La voltereta de Río Blanco

Por Rivelino Rueda

A Mónico “El Farol Rueda, ese sí, el más grande

Río Blanco estalló en un alarido de júbilo cuando el capitán de los Textileros, Mónico “El Farol” Nieto, salió al balcón del Palacio Municipal y levantó una copa plateada, coronada con un futbolista pateando un balón, lo cual los acreditaba como campeones de Liga de la Cuarta División Profesional, establecía su ascenso al siguiente circuito y confirmaba la increíble historia de los jugadores rioalbinos, luego de haber empatado a  un gol ante los Mineros del Deportivo Cananea, hace apenas 48 horas, marcador que no le alcanzaba al once textilero y que le daba el pase y el título a sus odiados rivales.

  Bueno, en eso se quedaron todos los habitantes de Río Blanco el sábado pasado cuando con suspiros de decepción unos, y lágrimas en los ojos, los más, apagaron sus radios al término del encuentro que se realizó en territorio cananense.

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Por eso la hilaridad y la rabia de Don Edmundo, el anciano de la ferretería, cuando el domingo al atardecer Gerardo Bonifaz, el muchacho panadero que hacía sus ventas en bicicleta con canasta en la cabeza, llegó al centro de la Plaza lanzando unos berridos ensordecedores que al principio no se entendían, y después salían de su garganta como chillidos de animal herido: “¡Campeonamos! ¡Campeonamos! ¡Los muchachos están en la garita y dicen que campeonamos!” Don Edmundo se fue encima del muchacho, propinándole dos sonoras cachetadas y zarandeándolo con fuerza hasta que cuatro jóvenes lograron quitárselo de encima para que diera detalles de esa versión inverosímil. “¡No sé más, no sé más! ¡Traen gran alboroto y dicen que mañana nos mandan la copa y la cédula de campeones! ¡No creo que tarden, están en la garita, dijeron que venían para acá!”

   El rumor corrió veloz por todas las calles de Río Blanco, pero antes el Padre Fermín –apasionado del futbol, y quien la víspera había escuchado el partido en la cantina de Camerino, exactamente ubicada frente a la Parroquia, cruzando la Plaza, y ahí se había empujado con los parroquianos tres botellas de tequila y cinco cartones de cerveza, gritando improperios antes, durante y después del encuentro a todo lo que oliera a cananenses—ordenó al sacristán hacer sonar las campanas del templo y convocar a toda la población para escuchar de primera mano el relato de “sus muchachos”; la explicación del técnico, Jorge “Brasil” Goncalvez, y del puñado de veinte rioblanquecinos aficionados que los acompañaron a esa travesía que, para esos momentos, ya tomaba tintes irreales y hasta absurdos.

   En menos de diez minutos la Plaza Central lucía abarrotada. Se improvisaron banderas con los colores de su equipo –curiosamente guinda y azul y no blancos, como lo establecía el mismo nombre de la población–, aunque todavía la percepción generalizada era la de realizar un homenaje a los “subcampeones”, a los que se quedaron a “un pasito” de treparse al siguiente circuito y rozarse con “los grandes”, como se había soñado en esa región en por lo menos seis décadas. Por ello, la versión del campeonato no encajaba por ningún lado.

   El viejo autobús blanco que partió con los muchachos el pasado jueves por la tarde, y que aún tenía plasmado en los costados los rótulos de la “Sonidera El Maik”, se detuvo dos calles antes de la Plaza Central debido a que no pudo avanzar más. Los rioblanquecinos se arremolinaban alrededor del vehículo completamente enlodado y con la mayor parte de sus vidrios estrellados para conocer de primera mano la historia. Primero descendió “Brasil” Goncalvez y detrás de él bajaron “El Faroles” y Armando “Pichicuaz” Garrido, pero éste último no pudo contener la emoción y con la voz quebrada por la increíble hazaña soltó: “¡Campeones! ¡Somos campeones carajo!”

