiempos, la era de la información, tecnología y el desarrollo industrial, comercial, cultural y de apropiación socioespacial fueron modificando la traza urbana y los territorios de la ciudad. Del mismo modo, la expansión sin límites era la expresión de la modernidad arquitectónica, engullendo el proceso de urbanización hasta destrozar las fronteras de lo rural para difuminarse en lo urbano.
Un proceso que denota significativamente tres modos de vivir y apropiarse de la ciudad: primero, existe una clase que sustenta los medios de producción y reproducción del sistema dominante; segundo, las clases poseedoras de los medios o instrumentos materiales de la reproducción delinean sus estrategias para el control del mercado, éste, como “la sobre acumulación en un determinado sistema territorial supone un excedente de trabajo (creciente desempleo) y excedente de capital y del espacio…” (Harvey; 2005: 3) y; tercero, la concentración de habitantes en un espacio delimitado ante la segregación por la especulación se obtienen ventajas competitivas necesarias y generadas por la aglomeración de aquellas condiciones generales de reproducción.
El llamado desarrollo urbano en América Latina respecto de los países centrales o industriales, obedecieron a otra lógica de crecimiento y centralización. En nuestra región, la apropiación deliberada del territorio modificó los usos del suelo hacia una expansión sin desarrollo propiamente para consolidar la trama urbana en crecimiento; es decir, no se organizó ni llegó a la expectativa del sector inmobiliario de su llamada “ordenación del territorio”.
Sin alcanzar la visión del urbanismo con la imagen de lo urbano de los países planificados. En respuesta a la expansión del crecimiento occidental. Esto no permeó en ese entonces a las ciudades latinoamericanas; por ejemplo, la ausencia de una planificación más allá de la simplicidad de la ordenación de bloques edificados para imponer la lógica del poder edificatorio en la privatización.
En este sentido, se construyeron con esa tendencia edificios sobre la base de la concentración y centralización de tres elementos sustanciales para erigir la ciudad capitalista. Para ello, entonces primero, fue una ciudad concentradora de infraestructura urbana que facilitó la densidad y aglutinación de los llamados soportes materiales de la producción: drenajes, calles, avenidas, mercados, viviendas, oficinas, agencias de viajes, de automóviles, universidades, teatros, cines, panteones, hospitales, etc. Elementos importantes para la concentración del capital y su centralización en espacios intercomunicados.
Segundo, la concentración dispersa de la fuerza de trabajo en direcciones donde se podría obtener rentas bajas, identificadas por la ausencia de los servicios básicos de la urbanización y; tercero, los espacios considerados para las viviendas se presentan en dos direcciones: primera, para la burguesía pudiente en residencias exclusivas y en áreas con todos los servicios de equipamiento urbano distintos de la clase obrera y; segunda, los tugurios o barrios de la periferia, ausente de una planificación socioterritorial.
Lo que ha sido negado a las zonas del barrio de la fuerza de trabajo en lo fundamental. Cuando debían construirse viviendas en las cercanías del contorno laboral, consecuencia de la extensión física de la urbanización.
De las contradicciones que hemos seguido analizando en las ciudades nuestras, por ejemplo, se encuentran algunas de ellas; sobre todo, las que presentan evidencias notorias en la esfera de lo jurídico-político expresadas en las últimas tres décadas, cuando menos.
Se muestran los casos más evidentes en las ciudades: personas desempleadas, aumenta el servicio terciario avanzado de la modernidad y el conocimiento con poca remuneración, incrementan cada vez los juicios de desahucios, los tiempos de trabajo aumentan y los despidos van a la par para desocupar a esa fuerza de trabajo en dos direcciones: la robotización del trabajo y la exigencia de la formación profesional, ya no de técnico per se, sino se exige la especialidad con predominancia en el idioma inglés para contracción de los salarios precarios.
Expresadas de este modo la urbanización capitalista en sus contradicciones se basan en la especificidad y la precariedad laboral, condición necesaria, pero inalcanzable, para los habitantes que no logran su reproducción social suficientes.
Es una contradicción entre las arterias imprescindibles de la ciudad, adicional a sus expresiones objetivas y subjetivas, es palpable, mientras incrementa la producción y consumo de las mercancías. Los trabajadores no perciben el pago de su jornal porque la plusvalía la enajena el patrón; se la apropia para incrementar la acumulación ampliada del capital.
Esta relación desigual y de explotación se presenta gracias al número constante de desempleados que chocan con los trabajadores activos y compiten con un salario de los más bajos de América Latina.
De esa manera, entonces, tenemos que las inversiones del exterior son apetecibles por el precio desvalorizado de la fuerza de trabajo, aunado a las garantías que los estados nacionales ofrecen a las empresas, fábricas y a las transnacionales para invertir y explotar los recursos naturales y humanos del país.
En correlato, deja miseria, pobreza, contaminación, desabasto, precariedad laboral y expulsión de trabajadores por el desarrollo y contradicción de las fuerzas productivas capitalistas, necesarias para la competencia. Al final la ciudad es el mercado especulativo de todo lo que genera el trabajador y se apropia el capital. Los espacios de la ciudad se convierten en razón de ser en objeto agregado de otra mercancía: como valor de uso y valor de cambio.
Referencias
– Harvey, David (20025): El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión. Buenos Aires: CLACSO. En línea. Página web: https://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20130702120830/harvey.pdf–
Altvater, Elmar (s/f): ¿Existe un marxismo ecológico? En línea. Página web: http://www.elmaraltvater.net/articles/Altvater_Article24b.pdf