   “¡Con eso no se juega, no sean cabrones, todos somos testigos que les empataron!”, lanzó Doña Minerva Laurel, la encargada de la fonda “Mártires de Río Blanco”, y luego sujetó al viejecillo Goncalvez de las solapas de su saco de pana, todavía oliendo a orines y manchado de sangre seca por la batalla librada en Cananea. El entrenador apretó las mandíbulas y su rostro se ruborizó por completo, e incluso la zona calva de su cráneo, flanqueada por dos franjas de canas amarillentas, sufrió la arremetida del estupor. Tomó los brazos de Doña Minerva, la abrazó con fuerza y gritó: “¡Ganamos! Falta que nos manden la copa y la cédula, pero ganamos”

   Abriéndose paso entre la multitud desconcertada, el Padre Fermín, el alcalde Evaristo Lucerna, y el director de la escuela secundaria, José Tomás Bojórquez, exigieron cuentas a los jugadores y al técnico, que para esos momentos ya no podían ocultar su nerviosismo ante los rioblanquecinos que los acorralaban y les pedían una explicación detallada de lo ocurrido. “Nomás es una broma y ya verán cabrones”, les advirtió el cura.

   “El Farol” dio un paso al frente y pidió calma a todos, luego encaró al Padre Fermín y a su comitiva y les propuso lo siguiente: “Va a ser muy difícil explicar ante todos, habrá interrupciones y al final más dudas. Por qué no mejor nos dividimos el trabajo y que tres compañeros cuenten la historia, en diez minutos, a veinte personas, en un lugar cerrado. Propongo los salones de clase de la escuela, la iglesia y el patio del ayuntamiento; puede que así queden las cosas claras y sirve de que cuando terminemos nos ponemos a festejar en grande para esperar la copa”.

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   Todos estuvieron de acuerdo con el capitán de los Textileros y autor del gol en Cananea. Lo siguiente fue informar de la resolución tomada desde el balcón del Palacio Municipal, encargo que correspondió al propio alcalde, quien, con el inconfundible tonito paternalista, solicitó a sus gobernados orden en las filas de espera, y calma en los festejos si, en efecto, la historia no resultaba una “vacilada de los muchachos”.

     Detalles más, detalles menos, los jugadores del Río Blanco F.C. contaron a sus paisanos-hinchas la hostilidad con que fueron recibidos en tierras mineras; el cohetón que estalló en su vestidor cuando realizaban sus ejercicios de calentamiento; los estambres color rosa que fueron aventados al terreno de juego cuando saltaron a la cancha, burlándose de su histórico origen en el arte de la costura; las nulas condiciones en el Estadio Cananea, mejor conocido como “La garganta del infierno”, en donde sólo había cupo para dos mil aficionados, pero en donde también se hizo todo lo posible por meter a unas cuatro mil almas, incluso alrededor del campo; las pintas con graffiti en las bancas de cemento del equipo visitante, destacando una que amenazaba: “De aquí no salen con vida culeros”, y la manta que fue desplegada en la tribuna que rezaba: “Aquí no habrá ríos blancos, sólo ríos de lágrimas y sangre”.

   Con el cansancio a cuestas por el viaje de 22 horas en carretera, entumidos de las piernas y empapados por líquidos viscosos y malolientes que les fueron lanzados desde la tribuna cuando salieron del vestidor, el once textilero se reunió al centro del campo. Los jugadores del Deportivo Cananea, con su tradicional uniforme de playera a rayas verticales en blanco y verde, calzoncillo negro y medias blancas, ya habían tomado sus posiciones y el capitán de los mineros, Carlos Puga, con grandes aspavientos conversaba con el árbitro central, Diego “Belcebú” Di Leo, y con sus asistentes, Francisco San Juan y Felipe Buergo. A unos pasos, en la reunión rioalbina, “El Farol” Nieto recordó a sus compañeros que el empate no servía de nada, que este partido había que ganarlo o ganarlo, no había de otra, y luego sentenció: “Si nos van a velar en la Plaza Central de Río Blanco, al frente de los once ataúdes tiene que estar la copa”.

   El grupo se dispersó y cada uno realizó su propio ritual. El mediocampista “Bigotón” Pérez besó la imagen de su padre muerto tres años atrás y la colocó en su calceta izquierda; Hugo Frankc se colocó en cuclillas y comenzó con su breve letanía, que no era precisamente un rezo, sino un conjuro santero de brujos cubanos; “Glos” García escupió el empeine de sus dos botines y luego los limpió en el pasto amarillento, aferrándose a existir en esa zona desértica, y “El Farol” caminó con brinquitos chuscos y provocadores (que eran odiados por sus rivales) hasta el punto de reunión de los árbitros y el capitán del equipo local.

   “Belcebú” Di Leo intercambió bromas con los capitanes y con sus asistentes, luego pronunció su tradicional mensaje, ese que lo había hecho todo un personaje en los menesteres del futbol, pero que además fue el detonante de su apodo y, de paso, el motivo por el cual todos los jugadores guardaban enorme respeto a sus decisiones, por más polémicas que fueran: “A ver muchachos, les recuerdo que aquí el que trae el silbato soy yo, el que puede joder o beneficiar. Aquí me valen madre sus dioses, porque aquí el que manda soy yo, ¿entendido? Mucha suerte a ambos, dense un apretón de manos y vamos a liquidar esto de una vez por todas”. Mónico y Puga se estrecharon las manos. No hubo palabras de ninguno, sólo una profunda y penetrante mirada selló el preludio de una batalla encarnizada. El volado lo ganaron los mineros, y con un potente silbatazo se puso a rodar el balón.

   El primer avance cananense culminó con un disparo desde fuera del área del goleador del torneo, Carlos “Grillo” González, quien no se la pensó dos veces y soltó un riflazo a la portería defendida por Lorenzo Septién. La pelota pasó rozando el poste derecho y, más que marcar la primera llegada de peligro del encuentro, recordó a los espectadores en el estadio que eran los locales y que la presión a los rivales era la principal arma en las aspiraciones de los Mineros.

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    Pero más que apoyar a sus albiverdes, los aficionados arrancaron la primera oleada de insultos y descalificaciones hacia los muchachos de “Brasil” Goncalvez. “El Farol” Nieto no esperó más y en medio de los gritos enloquecidos que llegaban desde la tribuna puso en marcha la estratagema que, al final, marcó el destino del juego. El capitán del Río Blanco lanzó el anzuelo y “El Grillo” González mordió la carnada. Tras fallar su disparo, Mónico se acercó al delantero de los Mineros y lo retó:

   –Hoy no le vas a meter gol ni al Monumento a la Revolución mi querido grillito…De mi cuenta corre que hoy no anotas—advirtió el mediocampista textilero.

   –Te voy a cerrar la boca cabrón. Hoy meto no uno, sino tres goles, nos coronamos y ustedes se van a la chingada, y no te vuelvas a acercar o te parto la madre—respondió iracundo el goleador minero.

   Cananea llegaba a este partido invicto en su casa y sólo con un empate le bastaba para trepar a la liga de asenso. Para Río Blanco la hazaña se antojaba imposible: en el torneo perdió en tres ocasiones como visitante y en la primera vuelta empató a dos con los Mineros en su territorio.

   El nerviosismo en ambas escuadras, la presión constante de la afición, el sofocante calor y los muros defensivos de rioblanquecinos y cananenses trabaron el partido en la media cancha durante los primeros 45 minutos. Sólo hubo tres llegadas de peligro, y las tres fueron en la puerta defendida por Septién. En la otra batalla personal, “El Farol” y “El Grillo” no cesaron su duelo verbal e, incluso, casi al término de la primera mitad González empujó con fuerza a Mónico y lo mandó a un césped que en esos momentos ya parecía paja de establo.

      Cuando Di Leo dio el silbatazo que daba por terminada la primera mitad, “Brasil” Goncalvez decidió mantener a sus muchachos en el terreno de juego, debido a que los espectadores que se encontraban sobre la cancha clausuraron, encolerizados, el ingreso al vestidor de los visitantes. El empate parcial a cero goles elevó el nivel de tensión en “La garganta del infierno”, aunque los jugadores textileros aprovecharon el cuarto de hora del receso para definir la estrategia en la parte complementaria y, también, para pasearse altaneramente ante la multitud enfurecida: “¡Se van a morir, costureritas de mierda!”, amenazaban los cananenses desde las gradas y desde la misma cancha de futbol.

   Pero en los primeros veinte minutos del segundo tiempo el partido siguió el mismo derrotero. La desesperación de los Mineros contagió a sus seguidores, sin siquiera pasar por su cabeza que el empate les beneficiaba. Los obligados a ganar eran los rioblanquecinos, quienes, como relojito afinado, dieron un viraje en su juego y ahora eran ellos los que tomaron la iniciativa con recuperación de balones en el medio campo, toques de primera y jugadas a profundidad. Esto no impidió que “El Farol” continuara su duelo personal con “El Grillo” González, que para esas alturas no aguantó más y explotó:

   –¡En la próxima jugada te quiebro cabrón! ¡Ya me tienes hasta la madre!

   –Te lo dije mi “grillito cantor”, hoy no anotas, aunque te encabrones—respondió Mónico con una sonrisa burlona, y hasta con unos golpecitos con la palma de su mano en la espalda del goleador minero.

   –¡Ya te cargó la chingada pendejo! ¡No digas que no te lo advertí!—lanzó “El Grillo” y se zafó de un manotazo las condolencias del capitán del Río Blanco F. C.

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    El asedio rioblanquecino a la cabaña minera, defendida por Jerónimo Partida, surtió sus efectos al minuto 32, cuando entre Salvador Mondragón, “Bigotón” Pérez y Hugo Franck, triangularon una serie de paredes desde el medio campo que resquebrajó el muro defensivo del Cananea. Con frialdad, el “Bigótón” Pérez tocó el balón a su derecha afuera del área para dejar solo a “Pichicuaz” Garrido quien, con jerarquía, cedió el esférico al otro lado para que, ya sin portero, “El Farol” empujara el balón a las redes y, de paso, inyectara una vacuna letal de silencio al graderío cananense.

   Con una loza encima, en la contraofensiva del “once” minero se intentó generar peligro por medio de pelotazos al área. Este escenario no estaba presupuestado en los planes del equipo líder a lo largo del torneo, ni mucho menos en los de su afición, que no soportó más el ultraje y comenzó a agredir a los textileros que se acercaban a las bandas. La situación fue aprovechada por los visitantes y, con el tiempo como su mejor aliado, se dedicaron a jugar por los costados para irradiar aún más la cólera de los enfurecidos espectadores.

   Las turbulentas aguas se desbordaron cuando “El Farol” –haciendo gala de su apelativo ganado con creces—llevó la pelota hasta el tiro de esquina y se encajonó entre el banderín y dos defensores mineros. Mónico cubría el esférico realizando graciosos brinquitos y soltando por la boca sonidos burlones; pero el capitán rioalbino cayó como si hubiera recibido una descarga eléctrica cuando “El Grillo” González lo fulminó de un hachazo directo a las piernas. El goleador cananense había atravesado todo el campo para cobrar las afrentas: “¡Te lo dije cabrón!”, le gritó González a Mónico en el oído cuando éste yacía con un alarido de dolor, en parte fingido, en parte en serio. Todavía el defensa Emiliano Puga, le propinó un puntapié en las costillas al capitán del Río Blanco, e inmediatamente comenzó la batalla campal.

   Los espectadores que estaban dentro del campo acorralaron a los textileros en tres grupos: los que estaban en la banca, los que fueron a defender a su capitán, y los que se quedaron a medio campo. “Belcebú” Di Leo corría de un lado a otro tratando inútilmente de imponer su autoridad, aunque fueron los mismos jugadores del Cananea quienes lograron disolver los círculos que se habían formado para que la afición descargara su ira contra los fuereños que habían ido a echar a perder la fiesta. En medio de un precario orden y de un ambiente que se respiraba denso y hostil, el juez central mostró la tarjeta roja a dos jugadores por bando: “El Grillo” González y Emiliano Puga, por el conjunto albiverde, y “El Farol” y Hugo Franck, por la escuadra guinda.

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   Quedaban tres minutos al encuentro y Diego Di Leo quería agotarlos al máximo para que no quedaran dudas de parcialidad alguna. Los rioblanquecinos protestaban airadamente, argumentando que no había garantías para continuar el partido, al grado que “Belcebú” amagó con sacar más cartones color grana. Camino a los vestidores, Mónico y González no bajaron la guardia.

   –¡Te lo dije mi grillito, hoy nanais!—se mofó el capitán textilero.

   –¡Cállate pinche chaparro come mierda!—respondió el goleador cananense, quien, de no ser detenido por sus compañeros de banca, se le hubiera ido encima al mediocampista de mediana estatura.

   Pero entre el desorden, la confusión y la premura por reanudar el encuentro, ni Di Leo, ni los jueces de línea se dieron cuenta que los jugadores expulsados no ingresaron a los vestidores, y optaron por guarnecerse en lo más profundo de sus respectivas bancas para no perderse los últimos segundos del partido.

   Sin peligro para la portería de los locales se cobró la falta que había desencadenado la bronca. No había mañana para Cananea y su técnico, Raymundo Bazán, ordenó un “ataque total” contra la cabaña del Río Blanco F.C., embestida que rayó en un grotesco espectáculo de desesperación, tanto en la cancha como en la tribuna.

   Con el reloj consumido y ya con el silbato en la boca para dar el pitazo final, el defensa rioalbino, “Glos” García, perdió la cabeza y derribó aparatosamente a Lorenzo Zepeda, en una jugada que no tenía ningún peligro y que ahora representaba una última bocanada de oxígeno para un equipo minero que ya sólo respiraba con estertores.

   Todo el estadio se puso de pie cuando “Belcebú” Di Leo levantó su silbato con la mano derecha, lo señaló con el dedo índice de la mano izquierda y luego hizo una seña a la altura de su pecho, cruzando los brazos en el aire, lo cual significaba que sería la última jugada del partido. A partir de ese momento una nube de silencio se posó sobre “La garganta del infierno”, como si de pronto sólo existiera el desierto y los 18 jugadores que se encontraban en el terreno de juego. Todo fue nítido; la agitada respiración de los futbolistas; los chasquidos de brazos en el área; el grito del técnico cananense para que el portero Partida también se sumara al remate; el acomodo del esférico de Matías Soto; el choque del cuero de su botín izquierdo con los gajos de cuero del balón; el remate de cabeza de un jugador minero y la atajada de Septién; la pelota a la deriva en el área chica, suspendida en el aire; el contra remate de una pierna albiverde que se estrelló en la espalda de “Glos” García y que dejó el balón muerto, a unos veinte centímetros de la línea de meta; el pujido por un esfuerzo sobrehumano de un jugador del Deportivo Cananea que se estiró para empujar el esférico a las redes, y la explosión de júbilo del estadio entero cuando tres futbolistas cananenses rompieron de súbito, con el grito de Gol, una pesada ensoñación que parecía llevar siglos, pero que sólo había durado unos segundos.

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   Ya ni siquiera se escuchó el pitazo final del árbitro central. Los seguidores del equipo albiverde saltaron a la cancha con gritos ensordecedores, los que estaban dentro del terreno de juego sólo corrieron unos metros para cargar en hombros a sus “campeones”. El caos envolvió a la cueva minera como un torbellino, mientras “Brasil” Goncalvez, “Pichicuaz” Garrido  y “Bigotón” Pérez sorteaban golpes, manotazos y patadas para levantar a los textileros que yacían en el césped llorando la derrota; ya habría tiempo para limpiarse las lágrimas de coraje en el largo camino de regreso a casa. Pero “El Farol” fue el único que seguía corriendo de un lado a otro de la cancha, abriéndose paso ante la multitud, en una frenética búsqueda de “Belcebú” Di Leo. Adolorido por los golpes, ubicó al árbitro central y a los jueces de línea a punto de entrar a los vestidores, y después de levantarse de dos zancadillas que lo mandaron al piso, se puso frente a los árbitros y tomó a Di Leo de los brazos:

   –¡No valió ese gol! ¡No valió ese gol! ¿Vio de quién fue?—preguntó con una voz temblorosa y jadeante el capitán rioblanquecino.

   El juez central encogió los hombros y volteó a ver a Francisco San Juan y Felipe Buergo, y éste último le dijo algo al oído a “Belcebú”, quien asentía con la cabeza. “¿Estás seguro?”, insistió Di Leo, y Felipe Buergo cortó con un contundente: “Estoy seguro señor”.

   –¿Entonces?—suplicó “El Faroles” al árbitro.

   –Ese gol no puede valer. Ustedes ganan, son campeones—respondió con un solo aliento.

   –¿Me lo asegura? ¿Cómo podemos confiar que así es?—insistió “El Faroles”.

   –Te doy mi palabra “Farolito”, también aquí la de Buergo y San Juan. Lo voy a especificar en la cédula y en dos días les harán llegar la copa, y además copia de la cédula.

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   Mónico dibujó una sonrisa en su rostro, cargada de alivio y tranquilidad, luego por sus mejillas descendieron unas lágrimas y no pudo evitar abrazar a “los de negro”. Pegó una carrera al vestidor, en donde ya sólo estaba el masajista del equipo, y los dos literalmente huyeron de ese lugar para abordar, entre una lluvia de objetos, un autobús cargado de tristeza, miedo y lamentos. El capitán escuchó sollozos y una que otra maldición, pero esperó hasta que el vehículo abandonara el complejo deportivo de Cananea para dar la noticia. Apretó las mandíbulas y no pudo contener el llanto. “Pichicuaz”, creyendo aún que eran los síntomas de la dolorosa derrota, abrazó a su compañero y le pidió que se calmara. Al observar que el autobús ya avanzaba por la avenida central de Cananea –donde los automóviles sonaban su claxon y los hinchas de su equipo salían a las calles para iniciar la fiesta–, “El Farol” gritó con alivió: “¡Somos campeones carajo! ¡Somos campeones!”

   –¡No jodas Mónico! ¡No hagas esas chingaderas en este momento!—advirtió desde su asiento Hugo Franck.

   –¿Qué no se dieron cuenta quién metió el gol de esos cabrones? ¡El pinche “Grillo”! ¡El pendejo estaba expulsado y se metió a rematar! ¡Ganamos! ¡Somos campeones! ¡”Belcebú” me dio su palabra y en la cédula pondrá que ese gol no valió! ¡Que nosotros somos los campeones!

   Atónitos, los rioblanquecinos no alcanzaron a reaccionar en los primeros segundos, hasta que “Brasil” Goncalvez se abrió pasó hasta un maletero de metal que se encontraba al final del pasillo del autobús, de donde sacó ocho botellas de sidra Poma Rosa. Las repartió por todo el camión y en el momento que se escuchó el “puc” del tapón de los envases destapados, inició oficialmente el alboroto: “¡Somos campeones carajo!”

   A lo lejos se vio a la vieja carcacha rioblanquecina balanceándose por la carretera, dejando atrás las últimas luces de Cananea y, más atrás, una ciudad que festejaba con juegos pirotécnicos un falso triunfo de su equipo de futbol. Pero cientos de kilómetros adelante, en Río Blanco, una población entera esperaba a sus muchachos para reconocerles el amargo subcampeonato, que dos días después se convirtió en una increíble voltereta y que, al final, les dio el campeonato. Y para quienes no lo crean, ahí está “El Farol”, en el balcón del Palacio Municipal, levantando la copa.

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